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REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Una amiga mía, Almudena Hernández, periodista-doctora en Ciencias de la Información, me acaba de regalar un libro. Se titula: “La Academia se divierte” de Sebastián Moreno, La Esfera de los Libros, Madrid 2012, 380 páginas. Aparentemente contiene anécdotas, intrigas y desventuras de los ilustres académicos de la RAE en 300 años de historia, pero es mucho más.

La Real Academia Española se fundó por iniciativa de José Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, y su sede actual en la calle de Felipe IV se inauguró en 1894 con la asistencia de la Reina Victoria Eugenia y Alfonso XIII. La RAE se presentó con el emblema de “limpia, fija y da esplendor”, de acuerdo con la idea de preservar la pureza del idioma castellano.

Dice Sebastián Moreno, en el Prólogo, que son 46 los sillones codiciados por la intelectualidad española. Por la Real Academia han pasado muchos nombres, desde el marqués de Villena, Manuel Fernández Pacheco, que ocupó el sillón A (para eso era el primero), hasta José B. Terceiro Lomba elegido el 14 de junio de 2012. Destacados y destacables son dos premios Nobel, Camilo José Cela y Mario Vargas Llosa.

Decía la escritora y abogada Concepción Arenal, pionera del feminismo en el siglo XIX que la mujer española sólo podía ser estanquera, reina o puta. Lo diría con conocimiento de causa por haber sido rechazada por la R.A.E. Las mujeres españolas estuvieron siempre llamando a las puertas de la Academia, pero no las traspasaron hasta muy tarde.

Aparentemente fue Carmen Conde la primera mujer que ingresó en la Academia el 28 de enero de 1979, pero había y hay un precedente que se suele valorar de diversas formas, dadas las circunstancias. La protagonista fue María Isidra Quintana de Guzmán y la Cerda. Se dice que fue un capricho de Carlos III, aunque la jovencita, de diecisiete años, atesoraba méritos y leyó su discurso el 28 de septiembre de 1784. El ingreso de Carmen Conde fluctuaba entre Rosa Chacel, que se exiló voluntariamente, y ella, que aguantó cuarenta años en España con dignidad, valor y obra. Cuando llegó no había lavabos de señoras. “Supongo –decía Conde- que fue el engreimiento varonil de los académicos lo que impidió que hubiera mujeres en la Academia; debían pensar como Schopenhauer, que la mujer era una animal de cabellos largos e idea cortas” (p.261).

Carmen Conde me hizo el honor de recibirme en su casa cuando yo estaba preparando mi tesis doctoral. Y también lo hizo Elena Quiroga, segunda académica de número de la R.A.E. y esposa del secretario perpetuo de la Real Academia de la Historia, Damiro de la Válgoma, ya que su vivienda estaba en los altos de aquel antiguo y bello edificio de la calle León de Madrid. Su contrincante, Juan Benet, el autor de “Volverás a Región”, que perdió por dos votos de diferencia, ya nunca sería académico. Del resto: Margarita Salas, bioquímica y la primera mujer científica que entró en la Academia de la Lengua; Inés Fernández-Ordoñez, primera filósofa en ingresar en esta institución y su miembro más joven. También están la escritora Ana María Matute, la historiadora Carmen Iglesias, la escritora Soledad Puértolas y Carme Riera, última en ingresar en 2012.

Estos trescientos años nos han dejado diversas anécdotas que recoge el autor de “La Academia se divierte”. Voy incluir aquí sólo una idea referida a Camilo José Cela, nuestro ilustre gallego ganador del Premio Nobel, a quien conocí en el vestíbulo de la propia Academia. Paso por alto la sonoridad de lo ocurrido en el Senado, Cela era senador por designación real, durante la intervención de mosén Luis María Xirinacs, un sacerdote de la izquierda catalana y el hecho de que, cuando ingresó en la Academia, Cela “tuvo que sortear una intrincada barrera de intrigas bastante miserables” ya que “llegaron a difundirse rumores de que era homosexual y drogadicto y que había abandonado a Rosario, su mujer, dejándola en la miseria”.

La Academia y los académicos han soportado todo tipo de críticas. Miguel de Unamuno fue elegido en 1936 y nunca tomo posesión, y el periodista Julio Camba, que no quiso entrar en la Academia, proponía que lo ideal sería que no se hiciera a nadie académico hasta después de muerto, como hace la Iglesia con los santos. No hay duda de que “La Academia se divierte”. Forneas

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4 comentarios

  1. Es un libro delicioso, sí, con mucho humor humanizante. Los sesudos académicos aparecen al nivel más humano, en situaciones, a veces muy divertidas.

  2. María Cortés cocinacardiosaludable

    Qué pena lo de Unamuno!, claro que según Julio Camba, todavía está a tiempo de tomar posesión. Concepción Arenal dejó demostrado que la mujeres españolas podemos ser algo más que esas 3 peculiares profesiones ;-).

  3. Gracias a Dios, la vida es hoy otra cosa. Por cierto, no conocía yo lo que cuentas de Julio Camba con respecto a Unamuno. Gracias

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