

Este año nuestras vacaciones han ido sufriendo un proceso de mutación más impresionante que la de Elisabeth, la niña lagarto de V. En un principio queríamos ir a Japón. Sí, sí, lo teníamos claro. Incluso lo comentábamos entre las amistades: “¿nosotros? ¡Este año a Japón! Es que no es tan caro como dicen, pues te puedes alojar en hoteles para autóctonos”. Y quedábamos la mar de interesantes. Muy Lost in Translation.
Luego empezaron a llegar las invitaciones para las bodas (con sus consiguientes transferencias bancarias, compra de modelito -el mismo para todas-, billetes de tren y hotel -porque encima no son en Barcelona) y pensamos: “Las Islas Griegas son un lugar maravilloso”. Además, esto provocó desempolvar nuestras almas aventureras, y ya nos imaginábamos saltando de isla en isla, cual saltamontes-chic, con
nuestra mochila a la espalda y varios conjuntos de short, camisas de diseño y alpargatas dentro de las mismas.
No recuerdo siquiera si tuvimos ocasión de comentarlo con nadie, pero el caso es que llegaron las noticias de derramas extraordinarias. Se detectaron varios fallos estructurales en la finca y hay que apechugar con unas reformas que hacen tiritar nuestras cuentas bancarias más que una gripe porcina.
“Llegó el momento de conocer Cádiz”, dijimos. “Esos pueblos blancos, esas playas maravillosas”. “¡Tanto irse lejos cuando España está llena de rincones fascinantes y desconocidos!”.
Para cuando se estropeó la lavadora y tuvimos que repararla dos veces (la segunda para arreglar el estropicio del primer técnico que vino), Barcelona se tornó a nuestros ojos una opción incomparable. Además, como dice una de mis Musas -que tampoco va a salir fuera este verano- “¿para qué quieres
irte lejos, a otras playas, alojándote en apartamentos cutres cuando puedes irte a playas de aquí, hacer excursiones y a la vuelta estar cómodamente en tu casa?”. Claro que ella vive en un bonito piso con piscina comunitaria y no en un estudio de treinta metros, pero también posee una hipoteca cuya cifra está al nivel de los robos de Ocean’s eleven.
Decidido, este año toca B+B: Barcelona (con sus maravillosos encantos propios y de los alrededores) + todos los lugares a los que vamos de Boda.
Así, el próximo destino seudo vacacional será Valencia, y ya que tenemos que hacer noche, pues nos quedaremos en un hotel bien cuco del centro y aprovecharemos para hacer algo de turismo. La
Malvarrosa será nuestro Santorini y tan campantes.
Como repetimos traje (tengo que seguir luciendo la aclamada chaqueta de El Ganso), y puesto que la novia tiene mucha curiosidad por el look que llevaremos, ya le avisé que si quería sorpresa no mirara mis fotos de Facebook (en las que aparecemos en la boda anterior).
Bueno, para ser honesto, en realidad no todo va a ser igual: En un acto de locura y derroche sin precedentes me he comprado una nueva pajarita (si para Sitges fue negra, esta vez será roja).
Y cuando volvamos pasaremos unos días en nuestro adorado Delta del Ebro (léase la Isla de Amorgos), a extasiarnos con su gastronomía exótica y sus playas desiertas.
Agosto y septiembre los dedicaremos a la Ciudad Condal (que vendría a ser Miami + New York), con su oferta lúdica y cultural sin igual. Y si no que se lo pregunten a mi adorada familia política, que lo pudo comprobar en su reciente estancia.
Os voy a relatar el planning que les organizamos para tres días, pues igual os da ideas (para más i
nformación, clicad sobre las palabras destacadas en rojo).
Día 1. Recorrido por el Barrio Gótico, con sus palacios y patios esplendorosos (mención especial para el del Museo Textil en la calle Montcada, que posee además una tienda llena de maravillas). Desayuno en el Museu Frederic Marés, junto a la catedral. Posteriormente, paseo por el Eixample, comida en Flash – Flash (la tortillería de la Gauche Divine setentera) y visita a La Pedrera. Subir a la terraza de la misma es algo excepcional, y más si tenéis la oportunidad de disfrutar de los conciertos nocturnos que en ella se organizan.
Cena en Belmonte, uno de los mejores restaurantes para probar la auténtica cocina catalana. Las dueñas tienen huerto propio (ni os cuento cómo están sus verduras) y el aceite lo traen de una almazara de Tarragona. No os perdáis su Xató (ensalada tradicional de escarola, bacalao y salsa romesco) ni su carpaccio de pulpo. Para terminar, una copa en La Luna, en unas antiguas caballerizas al amparo del campanario de Santa María del Mar.
Día 2. Desayuno en La Taberna del Born, en plena Rambla del Born y con fórmulas de desayuno sin competencia (ojo, porque los demás sitios son mucho más caros). Paseo por los rincones más típicos del Barrio de la Ribera y comida en el restaurante japonés Teppan – Ya, ubicado a medio camino de la Sagrada Familia y el Hospital de Sant Pau, ambos Patrimonio de la Humanidad. Este restaurante, del que ya me he declarado fan
anteriormente, no sólo tiene una cocina excelente, sino que comer en él es un verdadero
espectáculo. Podéis elegir entre comedor normal, reservados japoneses (como en las películas) o frente a la plancha (mi favorito). Si elegís esta última opción, os vestirán con kimono tradicional y podréis observar los increíbles malabarismos que los cocineros son capaces de realizar con una espátula. Sorprendentemente es un lugar muy económico y de comida abundante. Y ver a tu suegra y tus cuñados en kimono no tiene precio.
Para la tarde, visita al Palau de la Música (otra maravilla Patrimonio de la Humanidad) y té + Xixa (o como se escriba) en una auténtica tetería árabe-lujo-kitsch cercana. El café restaurante Arabia es un lugar delirante, lleno de do
rados, fuentes, velas, camellos de cartón piedra y que sirve un té con menta buenísimo. Para lo que no tengan problemas de rodilla, hay rincones con alfombras y cojines. En nuestro caso, elegimos la zona con sofás y mesas tradicionales. Lo que no fue nada tradicional fue presenciar cómo la madre de Piticli, a sus setenta y pico, fumaba pipa árabe por primera vez. Veíamos y no creíamos. Sospecho que mis cuñados van a colgar las fotos realizadas en el portal de su casa para que alucinen sus vecinas.
Tras un breve paseo con parada incluida en la terraza del precioso Neri Hotel, en la plaza de Sant Felip Neri (otro rincón encantador de la ciudad), tiempo para descansar y vestirse para la cena de cumpleaños de PITICLI.
Puesto que era una ocasión especial, reservamos mesa en Visual Restaurant (del que ya hablé pero del que vale la pena seguirlo haciendo), establecimiento ubicado en la planta 23 de un edificio en medio de la ciudad. Las vistas de nocturnas de la ciudad nos dejaron a todos noqueados. Si podéis, reservad en fin de semana, cuando la mayoría de monumentos están iluminados, y se puede contemplar perfectamente desde la mesa el espectáculo de las fuentes de Montjuich.
Muy recomendable el menú degustación (esta temporada dedicado a la música y la danza). El trato, fenomenal.
Día 3. Tras desayuno libre y visita al Camp Nou, nada mejor que una paella frente al mar en el Puerto Olímpico. Lugares para comer allí hay muchos, pero ninguno como La Barca del Salamanca. Es un restaurante campechano, con excelente servicio, buenísimas paellas y mejores precios.
Lo reconoceréis porque es el único en el que hay cola. No os asustéis, se puede reservar. Desde hace años, aseguran sobremesas largas, pues al acabar te plantan sobre la mesa varias botellas de chupitos y platos con tarta de Santiago cortesía de la casa para que estés el tiempo que desees.
Y para bajar la comida, un paseo por el puerto.
El fin de semana terminó con los consiguientes abrazos y ojos acuosos. Una pena que vivan en Asturias, y una suerte de familia política.
Espero que estas direcciones os sean útiles. Próximamente habrá otra entrega de mis lugares preferidos (algunos para economías de guerra y estómagos exigentes) e incluiré tiendas, que nunca viene mal.
Un beso enorme, Merry Crisis y… ¡sed muy felices!