La más grande de las islas del archipiélago balear es mucho más que sol y playa. En el valle de Orient, situado en pleno corazón de Mallorca, parece como si lo humano y lo divino se hubieran aliado para lograr un espacio lo más cercano posible a la perfección. Hoy os propongo una ruta por carretera a través de una de las zonas más bucólicas y desconocidas de la isla, el valle de Orient, donde parece que el tiempo se haya detenido para observar sus olivares, los campos repletos de árboles frutales y los rebaños de ovejas pastando. Al comienzo del viaje, me llaman la atención las siluetas casi gemelas del puig d’Alaró y s’Aucanena, un capricho de la naturaleza que quiso que estas dos montañas simétricas formaran un puerta ficticia al valle que nos espera.
Alaró es el punto de partida del viaje. Ya en el pueblo, sorprende descubrir cómo sus orígenes musulmanes conviven aún hoy con las construcciones típicamente mallorquinas. Desde Alaró se puede ascender al monte que lleva su mismo nombre, en el que se encuentran las ruinas de un castillo, el Castillo de Alaró, una antigua fortificación existente desde la época musulmana. Merece la pena subir hasta la cima y disfrutar de sus privilegiadas vistas; en un día despejado, se pueden ver con total claridad las bahías de Palma y Alcudia y la Sierra de Tramuntana. El puig de Alaró también acoge desde el siglo XVII el Santuario de la Mare de Déu del Refugi y una encantadora hospedería.
Saliendo de Alaró y siguiendo la ruta hacia Orient, aparece el hotel rural S’Olivaret, donde se conjuga a la perfección la historia y la tradición con el confort. Rincones íntimos y acogedores, una exquisita colección de arte, terrazas y jardines, todo pensado para crear un ambiente especial de relax. Continuando la carretera hacia Orient, los apenas ocho kilómetros que separan ambos municipios son un verdadero oasis visual para el viajero. A dos kilómetros de Orient, es recomendable hacer un alto en el camino en el Hotel L’Hermitage. Un antiguo monasterio ortodoxo cuyo edificio principal, protegido como Monumento Histórico por el municipio de Bunyola, encierra entre sus muros más de 400 años de historia. Hace 25 años se convirtió en hotel, siendo así el primer hotel rural de España donde personalidades tan ilustres como nuestro rey Juan Carlos I, han pernoctado alguna vez en busca de paz y relax total. Además, el agroturismo cuenta con un moderno spa en donde años atrás se erigía el claustro del monasterio. Pistas de tenis, 5.000 metros cuadrados de jardines silvestres, árboles frutales y un restaurante que ocupa el lugar de un antiguo molino de aceite -cuya tafona se encuentra intacta aún hoy-, completan la oferta turística del establecimiento.
Llegando al pueblo de Orient, entre la Serra d’Alfàbia y el Puig d’Alaró, sorprende la tranquilidad, las casas de piedra y las calles empinadas y escalonadas. El pueblo es como un oasis en mitad de un valle acostumbrado a una economía de autosuficiencia que conserva su carácter agrícola, su sobria arquitectura rural y sus decadentes ‘possessions’, vestigio de un pasado aristocrático y próspero. Rodeado de olivos, pinos, cipreses y naranjos, es una estampa que recuerda notablemente a los pueblos que forman la bella Toscana italiana. Cuenta la leyenda que este valle no sólo es conocido por su belleza, sino también por las características místicas que le han acompañado a lo largo de la historia. El valle, en el que todos los elementos están presentes: fuego, tierra, agua y aire, es una de las zonas más propicias de toda la isla para la agricultura.
¿Una buena comida para digerir tanta belleza? En Orient se puede encontrar una estupenda oferta gastronómica, principalmente mallorquina, pero con influencias internacionales, fruto de los residentes europeos que pueblan la isla. En cualquiera de sus platos prima la calidad sin renunciar al diseño. La oferta es variada y se puede elegir desde el plato más tradicional como la lechona asada, preparada de forma tradicional en el restaurante Orient, hasta un magret de pato con salsa de mango en Mandala, un encantador y exótico bistro cuya dueña, de nacionalidad suiza, lleva 20 años residiendo en el pueblo desde que sintiera un flechazo en unas vacaciones.
Antes de llegar a Bunyola, es aconsejable hacer una paradita en Alfábia, una de las fincas cuyo origen se remonta a los almohades. Sus idílicos jardines, situados en un enclave geográfico elegido sabiamente por los árabes, proveen de agua a la alquería durante todo el año, sin duda merece la pena una visita. Bunyola aparece tras recorrer una zigzagueante carretera que esconde frondosos bosques en los que se pierde la sensación de estar en una isla. El pueblo, escondido al final del valle, y donde tiene parada el viejo tren de Sóller, guarda en su iglesia barroca una interesante imagen de alabastro de la Virgen de las Nieves, del siglo XIV.
Es en la plaza de la Iglesia donde además todos los sábados montan su tradicional mercadillo, una cultura muy extendida en Mallorca: embutidos, frutas, verduras, flores, antigüedades,…todo tiene cabida entre los puestos que lo forman. Bunyola es también la meca de senderistas, ciclistas y turistas en general que buscan que el tiempo se detenga e incluso que retroceda. En Mallorca, todo es posible.









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