

Tengo cara de oreja. Sí, es así. Yo quería tenerla “de cama” (que es como en mis años mozos decían de la gente sensual con la que te apetecía tener un rollo) pero no. De oreja. Y de un tamaño considerable. La oreja, no la cama.
Porque además no tengo que hacer nada, ¡qué va! Yo puedo agachar la cabeza, intentar no mantener contacto visual… da igual, la persona viene hacia mí y me suelta su historia. Imagino que todos tenemos mucho que “soltar” y a veces nada mejor que a un desconocido… O a mí.
No hace mucho, cuando de entre TODA la gente que había en una concurridísima plaza, el personaje singular de turno se acercó hacia MÍ (y únicamente a MÍ) para soltarme su rollo, no lo pude evitar y le pregunté: “¿por qué yo? ¿Por qué yo?” pero no me supo (o quiso) responder.
Y mejor que no me hubiera dicho “porque eres el que tiene más cara de pringado”. Aunque algo de eso hay. Fijo.
Que tengo esta virtud – radar, o cara de “aquí puedo soltar to-lo-que-llevo” lo supe desde muy pequeño. Si mi madre me enviaba a la tienda a comprar solo, la transacción, que podía durar 10 minutos en modo “normal”, en “modo yo” o “modo escucha” podía durar toda una tarde.
No era más que un preadolescente cuando a una tendera ya le dio por contarme en tono “confesiones” que su niña quería ser modelo, porque era muy alta y muy rubia natural, porque en casa siempre habían sido todos muy rubios, pero que claro, como eso sí, estaba un poco rellenita para los cánones, lo veía difícil y muy duro, y no quería que la niña sufriera, pero que mirara qué book más hermoso le había hecho el vecino.
Lo cierto es que la chica era muy mona y tenía mucho gancho. De hecho ambos protagonizamos al cabo de poco un cortometraje en el que yo hacía de su despiadado maestro de música y ella de alumna – Lolita y sus escenas salieron geniales mientras que recortaron muchísimas de las mías. Creo que el hecho de llevar el pelo tirando a rubio y alisado con plancha no me ayudó. Porque el que llevaba dicho peinado era yo.
El problema era cuando las señoras ya empezaban a soltarme temas más serios y que tenían que ver con conflictos conyugales. Porque yo ya no sabía qué hacer o decir, ni como mantener el tipo mientras rezaba para que no se descongelaran los buñuelos o goteara el pescado. Al final, nada mejor que escuchar más que hablar, y estar ahí.
Los comercios siempre me han dado mucho de sí. He tenido que cambiar de supermercado, de peluquería, de ferretería… decenas de veces. Porque a mí me gusta el contacto humano, pero es que la cosa se me escapa de las manos. De la simpatía al exceso de confianza hay un pequeño paso. Como dice Paloma Corredor, tengo que hacer Reiki.
En uno de los supermercados (al que ya no voy pese a tener una quiche estupenda) la cosa fue, a velocidad luz, de la amabilidad a pedirme la encargada si no podía hablar con su hijo adolescente, que estaba en una crisis de la edad muy mala y sin ganas de vivir, y encima ahora que tenía la hermanita china.
Por no hablar de cuando en la sala de espera del ambulatorio una señora de cierta edad pasó de preguntarme la hora y mantener una conversación de cortesía a contarme que ya no veía sentido a la vida y que estaba muy sola. No sé muy bien cómo lo hice, pero terminé yéndola a visitar alguna vez a su casa y con un parking para mi moto gratis (ella no usaba el suyo).
Porque a veces también tiene sus contrapartidas positivas (más allá del desahogo del otro). Gracias a mi capacidad “orejil” he recibido descuentos, tratos preferentes y hasta un árbol de Navidad de regalo (en el súper de la quiche). Lo que pasa es que no siempre compensa.
PITICLI al principio alucinaba. Ahora no sólo se va acostumbrando sino que incluso también le pasa a veces.
Voy a contaros la más reciente. En nuestra última escapada (Al Valle de Arán, un lugar fabuloso) decidimos ir a cenar a un restaurante que tenía muy buena pinta, con un aire un tanto más sofisticado que los anteriores. Pues bien, entramos -el local era muy bonito, ubicado en una antigua cuadra- , el dueño nos sienta y nos pregunta si no nos importa tomar el menú en vez de la carta porque han sucedido unos imprevistos (nosotros accedemos). Al cabo de unos minutos, y sin saber cómo, de repente, entre plato y plato, el dueño viene a nuestra mesa y nos cuenta que su mujer le acaba de dejar, con dos hijos pequeños, y que no sabe cómo hará para sobrellevar el exceso de trabajo mientras asimila la situación. No vimos que lo hiciera con ningún cliente más.
Y si bien al principio el señor iba y venía a nuestra mesa, a la hora de los postres se sentó con nosotros. Y claro, era complicado andar escuchando la tremenda situación mientras comíamos el helado de coco sin que pareciera de mala educación (pero si no lo comíamos enseguida nos decía “¿pero de verdad está bueno? ¡Es que con todo esto ya no sé si la comida me ha salido bien!”). Tras un buen rato de escucha, apoyo y aliento (y unos cigarrillos que le regalamos para que sobrellevara el estrés) nos fuimos con una rebaja en la cena. La digestión corría a nuestra cuenta.
Lo cierto es que no sólo las historias vienen a mí, sino que a mí también me encanta “poner la parabólica”. No puedo evitar observar a la gente, o poner atención en sus conversaciones (a veces puedo prestar más interés a las ajenas que a las propias). Gracias a esta costumbre he llegado a escuchar diálogos sublimes, en la línea de lo que la gran Rosa Palo relata en su genial blog.
Algunos ejemplos recientes:
- Un grupo de adolescentes que viaja en el bus (y no deben de superar los 16 años ni por asomo) comentaba que “ya estaban hartos del sexo por el sexo; les aburría, no les llenaba, y ahora necesitaban algo más”. Y lo peor de todo es que parecía cierto. Según pude entender, tenían más rodaje que servidor dentro de 10 años.
- Una pareja de adolescentes, hablando de sus respectivos padres. Según decía una, “el suyo sí que era humilde, porque ganaba más de 18.000 euros al mes y sólo tenía un coche. Eso sí, nada de llevar el dinero a un banco corriente, que las pensiones están muy mal y él se estaba preparando su propia jubilación”. Ahí queda eso.
- Otra pareja de adolescentes comentaba que su amiga “no salía con el Dani, no, sólo se lo había f*llao, que a eso tenía derecho todo el mundo”. Los derechos humanos cambian una barbaridad…
- Las señoras que se cuentan lo que les ha dicho el “pirriatra de su Beyoncé”. Porque sí, querid@s lector@s, hay gente que ya está poniendo ese nombre a sus hijas.
Otras veces, como mi entorno sabe que me encantan las anécdotas, me regalan algunas maravillosas, como la de la madre de una amiga (ambas merecerían toda una serie de posts), que el día que tenía que hacerse su primera mamografía, tras salir de la ducha y ponerse la crema hidratante, decidió que no le gustaba cómo llevaba el largo del flequillo y decidió cortárselo justo en ese momento frente al espejo (eso sí, no fue muy exhaustiva a la hora de eliminar los cabellos cortados…). Cuando llegó al médico y éste le indicó que se descubriera, ella se sintió un poco violenta, a lo que el médico respondió: “no se preocupe por mí señora, no es la primera vez que veo una mujer con pelo en el pecho”.
En fin, ya lo dijo el filósofo, lo que nos diferencia de otros seres es la capacidad de contarnos historias, cuentos. Disfrutemos de esa capacidad… ¡y seamos felices!









