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enero, 2010


29
enero 10

EL BUEN GUSTO DE PASCUA ORTEGA

El prestigioso interiorista Pascua Ortega y yo somos amigos de la adolescencia. Y no hemos dejado de vernos un solo año desde entonces. Ni siquiera durante los años 70, en que Pascua trabajaba para la Banca en Nueva York, y yo hacía, allí, reportajes para la prensa española y contactos internacionales para mi labor de Relaciones Públicas.

  En el año 1977 Pascua creó su Esudio de decoración e interiorismo. Y desde entonces, olvidada para siempre la aburrida Banca, su exitosa carrera ha sido meteórica.

 En mis manos cayó, recientemente, un ejemplar de la revista AD, en la que le dedicaban un reportaje titulado “Vacaciones de Pascua”, haciendo un juego de palabras con su nombre, que muchos confunden con Pascual.

El reportaje mostraba la decoración de la nueva casa de Pascua Ortega, en el pueblo de Sant Iscle, en el Ampurdán. Este barcelonés, afincado en Madrid, ya tiene otra excusa para volver a sus raíces con más frecuencia, además de para visitar a su familia.

Tras demostrar mi interés por ver la remodelación que había hecho de la antigua masía catalana, Pascua me invitó a pasar allí un tranquilo y soleado fin de semana.

 El aire puro y fresco del campo, el intenso verde de la vejetación, la piedra, y el respetuoso y sencillo buen gusto, perfectamente adecuado a los viejos muros de la casa ampurdanesa, me encantaron.

  El silencio, en el jardín, es perfecto.

  En las casas de Pascua está siempre presente el relajante rumor del agua, sea el de una fuente en el interior de la vivienda, o el de una simple balsa.

La decoración de la casa no tiene pretensiones. Es sencillamente una casa de campo acojedora.

  Se ha respetado el carácter de la vieja masia ampurdanesa, combinando perfectamente detalles modernos y vanguardistas, donde prima el confort y la calidez de la iluminación, en la que participa el fuego de las chimeneas.

Una de las grandes especialidades de este genial interiorista es la iluminación, siempre tenue, favorecedora, y capaz de ser regulada en cualquier rincón.

La cocina es un lugar fundamental para Pascua Ortega. En las cocinas de sus casas se hace siempre mucha vida.

Es ya famosa su generosidad con amigos, clientes y conocidos. En sus casas reúne constantemente a numerosos invitados, logrando una mezcla, perfectamente medida, de personas y personalidades de todos los niveles sociales, el arte, la política, la Banca, o la moda. Pascua es tan buen decorador como relaciones públicas.

La zona de diseño más actual de la casa es la escalera, que da acceso al piso superior, donde hay varios dormitorios.

  Los cuartos de baño son muy acogedores, con pequeños detalles de anticuario.

  El dormitorio principal es muy espacioso. Una suite con vestidor, librería, un pequeño despacho y un cuatro de baño. Aunque esta foto la tomé desde el centro de la suite, y no da la imagen real de amplitud.

Pascua es muy feliz cuando se encierra en su confortable dormitorio, con sus libros, su música y su televisión.

  Desde la terraza de su habitación se contempla la masía vecina, que pertenece a su madre, y un valle muy verde que recuerda a la Toscana italiana.

  A muy pocos kilómetros está el mar de la Costa Brava, con pequeños pueblos marineros y restaurantes muy cerca del agua.

Aquí, en Tamaríu, después de comer al sol, el domingo, tomé esta fotografía de despedida.

 http://www.pascuaortega.com/

 Fotos: Carlos Martorell.


21
enero 10

YO ESTUVE EN HAITÍ EN 1.979

Simultáneamente al desastre de Haití, mi ordenador se rompió y he tenido que comprar otro. De ahí el gran retraso en escribir en el Blog.

  Años atrás, durante una cena en el Hotel Ritz, mi adorada Elena Klein me habló del tiempo en que, junto con su marido Mariano Sanz Briz, estuvieron destinados como embajadores en Puerto Príncipe.

  Me interesó mucho la historia de La Española, nombre con que Cristobal Colón, en 1.492, bautizó a la isla cuando la descubrió, y pensé en viajar allí algún día.

Meses más tarde coincidí en un evento, en Nueva York, con la célebre bailarina y coreógrafa Katherine Dunham.
  La bailarina, que entonces tenía 69 años, me dijo que era propietaria de un pequeño hotel, en la capital de Haití, llamado La Residence Dunham. Unas pocas habitaciones frente a una pequeña piscina.
 Unas semanas más tarde, tras pasar unos días en Miami, aterricé en Puerto Príncipe, con una cámara Nikon, para tomar diapositivas, provista de un enorme flash (no como las pequeñas digitales de ahora) y otra cámara de vídeo. Era el año 1979.
 
La Policía de Aduanas me llevó a una cochambrosa habitación del aeropuerto, y allí me comunicaron que no podía entrar en Haití sin un visado. ¡Un típico y tonto despiste de juventud!
 
Enseguida me saqué de la manga una carta de recomendación, firmada por Elena Klein de Sanz Briz, y dirigida al Dr. Thear, Ministro de Sanidad del Gobierno de Duvalier. Y, como suele ocurrir en estos países bananeros, me dejaron entrar sin problemas en Haití.
 
La pobreza extrema, la suciedad, el caos, el tufo nauseabundo a letrina y la evidente corrupción del Gobierno me impactaron.
 
Mi primer encuentro con el Dr. Thear fue en un ruinoso hospital, donde pasaba visita. Me sorprendió ver que algunas camas estaban ocupadas por dos efermos. Thear me dió algunos consejos, y una muy especial dirección para asistir a una auténtica sesión de vudú.

Elena me había hablado del Iron Market (Mercado de Hierro), una estructura de impecable diseño que quise visitar en mi segundo día. Ese mercado no se ha desmoronado trás el terremoto. Pregunté la dirección por la calle, y un tipo me sugirió que me subiese a un camión que, supuestamente, se dirigía a aquel mercado de alimentos.

 

Enseguida me dí cuenta de que nos estabamos alejando mucho del centro, en aquel camión atiborrado de gente, cabras, gallinas y un cerdo.
 

El viejo camión se detuvo en un improvisado mercado en pleno campo. La higiene allí era deplorable. Ví trozos de carne de cabra y de pollo cubiertos de moscas, tirados por el suelo, bajo un sol de justicia y una humedad insoportable. Y gente haciendo sus necesidades junto a los productos que vendían.
 En francés pregunté al conductor dónde estaba el Iron Market. “Oui, oui. Market très bon“, me respondió con su acento criollo, señalando una casucha rodeada por una verja oxidada y cerrada con un grueso candado. Enseguida comprendí que me habían enredado.
 
El camión arrancó dejándome allí tirado. Hice sonar la campanilla de la verja, y al poco apareció una anciana arrugada como una pasa, fumando en pipa, y con una enorme llave entre sus dedos agrietados y deformes.
 
Moviéndo la pipa me indicó que entrase. Me encontré en un patio lleno de mesas y sillas destartaladas y sucias. Antes de darme tiempo a reaccionar escuché un tremendo griterio y, alborotadas, aparecieron unas cinco mujeres muy gordas, cubiertas con unos batines entreabiertos.
 
Yo, mirando al cielo, imploré ayuda al Santo Patrón de lo Exquisito, que nunca me falla, para que me inspirase una triquiñuela que me evitara aquel mal trago. ¡Y funcionó!
 
Convirtiéndo mi francés parisino en una especie de jerga criolla, para hacerme entender, hice creer a la obesa prostituta que había confundido aquel cutre puticlub con una tasca para comer. Y le dije, subiendo la voz: “Moi, manger. ¡Moi, ñam, ñam!“.
 
Cuando finalmente comprendieron que yo estaba hambriento de otras carnes más comestibles, y tras abonar unos cuantos billetes, me recalentaron un guiso negruzco de conejo, sobre unas brasas de carbón.
 
Mientras la mujer revolvía aquel engrudo en una sartén requemada, vinieron a mi mente imágenes de los trozos de carne medio podridos y cubiertos de insectos, que había visto expuestos a la venta en el mercado. Pero me lo tuve que tragar…
 
Mientras engullía el engrudo, las mujeres se pusieron a dar palmas y bailar, cantando un sorprendente estribillo: “¡Air France! ¡Swiss Air! ¡Pan American!”
 

Yo no recordaba que mi habitación de la Residence Dunham era tan agradable, hasta que vi esta foto digitalizada. En esa habitación pasé tres horribles y febriles días, de los que no quiero dar detalles, debido al tremendo envenenamiento.

 

Me habían dado gato por liebre, cocinado en su propia sangre. Durante los tres días siguientes me alimentaron con pan quemado, como trozos de carbón.

 

Ya mejorado, me dediqué a fotografiar los pocos edificios decentes de aquella “ciudad favela”, de los que, tras el terremoto, ya no queda ni uno. Este era el Palacio Presidencial.
 

Pero la imagen de suciedad, abandono y pobreza extrema se me hizo cada vez más aterradora.

Me impresionaron mucho los hediondos riachuelos de aguas fecales, que fluyen por el centro de todas las callejuelas, entre las filas de barracas.

 
Niños descalzos y ratas chapotean, pisando la porquería flotante. Y eso puede verse, incluso, en el Iron Market.
 

He querido evitar mostrar las imagenes más duras de mi reportaje, pues bastantes se han emitido ya, tras la catástrofe producida por ese seísmo, de una magnitud nunca vista.

Hice muchas fotos a los llamados “Tap-Tap”. Esos coloridos vehículos de transporte público, de distintos tamaños, que circulan por todas las calles. Cuando quieres apearte has de dar dos golpes: “tap, tap”, y el conductor se detiene. De ahí su nombre.

 

Las pinturas naïf sobre las carrocerías suelen ir acompañadas por frases o imágenes religiosas.
 
“Voluntad divina”.
 

“Dios, mi pastor”.
  “A la voluntad de Dios”.
 

En los “Tap-Tap” pueden transportarse todo tipo de objetos, equipaje, animales o productos alimentícios.
 
Y no se ponen nunca limitaciones.
 
Una tarde recordé la dirección que el Dr. Thear me había dado, por si me interesaba asistir a una auténtica sesión de vudú. Paré un pequeño Tap-Tap vacío, y me llevo hasta una aldea de Souvenance.
 
Un curioso tapiz indicaba que allí había una sesión de vudú.
 

De un inmenso árbol colgaban, como adornos navideños, cabezas de animales sacrificados, en estado de putrefacción. Y, rodeando el tronco, varios cadáveres de palomas y gallos configuraban una especie de corona.
En la base del tronco había un charco pestilente de sangre cuajada. La visión y el hedor me provocaron arcadas, y estuve a punto de retirarme.
 
Imagino que los gallos muertos y ofrendados provenían, no solo de sacrificios vudú, sino también de las tan frecuentes y populares peleas de gallos.
 
Delante de unos miserables chabolos, un hombre esperaba a los participantes, y mencioné el nombre de Thear, a modo de contraseña.
 

El ochenta por ciento de los haitianos es católico, practicando un catolicismo un tanto sui generis. Pero el cien por cien practica ritos y crée en el vudú.
 

Para ayudar a entrar en trance se emborrachan.
 

Los Ounis, o tamborileros, acompañan a los cánticos para invocar a los espíritus.
 

Durante los rituales se sacrifican cabras, gallos e incluso vacas, en ofrenda a los espíritus.
 
Y se entregan a danzas frenéticas.
 

Y entran en trance.
 

Caen poseídos y se revuelcan por el suelo, controlados por los Hougans, sacerdotes que dirigen en todo momento las ceremonias.
 

El vudú llegó con los esclavos de Africa en el siglo XVI
.

Una mujer enloquecida, tras comerse una tea encendida, introdujo la cabeza de una paloma blanca en su boca. La paloma aleteaba mientras se asfixiaba entre los dientes de aquella mujer.
El Ouni hizo un redoble con su tambor. Luego dió un golpe seco. La mujer apretó fuertemente sus dientes. Y la paloma cayó al suelo decapitada. Seguidamnete, la mujer, con una mirada enfervecida, me escupió a la cara la cabeza sangrante de la paloma.
 
Salí de allí zumbando!!! Y dediqué mis últimos días a buscar imágenes amables, como estas:

Me dediqué a la contemplación de la típica pintura naïf haitiana. Que refleja el carácter infantil del pueblo haitiano, paupérrimo, analfabeto y totalmente abandonado en la miseria, tras 20 años de dictadura corrupta.
 

Me bañé en maravillosas playas virgenes como Kayona.
 

Espero que, en un futuro próximo, estas playas sean un atractivo turístico que aporte medios para la reconstrucción de la capital y la mejora general del país.

Ahora, prácticamente, ya no existe Puerto Príncipe. Los pobres haitianos han sido víctimas de una cadena crónica de catástrofes naturales y humanas. Un desastre infernal de muy difícil solución.

El terremoto ha asolado una ciudad cuya imagen era ya desoladora. Yo deseo a Haití un futuro con importantes ayudas en sanidad y educación, sin más catástrofes naturales, y sin más corrupción política.

P.D.: El cuadro del Patrón de lo Exquisito fue un regalo-broma de Mª José Ankli.


8
enero 10

EL LADO CUTRE DE NUEVA YORK, Y OTRAS QUEJAS…

Hace muchos años que escribo maravillas de Nueva York en distintos medios y, por el contrario, soy muy crítico con mi ciudad natal: Barcelona. Por una vez quiero resaltar unas cuantas deficiencias de la ciudad de Nueva York. Problemas que no tenemos en la ciudad de Barcelona.

 

Imagino lo difícil que puede ser la retirada de basuras de una ciudad llena de rascacielos. Cada día se acumulan en las aceras auténticos montículos de bolsas, que pasan a ser cotidiano mobiliario urbano durante las 24 horas del día. Pues cuando retiran unas ya se depositan otras.

  Este problema, en verano, es mucho más grave. Debido a las altas temperaturas el hedor es insoportable.

  Ver Nueva York nevado es una maravilla. Todo parece impoluto bajo ese gélid0 manto blanco y espojoso.

  Pero, a las pocas horas, esa blanca maravilla se convierte en una resbaladiza pasteta gris marengo, que pone en evidencia la suciedad y la polución de las calles. Por suerte, en Barcelona, no nieva nunca, o en rarísimas ocasiones.

  En las esquinas, justo en los pasos de peatones, se forman unos enormes charcos de agua oscura con hielo, y si no llevas el calzado adecuado, que te cubra muy por encima del tobillo, se te empapan y congelan los pies y se te estropean los zapatos. Y esta porquería dura muchos días. Y si vuelve a nevar, ¡ya ni te cuento!

  No es de extrañar que el asfaltado de todas las calles y principales avenidas de Nueva York esté lleno de baches, grietas y socavones. Y en el insoportable calor de julio y agosto, se derrite el asfalto, y el alquitrán se te engancha en la suela de los zapatos.

  Los taxis son conducidos por paquistanís, indios, turcos, y conductores de otros países exóticos. No soy nada racista. Mi queja se debe a que la gran mayoría de estos taxistas solo chapurrea el inglés, y necesita el GPS para encontrar una dirección, incluso en el centro de Manhattan.

  Hablan por teléfono mientras te llevan a destino a toda velocidad. Muchos taxis huelen que apestan. Y, si ven que eres un turista, se hacen el tonto y no te devuelven el cambio. Y hay de tí si no les das propina. Yo siempre les doy propina, pues ya me conozco el tema.

Pero, si un taxista no te abre la puerta, ni te ayuda con una maleta, ni es amable respondiéndo a tus preguntas, o hace algo especial por tí, ¿por qué razón hay que darle propina obligatoria? ¿Se le da acaso propina al carpintero, al fontanero o la dependienta del supermercado, que hacen mucho más?

  Aunque parezca increíble: en Nueva York no hay radio-taxi. Cuando llueve o nieva te fastidias y si no encuentras un taxi libre (algo casi imposible) caminas o, como hice yo valientemente, te subes a un triciclo, que te cobra entre 40 y 50 $, y te juegas la vida viendo como te adelantan coches y camiones, a toda velocidad, sobre un asfalto helado y resbaladizo.

  Nosotros, en Barcelona, tenemos un estupendo servicio de radio-taxi. La ciudad dispone incluso de una plantilla de confortables y limpios taxi-mercedes. Y somos pioneros en el servicio de taxis exclusivos para mujeres.

  Otra opción en Nueva York es tomar el metro. ¡Y vaya opción más cutre!

  Ya el acceso da verdadero asco. No hay escaleras mecánicas. Son angostas y sucias.

  Los vagones están todos pintarrajeados y sucios.

  Las estaciones enmohecidas y llenas de desconchados.

  Las vias son un vertedero de basuras.

  Y se ven ratas del tamaño de un conejo.

Y ahora, para colmo de desgracia del ciudadano neoyorkino, van a suprimir dos líneas, pues el metro de Nueva York tiene un déficit de 383 millones de dólares.

En Nueva York no se invierte en infraestructuras.

En Barcelona, por el contrario, se están inaugurando nuevas líneas.

  Las entradas y escaleras mecánicas del metro de Barcelona son la envidia del suburbano de Nueva York.

  Las nuevas estaciones son espaciosas, están limpias, y bien mecanizadas e iluminadas. ¡Viva Barcelona!

  Y cambiando de tema:

Estas Navidades, American Airlines me perdió la maleta. Llegué a NY con lo puesto, y así pasé unas 30 horas. Y con la paranóia de no volver a ver mi equipaje nunca más. 30 horas más tarde me devolvieron la maleta, con el cierre roto, la ropa toda revuelta y arrugada, y 6 valiosos regalos de Navidad, para mis amistades de Nueva York, robados.

  Y tuvieron la caradura de poner en mi maleta una etiqueta que decía: PERFECT DELIVERY. (Entrega perfecta) ¡Manda huevos! Nunca más American Airlines, a quien dedico mi NERÓN ROJO.

Deberían ponerse cámaras en las zonas internas de facturación de equipajes y aduanas. El personal dispone de escáners y roban de todo de las maletas. Especialmente regalos bien empaquetados. Es escandaloso.

  Cuando fui a facturar en America Airlines, de regreso a Barcelona, el día después de la gran nevada, y con un frío impresionante, nos hicieron facturar en la calle.

Yo tuve que hacer una lenta cola, que servía para todos los destinos de American Airlines, con unas 600 personas. Tomé una foto, pues el hecho me pareció increible e inhumano. Había niños pequeños y ancianos muertos de frío.

Después de hora y media en la cola, me pesaron la maleta en plena calle y, cuando le comenté al facturador de equipaje que a la ida me habían perdido la maleta, me dijo, mientras depositaba mi equipaje en la cinta: Es que aquí hay que dar propina. Y se la tuve que dar, al muy cabronazo, para que no enviase mi maleta a Pernambuco.

Durante el vuelo pusieron aire acondicionado muy frio y viajamos con los abrigos puestos. Y no hicieron caso de las quejas. Una azafata llevaba una manta sobre los hombros.

Los auriculares, que se dan gratis en estos vuelos, aquí los vendían. Anunciaron la proyección de dos películas y no pasaron ninguna. Y a la salida una azafata pedía denero para una Fundación ¡A la mierda American Airlines!

Por suerte esto me ocurría unos días antes de las nuevas normas de seguridad en los aeropuertos, y no tuve que pasar por los vergonzosos nuevos controles que te obligan a estar en el aeropuerto unas 4 horas antes del vuelo.

  Los controladores de los escáners corporales se van a divertir de lo lindo.

 

Y todo por culpa de la obsesión de los gobiernos de los Estados Unidos por ir a guerrear y probar su armamento en países del tercer mundo, que luego se vengan con un atroz terrorismo. Parece que no les sirvió de nada la lección de Vietnam, ni la más reciente de Irak. Menos invertir en armamento destructivo y más invertir en infraestructuras, como escribió el Dr. Xavier Sáez-Llorens en “Gigante con pies de barro”. Y los sumisos Presidentes europeos, con tal de no negarle nada al “Emperador” de turno americano, colaboran enviando tropas, “con fines humanitarios y pacíficos”, con lo que únicamente se consigue exacerbar el ansia de venganza y destrucción de los malditos terroristas.

No me extraña que haya tanto loco suelto.

Fotos: Carlos Martorell.


3
enero 10

RONDA POR LOS LOCALES DE NUEVA YORK

Conocí a Carmen D’Alessio, Relaciones Públicas de la noche neoyorkina, en los buenos tiempos en que trabajaba en la impresionante discoteca Studio 54.

  La he visto siempre acompañada por celebridades internacionales, o bailando, con mucho ritmo, rodeada de jóvenes guapos y divertidos. Con una sonrisa imborrable y una energía envidiable. La recuerdo saliéndo, una noche, de una tarta gigante en Studio 54.

  Y no olvidaré nunca la fiesta benéfica para la UNICEF, organizada en Studio 54 por la Maharaní de Jaipur, en que Carmen me presentó a Gloria Swanson, el gran mito del cine mudo, a quien yo creía desaparecida de este mundo desde hacía muchas décadas.

  Cramen sigue siempre igual. Con su gran sonrisa, y promocionando locales de la noche de Nueva York, rodeada de gente joven.

Mi discreción y las convencionales normas sociales me impiden revelar la edad de esta incombustible peruana. ¡Su vitalidad es impresionante para la edad que tiene! Y en eso reside la gracia y el mérito de este icono de la noche neoyorkina.

  Siempre que aterrizo en Nueva York llamo a Carmen D’Alessio. No solo porque es una gran amiga, sino también porque con ella tengo entrada en los lugares de moda más privados y divertidos de Manhattan. En todas partes Carmen es recibida y tratada como una reina.

  La primera noche cenamos en el exclusivo restaurante The Monkey Bar, sito en el 60 East de la 54 Sreet, y que pertenece al propietario de Vanity Fair. Es muy difícil conseguir mesa y el ambiente está muy bien.

A Carmen le divierte vestir muy juvenil. Y cada día, de pies a cabeza, viste de un color diferente. Como si hubiese caído en un bote de pintura.

De allí fuímos a casa de los Barones Roger y Bara de Cabrol, donde se celebraba la fiesta de cumpleaños de Bara. Yo conocía a Roger y a sus padres, pues tenían casa en Ibiza.

 La Baronesa de Cabrol diseña joyas, y es hija de la cantante Petula Clark.

  La simpática fiesta me recordó a las que se ven en la películas de Woody Allen, con una mezcla de artistas, diseñadores, bohemios, y gente muy simpática de todas las edades.

  Michele Savoia y Peter Greer hablan con Carmen, que aquella noche Carmen iba de rojo vivo, con un colgante de Cavalli que yo le había regalado.

  Me encontré allí con Julio Santo Domingo, y también con Mona Kristensen. Aquí poniéndose las gafas para tomar nota de mi teléfono.

  Mona fue protagonista de la película Bilitis, dirigida por el famoso fotógrafo David Hamilton, de quien fue pareja.

  La noche siguiente Carmen me llevó a conocer el local de super moda: el Boom Boom Room Lounge. Un bar de copas fantástico, en el piso 18 del Standard Hotel, sito en el 848 de Washington Street, con la calle 13, en el Meatpacking District.

Nos acompañaba la abogada argentina Irene Mayans, con la que posamos a la entrada del local, ante un árbol de Navidad con un pavo real blanco en la copa. Nos recibió el director Kamil.

  Este tan exclusivo local es propiedad del hotelero André Balasz, aquí en la foto junto a Daphne Guiness.

No hay noche sin que en el Boom Boom Room estén presentes varios famosos internacionales, como Jude Law o Jon Bon Jovi.

Nicky Hilton. El diseñador Calvin Klein.

  O la cantante Madonna, en una de las noches en que estuvo con Valentino.

  Fue un placer encontrarme allí con Carlos Torretta, hijo de mis amigos el diseñador Roberto Torretta y Carmen Echevarría. Y también encontrarme con Miguel Fábregas, el hombre más guapo que he visto en Nueva York, que trabaja en Banca, y es hijo de mi amigo Salvador Fábregas. España estaba muy bien representada.

La sala circular de este lounge está rodeada de cristaleras desde las que se divisa una panorámica impresionante.

  El rascacielos ilumidado en azul es el Empire State Building.

  Y no es menos impresionante el grupo de camareras, uniformadas en satén blanco, y con tocados de diferentes diseños.

  Madonna y su amigo Jesús Luz sentados en uno de los palcos, tapizados en cuero de color marfil, frente al fuego de una de las chimeneas.

  En este bar pueden probarse cócteles muy creativos y exóticos.

Pedí permiso a este “ramillete” de simpáticas, sexy y atractivas chicas para fotografiarlas.
  Además del DJ, en el Boom Boom Room hay música en vivo.
  Al día siguiente invité a Carmen a comer en el Down Town Cipriani. En este restaurante, sito en el 376 de West Broadway, en el Soho, la comida tradicional italiana es una verdadera delicia.
  Aquel día tocaba el color azul, de cabeza a piés. Y yo me puse a tomar nota de las nuevas direcciones que me sugería Carmen, en mi agenda roja de Nueva York.
 

Por la noche Carmen me invitó a uno de los locales que está promocionando: La discoteca-restaurante Juliet.
  Aquella noche tocaba el color dorado. Incluso en el pelo. ¡Qué humor tiene Carmen D’Alessio!
  En la cena nos acompañó de nuevo la abogada Irene Mayans, y también el real estate broker Lazar Ilic, y el Embajador de Perú ante las Naciones Unidas.
  El ambiente se fue caldeando y un saxofonista se subió a la barra del bar.
  Al poco rato, los clientes enloquecidos por la música, a todo decibelio, se fueron subiendo a bailar sobre las barras de bar y los sofás. Esta “violación” del mobiliario, con el consecuente deterioro de la decoración, se ha puesto de rabiante moda en Nueva York.
  “Los sábados, sobre las 14 horas, hay que ir al brunch de Bagatelle. Es muy divertido”, me dijo Carmen. Este restaurante, de aspecto tan relajante, sito en el 409 West de la 13 Street, se convierte durante unas horas en una locura impresionante.
  Ese día tocaba el color violeta. A la hora de comer, en Bagatelle, casi no hay luz. En la penumbra suena una música de discoteca a tope, y la gente baila deshinibida sobre los sofás, las sillas y las mesas en las que está comiéndo.
 

Un afroamericano, subido en la barra, no da descanso a su tambor, mientras el público silva y chilla sin parar. ¿Qué habrán desayunado?, me preguntaba yo…
 

Carmen no paró hasta lograr que me subiese al sofá a dar saltos. Luego levantó el brazo y pidió Champagne.
  Al momento apareció un camarero, con bengalas encendidas en los tapones de las botellas (especialidad de la casa) y el griterío fue ensordecedor.
 
Al día siguiente, domingo, Carmen D’Alessio viajaba a Perú. Y me pidió que fuese a despedirla a “Misa de una”, en la Quinta Avenida.
 
Yo pensé que era otro bar de copas, pero resultó ser la misa dominical, a la que Carmen no falla nunca, en St. Patrick’s, la catedral de Nueva York.
  Muchas gracias Carmen. ¡Contigo es imposible aburrirse! Y reza por mí los domingos.
 
Fotos: Carlos Martorell, Patrick McMullan.

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