
Tengo que recomendaros encarecidamente algo, y como diría mi Musa Mexicana, debéis partir de una premisa: “yo siempre tengo razón”.
Claro que cuando ella lo dice no me atrevo a llevarle la contraria. Primero porque la suele tener, y segundo porque no quisiera sufrir su Furia Azteca en mis carnes.
Pero a lo que iba. La otra noche PITICLI y yo fuimos a la cena SENZACIONARIUM, un espectáculo global que no deja a nadie indiferente. Ya sabíamos que nos pondrían un antifaz; que cenaríamos sin ver nada; que el equipo lo componen cantantes, actores, tragafuegos, etc.; que durante las tres horas de espectáculo estimulan todos tus sentidos… ¡pero la experiencia sobrepasó nuestras expectativas! No sólo es la cena, sino también el camino a la mesa,
los actores interactuando con los comensales, los efectos olfativos…
Me gustaría poderos dar más detalles, pero es que hay que ir y probarlo personalmente.
Yo tenía miedo de agobiarme por la oscuridad, pero lo cierto es que incluso se me hizo corto. ¡Cuando llegó el momento de quitarse los antifaces queríamos más!
Esta experiencia me hizo pensar en la búsqueda de sensaciones tan característica de los seres humanos. En algunos casos, esta búsqueda es tan extrema
que incluso existe un perfil de paciente llamado “sensation seeker”, que no veáis la de quebraderos de cabeza que generan.
Puede que por el efecto de tanto peso de la mente y lo racional, al final lo que necesitamos es poder “desconectar” y centrarnos en otras esferas de vez en cuando.
Seguramente de ahí el éxito de los deportes de riesgo, las atracciones extremas en los parques de atracciones, las performances radicales…
Cosas que nos hagan sentir más vivos por unos instantes.
Personalmente, como buen tauro y miedoso, siempre me han dado cierto
respeto todas esas cosas “al límite”. Incluso lo paso mal en algunas atracciones de feria. Tengo la tolerancia a las mismas de una Chica de Oro.
Recuerdo una vez en la que fui de monitor con un grupo de chicos con discapacidad a un parque de atracciones. Querían montarse en la barca vikinga y allí que los subimos. Yo me monté junto a ellos para controlar. En un momento dado, con el artilugio del infierno en marcha, empiezo a oír los gritos de uno de los pasajeros:
- “¡paren la barca, que el chico se marea!”
Yo venga mirar a todos lados, buscando si alguno de los chicos se estaba encontrando mal, pero no vi nada. Y la persona seguía:
- “¡paren, paren, que se está poniendo blanco!”
Y yo que no era capaz de detectar a nadie en tal situación. Pues bien, como podréis imaginar, esa persona era yo.
Pararon la barca y me tuvieron que tumbar en uno de los bancos del parque con las piernas hacia arriba, custodiado por varios chicos con discapacidad física y mental. Algo así como la nueva versión de Blancanieves.
Así que cuando alguien me propone subir al “Dragón Khan”, por supuesto me quedo abajo aguantando las chaquetas.
Otras personas son más de buscar las emociones fuertes en las relaciones, especialmente de pareja. Si no, no entiendo cómo siguen juntas algunas que se pasan el día gritándose o/y odiándose en público.
A colación me viene a la mente una anécdota que me contaba mi maravillosa Musa Tímida. Según explicó, hace unos días invitaron a comer a su casa a una pareja de amigos con su hijo.
Mi Musa dice que la pareja es un tanto peculiar: ella con pinta de “mujer de armas tomar” y él de “primitivo-poca-cosa”.
Total, que después de comer, pusieron a los niños a pintar. Dado que la hija de mi Musa cogió el único pincel que había, la amiga, de forma muy natural, y puesto que su hijo también quería pintar, le pidió a Musa Tímida si tenía una cañita, celo, y unas tijeras.
Mi Musa se lo dio y la amiga, ni corta ni perezosa, se fue hacia su marido, le pilló un mechón de cabello cercano a la patilla y “zas”. Luego unió el mechón a la cañita con el celo y listos.
Ante la cara de sorpresa de todos, la amiga fue hacia su marido y le espetó: “No te preocupes, cariño, que luego te compenso”.
Yo creo que esta mujer tiene mucho futuro en la Fura dels Baus, tan inmersos como están ellos en la búsqueda de todo cuanto haga vulnerable al espectador.
Aunque para emociones fuertes las que estará viviendo Lady Laca, que es tan valiente u osada que ha decidido pasar un mes entero en la España Abismal. A mí se me ponen los pelos como escarpias sólo de imaginarme el binomio España Honda + Semana Santa, pero claro, ella tiene una laca a prueba de peinetas.
Nos llamamos casi todos los días y parece que lo está llevando bastante bien. Sólo le preocupa el hecho de estar comiendo tanto que teme pasar a llamarse Lady Vaca.
Yo espero que su presencia actúe un tanto de “evangelizadora de la modernidad”, porque si no yo no vuelvo. Aún tengo espasmos epilépticos cada vez que recuerdo una de las últimas ocasiones que fui de visita (por aquello de la familia). Aunque claro, por lo visto, cometí varios errores imperdonables:
- llevarme bien con mi tía divorciada (algo muy mal visto)
- no ir vestido como “correspondería a mi edad” (peor considerado aún)
- escuchar música que no fuera “bacalao” (absolutamente imperdonable)
Nada más llegar, fui con mi tía (la divorciada) al supermercado, y juro que la gente se paraba para chafardear, tanto dentro como fuera del local. Desde los pasillos podía contemplar cómo incluso había gente amorrada a los cristales. Cuando les pregunté si me estaban mirando, respondieron que “sí”.
Claro que pasar más tiempo en casa tampoco sirvió para nada. Una tarde puse un CD de ópera y aquello ya fue el colmo. Entraban vecinos a casa de mis abuelos a preguntarles cómo era que yo estaba escuchando aquello, que su nieto era muy raro.
Resultado: adelanté mi regreso a la civilización y no volví al pueblo hasta la muerte de mi abuela, en la que entonces fui criticado porque “fumaba demasiado”.
Es muy curioso esto de las costumbres territoriales. Ellos tienen casas “a todo lujo” que muestran a sus invitados con ánimo de generar envidias, pese a que luego viven en los garajes (esto es absolutamente cierto y se pueden ver las camas tras unas cortinillas) pero no se consideran criticables.
Lo dicho: mi madre es una valiente. Si yo pasara todo un mes allí creo que sufriría una regresión tal que terminaría por hacerme mis necesidades encima. No ganaría para tanta ropa interior.
Y hablando de prendas íntimas (y de sensaciones), el Camillero Superstar tiene toda una teoría sobre cuándo hombres y mujeres la renuevan.
Según él, los hombres tirarían los calzoncillos una vez que estuvieran tan sucios o estropeados que no se pudieran volver a usar. En cambio, las mujeres utilizarían criterios “emocionales”. Él dice que en el caso de las chicas, si unas braguitas les traen buenos recuerdos, aunque estén muy viejitas no las tiran. Por el contrario, si alguna prenda interior les trae a la memoria experiencias negativas, van a la basura aunque estén nuevas.
Mi Musa Roja dice que a ella sí le sucede. A mí lo más parecido a la teoría femenina me ocurrió en una ocasión en que me compré unos calzoncillos de “Superman” a los que les cogí mucha manía. Parecían impregnados de la Ley de Murphy. Noche que me los ponía, noche que no me comía un rosco. Aún así no los tiré (la vena catalana), sino que cuando conocí a PITICLI, los saqué del cajón y le pedí que los exorcizara. Eso también sería reciclar, ¿no?
En fin, hasta aquí el post. Que tengáis un buen inicio de semana, lleno de sensaciones agradables. Y recordad… ¡Sed muy felices!






“conexiones”,













En situaciones extremas, incluso he tenido que dejar de ir a alguna tienda, porque la confianza se había vuelto insoportable





Y como una imagen vale más que mil palabras, he decidido, en vez de tanto hablar de
Por supuesto, también adjunto una foto (realizada al estilo 
































