No cabe duda alguna de que Israel es un país de contrastes. Un@ lo nota solo con aterrizar a la capital. Ya en Tel Aviv, no solo sus casi 40º hacen inminente la necesidad de pegarse un bañito. Y es que dentro del agua, se está mucho mejor, pues estar tumbad@ tomando el sol en una de sus famosas playas, mientras se está rodeado de jóvenes israelíes en sus toallas abrazados a sus M16 en vez de a sus chic@s, no es de lo más refrescante. En esos 3 años para los chicos y 2 para las chicas de servicio militar obligatorio, jamás se separaran de sus armas. Ni siquiera para salir de copas.
Obviamente y en total contraste, en tierra palestina los security check son el pan de cada día; allí solo “los terroristas” llevan armas. Si mucho me apuras, un lápiz y un papel para ir a la escuela, es la única arma, aunque no siempre permitida. Pero todo y así, los palestinos en West Bank, ni por supuesto, los hijos de palestinos conocen el mar. Ninguno sabe nadar, pero lo más triste es que tampoco sueñan con nadar. Algo que se hace más sorprendente aun, cuando uno descubre que parte del Mar Muerto se encuentra en las entrañas del territorio palestino.Y el agua embotellada que esos pequeños venden en las colas de los Check Points, se transforma así, en una especie de macabra metáfora.
Sin embargo, hay algo que coincide, que parece seguir una tradición fuertemente arraigada en cada uno de los rincones, tanto israelíes como palestinos por los que hemos pasado. Y es que en Tierra Santa, parece que esbozar una sonrisa, agota el rostro. Unos por el miedo, y otros por el miedo al miedo.


