
Mi agente literaria debe de pensar que soy el hijo cistítico no reconocido de Sue Ellen. Cada vez que la veo
me tomo un vino (o dos) para destensarme, lo cual unido a haber comido poco -por los nervios- hace que sea la viva representación de David Hasselhoff (en su famoso vídeo casero) mezclado con Mariano Mariano. Por no hablar de lo pronto que yo metabolizo. Vamos, ideal para causar buena impresión.
Recemos porque a ella le parezca “muy literario” y “muy Woody Allen” todo.
¡Ay! ¡La buena impresión! ¡Todo un arte!
Imaginad: semana de los desfiles. Llegabas, te tomabas una copa de cava, y cuando pensabas, en aquel entorno idílico, “mira qué bien vestid@s van es@s, qué elegantes”, acercabas el oído y escuchabas joyas como: “¿asientos reservados para sponsors? ¿Y eso qué es?”
Angelic@s. Por algo las fotos son mudas y los pies de ídem inventados.
Aunque tú puedes ser alguien estupendo de pies a cabeza –cerebro incluido- , ser un/a dechad@ en saber estar y
tener simplemente un nombre que lo fastidie todo. Como cuando te llamas “Gina” y gritan: “¡va Gina, ven a comer!”.
Lo siento, pero Lollobrigida sólo hay una.
Y hablando de compostura, un ejemplo sui generis de saber estar fue el que mostró el cliente de un taxi la otra noche. Se montó en Barcelona y pidió que lo llevasen a una población a quince kilómetros.
Durante el trayecto taxista y cliente descubrieron que pensaban igual en muchas cosas, rieron francamente… ¡y hasta cantaron! Pero todo cambió cuando en un momento dado el cliente sacó una navaja, y apuntando al conductor le pidió todo el dinero.
El taxista, sorprendido, le pidió que no le hiciera eso, y menos cuando habían pasado tan buen rato juntos. El
atracador comprendió que había sido un error y desistió, no sin antes pedirle que parase en la gasolinera más cercana, donde no sólo robó dinero para él sino también para pagar la carrera.
Desde luego, hay pagos de todo tipo. Si no me creéis, leed.
El otro día un músico bien guapetón tocaba –fenomenal- en la calle. Una amiga (que es tremenda) lo vio, y quedó tan prendada de su arte que se acercó y dejó algo en su sombrero. Pero no era una moneda, no. ¡Era su número de teléfono!
Y esto nos llevaría a hablar del pago en especies (y del picante), pero en este momento la única de la que debería preocuparme es de la pimienta negra, ya que tengo la cena en el fuego. Así que hasta aquí puedo leer escribir.
Creed en vosotr@s mism@s. Cuidad vuestro saber estar y… ¡sed muy felices!
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