

La otra noche, en la celebración del cumpleaños de una de mis Musas (¡Felicidades de nuevo!) oí uno de los mejores comentarios de los últimos tiempos:
- “si tú y yo nos llevamos bien es porque yo soy muy empática, porque mira que eres rara hija, que no hay manera de que entienda lo que haces. No, yo no te podría defender, porque no puedo defender lo indefendible”.
Quien lo dijo no era otra que la hermana de la Musa, refiriéndose a otra amiga (que también tiene más tela que cortar que un vestido de Montserrat Caballé). Y es que esa familia da para mucho. Otra hermana -y Musa- dice que está pensando en “apostatar” de dicha familia, que no puede más, pero que es muy difícil.
Pero volviendo a la “empática”, resulta que está fascinada poniendo en práctica todo lo que ha aprendido en un taller de “coaching” realizado recientemente gracias a los cursos del paro. Ahora anda todo el tiempo “poniéndose en la piel del otro”, aunque como ella misma dice: “es muy cansado y muy difícil, porque hay mucha gente que está fatal, y ponerse en su piel cuesta una barbaridad”.
Todo ello me llevó a reflexionar sobre a quién toleramos y a quién no, a quién justificamos -aunque sea injustificable- y a quién rechazamos de igual modo que el aceite repele el agua.
Dicen que en el fondo lo que menos nos gusta de otro suele ser algo que también forma parte de nosotros mismos (y que lo que nos atrae es una sutil combinación de similitudes y complementariedades). ¿Será cierto?
En mi caso, por ejemplo, la relación amor – odio que tengo con Italia seguro que tiene base en que reconozco muchas cosas de su esperpéntico hacer en nuestra tierra (menos llevar gafas de sol en cualquier situación y condición de luz), pero por el contrario, hay gente que no tolero y con la que no me veo identificado (los que maltratan a los animales, por ejemplo). Bueno, eso creo.
También hay gente a la que adoras desde el primer momento, casi sin necesidad de hablar, y otra que te genera un rechazo impresionante pese a no haber hecho nada en particular (los que yo llamo “agujeros negros”). ¿La famosa química?
En esos casos, ¿es lícito seguir dicho instinto básico? ¿Debemos descruzar la pierna o agarrar el punzón en función de lo que nos dicte el subconsciente? Empíricamente, salvo algunas excepciones, a mí me ha funcionado.
Hay que reconocerlo, ciertas combinaciones encajan perfectamente y otras… otras… bueno, necesitan más esfuerzo.
El esfuerzo; supongo que de eso trata la vida en sociedad, de adaptarse y convivir (la prefiero a la palabra “tolerar”, que me suena a “te perdono la vida aunque tu
presencia me revuelva las tripas”), de actuar teniendo en cuenta que existe un “otro”, que no puedes ir de kamikaze-paso-de-todo-y-sólo-miro-por-mí sin respetar ciertas normas.
Ahora que lo pienso, qué poco va quedando de todo eso…
A mí me sugiere que las sociedades humanas no son tan distintas a las animales, donde diversas especies coexisten, aunque no siempre en armonía. Sí, los antílopes y los leones comparten ciertas hectáreas, pero no les pidas que compartan metros. Trasladándolo a las “tribus urbanas”, determinados grupos parecen condenados a no poder convivir unos al lado de los otros (Belenes Estébanes y Marías Josés Campanarios, por ejemplo)…
Y hablando de grupos, vinculado a las “afinidades” hay algo que también hay que tener en cuenta: todos tenemos un grupo de pertenencia y otro de referencia, los cuales no tienen porqué ser idénticos. Dichos grupos, o nuestra vivencia de los mismos, condicionará claramente nuestras relaciones y comportamientos.
En mi caso, servidor proviene de un barrio proletario y con muy poquito glamour -o ninguno-(grupo de pertenencia), donde te arriesgas a recibir insultos y pedradas por el mero hecho de no vestir con el uniforme de “macho-chandalero-cani”, pero siempre me he sentido seducido por entornos “chupi-cultos-llevo-pajarita-+-gafas-de-pasta” y sofisticados (grupo de referencia). Hasta tal punto que gracias a energías cósmicas desconocidas, guiadas por mi vocación (la misma que me llevó por ejemplo a escribir a Donald Trump y terminar siendo aceptado en su foro universitario; sí, sí, como te lo estoy contando), y pese a que yo soy muy del pueblo (al igual que la Esteban) sin darme cuenta me he visto contra pronóstico en un montón de situaciones dignas del papel-cuché (¿Al igual que la Esteban?).
Pero no sólo en la vida real, no. Incluso en los sueños me codeo con “famosos y famosetes”.
Siguiendo los consejos de la última bruja que el destino puso en mi camino, y que me recomendó que escribiera mis sueños, me he dado cuenta que soy capaz de soñar que me encuentro en una reunión de amigos entre los que se encuentra Madonna, haciéndole bromas del tipo “hija, mira qué brazos más grimosos tienes; sí, fibrados, pero qué horror”. Así, tan ricamente.
Aunque no soy el único. Una amiga de PITICLI también soñó recientemente con Madonna. En el sueño ella estaba con unos amigos en el concierto de la señora, cuando en un momento dado se pusieron a jugar a la escoba como quien no quiere la cosa. ¿Y qué hizo Madonna? Pues bajar del escenario y ponerse a jugar con ellos.
Puede que el grupo de referencia sea incluso más determinante que el de pertenencia a la hora de diseñar nuestro proyecto de futuro, o de decidir nuestras afinidades.
Por cierto que hablando de esta amiga, el sábado próximo iremos al estreno de los geniales gags que junto a una compañera de trabajo ha realizado. El título: “Personal Assustant”. Puro arte surrealista. Que tiemblen los de Muchachada Nui. Habrá alfombra roja, photocall, cocktails, invitaciones, dress code… y todo, todo, en su piso de 45 metros. Porque cuando tienes tanto arte no necesitas el Kodak Theatre.
Y a la vista está que hay mucho arte y glamour entre aquellos que no venimos precisamente de Beverly Hills. ¡Que tiemble Hollywood!
Un beso muy fuerte y… ¡sed muy felices!


























Por no hablar de la ecuación Sinceridad = Falta de Tacto.
Y es que bajo mi humilde punto de vista, la mentira juega un papel fundamental en nuestra sociedad.

