El Súperabuelo

Mi abuelo y yo, con el pueblo de fondo

 

Mi abuelo está a punto de cumplir 91 años. Y aún me envía un peculiar vino que él mismo producía: recuperó una receta rusa medieval de un  vino-aguamiel con efecto afrodisíaco que, según él, “funciona, pero no sale rentable”.

Un rincón del sótano donde tenía su carpintería, almacenaba su vino, su aceite...

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Mi abuelo, que nació destinado a ser analfabeto, pero que como es muy tozudo cambió su destino.

Tuvo que trabajar desde muy pequeño, pero se fugaba algunas noches para ir a la escuela una vez que le habían zurcido los únicos pantalones que tenía –mi bisabuela no consentía que los llevara rotos-.

Poco a poco, y de forma casi autodidacta, fue aprendiendo a leer con los años. Y ya nunca dejó de hacerlo.

Porque lo que más le gusta a mi abuelo es el saber. Bueno, eso y las mujeres. Recuerdo una vez que vino a verme al trabajo, y con más de ochenta años piropeó a todas mis compañeras. Encima el tipo, como es tan encantador, las sedujo a todas.

Le encanta pasar horas en este sillón. Atención al detalle de la hidratación.

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Pero volvamos al conocimiento. Nunca se cansa de aprender cosas nuevas, de ir a charlas, de leer… Últimamente le atrae la física y la astronomía. Aunque lo suyo es ahondar en las propiedades de las plantas. “Había pensado en apuntarme a la Universidad, porque nunca he ido, pero no lo tengo claro” me dijo hace un par de años. Y si no fuera porque la vida le dio un revés, seguro que hubiera ido. Él es capaz de todo.

Con cuarenta años, trabajando en la vendimia francesa, quedó maravillado con el progreso de aquel país… y con el hecho de que tanta gente tuviera coche. “¡Si ellos pueden yo también!”

Y se sacó el carné a los cuarenta y pico. No dejó de conducir hasta que era obvio que se había convertido en un peligro público (yo me lo pasaba en grande, pero los últimos tiempos era como el abuelo de Mad Max, porque no había forma de que reconociera que había perdido reflejos).

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Uno de sus muchos inventos: un bastón imantado atrapa tornillos

 

Tengo unos recuerdos imborrables de viajar con él en su 2 caballos, cargado de almendras, de plásticos… de todo lo que se le ocurría (porque siempre ha pensado que hay que reutilizar), y de ir dando tumbos, porque para ello debía quitar todos los asientos. Era un coche de juguete: no te podías apoyar porque lo abollabas.

Luego tuvo un Citroen AX pequeñito, y en el maletero siempre llevaba un tonel convertido en una centrifugadora casera (que recogía la miel del panal mediante unas aspas conectadas a la batería del coche). Lo que no se le ocurriera…

Era un coche rojo, porque era el color favorito de mi abuela, a la que no le gustaba viajar con él pero sí que el coche combinara con su ropa. Mi abuela, que también era tremenda, y que aprendió a firmar cuando yo era adolescente, yendo a clases de adultos al centro cívico por el que mi abuelo luchó. Recuerdo la fiesta que hicimos el día que terminó el curso (mi abuela era diabética pero ese día hubo pastel).

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Aquí estamos representando la polémica por el trasvase del Ebro

 

Mi abuelo, que volvió a rehacer su vida, al reencontrarse, ya viudo, con su primer amor. Y nos demostró a todos que la juventud es una actitud. Más de uno se hubiera escandalizado ante su sincera honestidad cuando hablaba de las relaciones de pareja en la tercera edad. Aún me río cuando recuerdo sus discusiones cargadas de picardía cuando les iba a visitar (preparaban un arroz a cuatro manos espectacular).

“Querríamos irnos de viaje a algún lugar lejano, pero como nos debe de quedar poca vida ya, mejor viajamos por la provincia, que tampoco está mal” “Como mucho, en alta velocidad, que ha de ser muy interesante”.

Y no podías contestar nada. Era irrefutable.

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Charlando en el mismo patio donde tuvo granja de caracoles (lo juro), de conejos...

 

Mi abuelo, que sufrió la guerra, la posguerra… y que no guarda rencor. Pero le sabe mal que se pierdan la educación y la sanidad, después de tanto esfuerzo para que no sólo fueran para los ricos. “Claro que igual necesitamos pasar por esta etapa, el ser humano es así”.

Mi abuelo, que fue un padre muy estricto y un abuelo atípico –para mí el mejor-. Si querías irte con él al campo tenías que cumplir su horario. Si no, se iba y te dejaba en casa. Pero si madrugabas hasta te dejaba llevar el tractor o manejar las herramientas de su taller. “Confío en ti”.

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En una de las primeras casas, al fondo, vivió con su familia.

 

Recuerdo cuando le dio porque los nietos teníamos que saber árabe (él lo aprendió durante los interminables años de servicio militar en Tetuán). Yo debía de tener once años, y por las tardes tenía que repetir con él los números, las palabras más útiles… y aún las recuerdo. ¡Nunca se imaginó lo útiles que me resultarían años después! Era muy divertido porque por aquel entonces casino había  marroquíes en España y sólo podía practicar con los vendedores ambulantes de alfombras que recorrían los pueblos. Tengo la imagen de alguno echando a correr para que mi abuelo no le diera la chapa.

Porque le encanta hablar. Y es un encantador de serpientes. Su historia merece ser contada. Como la de tantos de nuestros abuelos.

Escuchar ya le cuesta más. Y como usa audífono, si no le interesa algo lo desconecta. Sabia opción.

Cada día lee varios periódicos, camina e intenta mejorar sus conocimientos respecto al poder curativo de las plantas. Come bien “chacho, no me pongas más que me lo como” es una frase muy suya. Le fascina Internet. Intercambia libros. Aún flirtea, lo sé yo.

Y está contento porque sus nietos han tenido una educación de la que él careció.

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Esta familia ha ganado el premio a la más feliz de América

 

Ojalá seamos capaces de mantener ese derecho para todos.

Felicidades abuelo. Qué grande eres.

 

¡Sed muy Felices!

:-) Grupo de Hong Kong Blues en FACEBOOK.

 

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