

¡HOLA a tod@s! ¿¿¿cómo están ustedes??? Yo renovado y con ganas de escribiros.
¿No queríais anécdotas vacacionales? ¡Pues ahí van!
Iré por orden, de menos tremenda a más, no sea que luego no leáis todo el post, jaja.
Antes que nada, debo decir que el aparthotel fue un poco decepcionante, y eso que nos dieron el apartamento número 13.
Tanto que decían y al final estaba limpio, tenía piscina, utensilios de cocina… ¡e incluso cambiaban las toallas! Lo dicho, un chasco. Eso sí, el público de lo más freak, y los shows (porque había shows) totales. Una noche karaoke de ingleses y alemanes; otra loro – espectáculo; y finalmente, el definitivo: el de los reptiles + rumanos (adjunto foto).
Y mira que nada más llegar a la isla la cosa prometía. Bajamos PITICLI y yo del avión, con nuestros modelitos estupendos y tocados
con sendas boinas cuando se nos acerca una chica muy amable, de una organización (¡?!?!). Nosotros no entendíamos nada, hasta que nos dimos cuenta que se había confundido y pensaba que nosotros, por el aspecto, formábamos parte del grupo de JAZZ que debía tocar esa noche en una de las poblaciones. Solucionado el error, decidimos ir a verles actuar. La verdad, no sé cómo lo hubiéramos hecho nosotros, pero ellos lo hicieron fenomenal.
Ya instalados, hicimos lo que hace todo el mundo: ir a comprar tabaco más barato. PITICLI compra varios cartones (es un regalo muy apreciado entre las amistades) y vemos que la cajera sitúa en la cinta, como sacado por arte de magia de la chistera de Tamarit, un garrafón (porque aquello era un garrafón) de suavizante. Cuando nos íbamos, nos dice que nos dejábamos la garrafa. Al no entender nada, nos dice que lo regalaban con el tabaco. Surrealista. ¿Sería para limpiar los pulmones? Al final la regalamos a unas chicas que estaban en la cola.
Seguimos. Nos vamos a una playa de esas poco frecuentadas, de guijarros, negra como Michael Jackson antes de hacer una promesa a la Virgen Blanca, y al salir del agua, entre risas y tonterías varias de ésas que se hacen chapoteando (porque se hacen, se hacen), noto que algo me intenta morder con rabia en la pierna, como queriéndose aferrar. Yo venga tirar (el instinto de supervivencia tras ver las películas Tiburón I, II y III es muy útil) y al final consigo salir dando unos saltos que ni el Nureyev en el teatro. Di unos brincos decididos sobre las piedras puntiagudas que casi me dan el Título Avanzado de Fakir allí mismo. PITICLI no entendía nada hasta que vio la mordida (y la posterior sangrada). Suerte que ando vacunado de todo y con el ánimo ZEN, que si no…
Luego me voy a preguntar a los pescadores del lugar y no sabían qué podía haber sido, que NUNCA había sucedido. Unos niños comentaron que quizá fuera un pez lagarto, o una morena.
Conclusiones: 1. yo siempre supe que era más de rubi@s. 2. debo de estar más bueno de lo que pensaba.
Y llegamos a LA ANÉCDOTA en mayúsculas. Porque el hecho de que nos lloviera dos días (¡2!) en la isla en la que NUNCA LLUEVE (firmado ante notario) lo considero una maravilla y no otra cosa.
Ahí va: en varios lugares habíamos leído que PARA NADA había que irse del lugar sin haber ido a la playa en la que había embarrancado hacía años un trasatlántico llamado AMERICAN STAR. Habíamos visto fotografías y la estampa era impresionante: una playa virgen, desierta, y a pocos metros, el inmenso barco en estado fantasmal. Estábamos avisados de que llegar no era del todo fácil, pues no había indicaciones claras, apenas alguna señal en la que figurase la palabra “barco”. El camino era una pista de tierra de unos veinte minutos, pero la recompensa valía la pena.
En el pueblo más cercano, en el que comimos, preguntamos al amable camarero. Éste nos dijo que el barco lo habían desmantelado, pero que aún quedaba alguna pieza y que la playa valía muchísimo la pena. Nos dio unas indicaciones de cómo llegar: que si a un kilómetro tomásemos un desvío, que si luego siguiésemos una pista de tierra, etc. etc.
Y allí que nos fuimos decididos, ilusionados y con nuestra capacidad de orientación habitual (que no es la más indicada para llegar puntual a ningún sitio).
Para que os hagáis una composición de la situación, PITICLI y yo íbamos con lo mejorcito del vestuario estival: minishorts, camiseta escotada, gafas de sol, gorra estupenda y, por supuesto, el CD de música que habíamos confeccionado especialmente para el viaje. Como os dije, con lo mejor y lo peor de la música (pero sobre todo lo peor). Y cuando digo lo peor, me refiero a lo más petardo que pueda escucharse sin que explote ningún audífono selectivo.
El coche, sobra decirlo, no era un todoterreno ni mucho menos, sino un cochecito de ciudad sencillito – sencillito.
Pues bien, llegamos al desvío (o eso creímos), giramos hacia la pista (ponía BARCO, lo juro, aunque un poco borrado) y allí que nos metimos. El coche hizo lo que pudo con la suspensión, pero con aquella música horrible parecía que todos bailábamos al unísono. La música, por cierto, a toda leche.
Unos metros pista de tierra a través, vemos que vienen hacia nosotros unos OCHO MILITARES armados hasta los dientes. Rifles al hombro. PITICLI se pone un poco de los nervios y me suelta “¡ay, no nos dispararán!”, y yo le digo “anda, cómo van a disparar, estarán haciendo maniobras por el campo, no pasa nada, que esto no es Irak”.
Total, que los atravesamos, como quien cruza la calle, y seguimos, tan contentos y cantando las canciones más petardas de la historia.
U
n poco más adelante vemos que se acerca una tanqueta militar hacia nosotros. Como el paso era estrecho, decidimos ponernos a un ladito, y sonrientes cual anuncio de profidén, le hacemos señas para que pase (somos educados o somos educados). La tanqueta que no pasa, y nosotros esperando. Al final, baja un soldado de la misma, se acerca con cara de poquísimos amigos hacia nosotros, se coloca al lado de la ventanilla y nos suelta enfadadísimo: “¿no saben leer? ¿es que no han visto el cartel? ¡No pueden estar aquí! ¡Estamos haciendo maniobras militares! ¡Incluso con explosivos!”
Efectivamente, frente a nosotros, sobre la montaña, había un cartel tamaño la Basílica del Pilar que decía PROHIBIDO ZONA MILITAR.
Yo, sin perder la compostura, le digo “no se preocupe, que ahora nos vamos, es que nos habían indicado que tomáramos este camino”.
Así que dimos media vuelta como pudimos, y a deshacer el camino. Por el retrovisor, la tanqueta pisándonos los talones (por si no nos íbamos) y PITICLI con más tensión que la cuerda de un violín. Al final, con la compostura que pudimos, conseguimos l
legar a la carretera.
Pues bien… ¿sabéis qué es lo que más me preocupaba a mí? ¡Pues que mientras venía el militar yo no conseguía bajar el volumen de la música! Pensaba: “¡qué bochorno, con esta canción tan cutre y estas pintas!” porque claro, te pilla bien vestido y escuchando las noticias y ya es otra cosa.
Moraleja: uno cree que tiene superado aquello del “qué dirán”, y para nada. Imagino que es algo muy instaurado en nuestro país. Si ya lo dice el refrán: “tú hija se casará si tu vecina quiere”.
Por cierto que yo tengo tantas vecinas (el piso de enfrente tiene mucha circulación de usuarios) que, en el caso de que me quisiera casar, casi en vez de preguntarles les h
ago un cuestionario tipo test.
El qué dirán, o cómo nos afecta la opinión que los demás tienen de nosotr@s. ¡Qué gran tema! Prometo desarrollarlo en un post como Dios / Buda / etc. manda, que es algo que me interesa sobremanera.
Mientras tanto… ¡Sed muy felices!
p.d. adjunto el videoclip de la canción (me fascina) que sonaba en el momento crítico. Para que me entendáis.






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Al respecto, como en mi entorno todos parecemos descender (qué digo descender, tropezar) directamente del mono, me llama una amiga la otra tarde y me dice muy preocupada: “cielo, me ha sucedido algo terrible, y sólo tú lo puedes entender”. Lo que sucedió es que se le había muerto la “epilady“, y claro, menudo
Otra amiga me comentaba entristecida cómo, ahora que está embarazada y más sensible, no se puede hacer las ingles brasileñas, pues le duele horrores, y le había pedido a otra amiga común si se las recortaba, a lo que nuestra amiga se había negado. Luego me pidió a mí si le dejaba mi rasuradora, a lo que también me negué. Al listado de cosas que no se deben prestar, yo añadiría las depiladoras. Imagino que la amistad tiene un límite…
Espero, por otro lado, que no sean del tipo de sorpresas como la que le sucedió a una paciente la otra semana, que fue al médico del ambulatorio por una inflamación molesta en el estómago (que el médico creyó hinchazón del hígado) y acabó poniéndose de parto en la consulta, para sorpresa de ella, del médico, y del padre. ¡Estaba embarazada de seis meses sin saberlo! Por lo visto, esas cosas sí pasan.

Ayer mismo, sin ir más lejos, en la sala de espera del médico había una familia maravillosa, como sacada de un anuncio de zumos. Un papá (bermudas, náuticos y gafas de pasta), una mamá (esbelta, elegante) y dos niños rubios como soles de unos 2-3 años. Mientras la mamá se daba brochazos de polvos compactos sentada en su butaca, entre el paciente público, y el papá leía un diario deportivo, la niña se comportaba como una princesa maleducada y el niño se dedicaba a golpear a la gente y llamarles “tontos”. Imagino que el angelito aún no dispone de más insultos en su repertorio.
Yo estuve por darles una tarjeta profesional en vez de un discurso. Por suerte estoy vacunado, pues el niño tenía pinta de tener la rabia. Y esto no es nada.
En agradecimiento universal, cada vez que estoy en una comida en la que mis compañeras de mesa hablan durante 96 horas seguidas sobre sus embarazos, sus partos, los primeros meses de sus churumbeles, y hasta sus problemas adolescentes, sonrío.
Vamos, que personalmente la familia me parece
