“There’s no doubt that this has been a particularly difficult year, and
I am relieved that this annus horribilis is coming to an end.”
(No hay ninguna duda de que éste ha sido un año particularmente difícil, y a mí me alivia que este annus horribilis esté llegando a su fin)
Un año que, echando la vista atrás, no empezó el uno enero de 2009, sino unos meses antes y quizás por eso, por prematuro, ha venido con tantas complicaciones y ahora se está extendiendo más de sus 365 días, de los 12 meses pautados y reglamentarios; como si fuese un partido de fútbol alargado por l
os minutos de descuento, prórroga e incluso la ronda de penalties pero que sea como sea tiene ya su final escrito con las campanadas de medianoche del 31 de diciembre. Unas campanadas que yo, Cenicienta invertida, deseo que lleguen para que con ellas, en lugar de desaparecer el hechizo que convirtió la calabaza en carroza, los ratones en caballo, el caballo en chófer, el perro en lacayo y los harapos en gran vestido de noche lo que desaparezca sea el maleficio, el mal de ojo, la mala suerte y mala fortuna que una vez alguien (ya no sé si tomándome por Blancanieves -y por tanto siendo reina que se disfraza de viejecita desvalida- o Bella Durmiente -llamándose Bruja Maléfica entonces- en lugar de apuesto príncipe como el Màxim Huerta de la foto) decidió echarme encima y yo decidí aceptarlo como Alicia tentada por el pastel o el brebaje en el País de las Maravillas, creciendo o menguando a su antojo y voluntad.
Y es que si este año hubiese sido distinto, simplemente como los anteriores, un año de 12 meses, de 365 días o, a lo sumo, un año de 366 ahora yo no os estaría escribiendo a vosotros sino a S.S.M.M. los Reyes Magos
de Oriente, a mi Melchor, diciéndole aquello tantas veces escrito y pensado de “Queridos Reyes Magos, como este año he sido muy bueno…” y confesándole que, junto a mi brillante zapato, me encantaría descubrir la mañana del 6 de enero unas Hunter Balmoral, unas Desert Boots, una pajarita, una casaca, un sofá, un libro, dos libros, tres libros, unas gafas, una escapada a PAris, una silla o cuatro sillas, un camafeo, un fin de semana en Sevilla, un calendario AR, una vida en Australia, un bolso y cómo no, champagne, champagne como una loca… pero sobre todo, me encantaría encontrar en mi zapato o a su lado el tiempo perdido, malgastado y desperdiciado, ese que me fue robado o que yo mismo me dejé robar. Volver a ese tiempo, esa época que reconozco como propia (donde no había reina disfrazada de viejecita o Bruja Maléfica ni yo conocía a quien las encarnaba) y no ésta que por mucho que sea mía no deja de ser ajena. Pero en este año raro, en este año horrible, yo no he sido bueno y por eso no voy a escribir carta alguna, porque he sido malo y sea como sea (y así será) al lado de mi brillante zapato lo único que habrá será el carbón que corresponde a aquellos niños que no han sido buenos.
año, además de raro, de horrible y desgraciado, ha sido un año de mensajes sin respuesta. Empezamos abandonando el correo tradicional por el e-mail, las llamadas por los sms, los sms por las llamadas perdidas, el e-mail personal por el envío de presentaciones en cadena con las que parece que queríamos decir “estoy aquí y aquí estás aunque estemos todos muy ocupados para decir un simple hola” y, al final, todo ello por Facebook, twitter y más redes en las que enredarnos siendo lo único cierto que la mayor parte de las veces los mensajes quedan sin respuesta sea cual sea el método de comunicación que hayamos elegido. Hemos dejado de comunicarnos para convertirnos en emisores que muy pocas veces reciben nada o que, recibido lo poco que llega, casi nunca decidimos dar respuesta.Yo, por mi parte, me confieso torpe en las relaciones, muy torpe, desfasado y hasta de otro tiempo y quizás por eso, en mí esa máxima del silencio no aplica. Así, ya sea en relaciones amorosas, profesionales, interesantes, interesadas, amistades o meros conocimientos yo no mido tiempos, no calculo las palabras y lo mismo que no espero el tiempo que se supone de rigor para enviar un sms tampoco l
o hago para contestarlo, escribir un correo o hacer una llamada y no lo hago porque no sé jugar a ese juego. Si me apetece escribir, escribo, si me apetece responder lo hago al segundo, no tardo ni un minuto y lo hago porque no sé hacerlo de otra forma además de por qué sé de lo que se sufre cuando la respuesta recibida es lejana en el tiempo, cuando no hay respuesta.
Lo he dicho, soy torpe en las relaciones y así me va: Annus Horribilis, pero aunque haya sido malo, aunque desee que lleguen las campanadas para acabar con el maleficio, aunque no tenga ningún regalo en mi zapato la mañana de Reyes y sobre todo, aunque no sea ni pretenda ser ejemplo de nada, tengo que decir NO a los mensajes sin respuesta porque la no respuesta sólo es y sólo la merece la reina disfrazada de viejecita, la Bruja Maléfica, el brebaje que me hizo menguar… lo mismo que para todo ello es mi amnesia conseguida a golpe de campana y es que, como decían las Hurtado: ¡campana y se acabó!.
(Eso sí, si todavía no tienes plan para después de las campanadas y eres un poco o un mucho desalmado te recomiendo la Noche vieja en el Café La Palma junto a sus protagonistas)

no de los 4 posibles C.O.U. que por aquel entonces teníamos (o alguna de sus múltiples combinaciones). Recuerdo el tipo de letra, la lista ordenada alfabéticamente y en bloques (Opción A, B, C, D, AB, CD…) y aquél Ingeniero Técnico en Tejidos de Punto… me fascinó aquella denominación, aquella carrera y quizás por eso jamás he olvidado esa hoja.
casi como una advertencia: “es un tío con un coco muy interesante, domina el plano técnico de las nuevas tecnologías aplicadas al textil (cosas alucinantes, como fibra óptica que convierte los tejidos en luminiscentes, telas termocrómicas que hacen que la ropa cambie de color debido a los cambios en la temperatura…) y fruto de esto y de su interés por la moda, vino el diseño”. Eso me dijeron y ahí surgió la curiosidad; la curiosidad por alguien tan técnico y a la vez creativo, tan clásico en sus puntos de partida como revolucionario en sus resultados finales.
pisó la pasarela sabia que cuando escribiese sobre 
Grelinno, de la Town de toda la vida pero con alma de Capi, Capi, Capital del Reino. Fascinado por los musicales hasta el punto de que intento que mi vida sea un poco eso, un musical, una sucesión de acontecimientos que pueda recordar a golpe de canciones y en los que pueda introducirlas como algo natural. Enamorado de Audrey Hepburn y de A, mi A, vuestra ya A.
Por eso esta lluvia en Sevilla no es solamente un guiño a Audrey y los musicales, es un mosaico, un puzzle en el que se van encajando pistas de la banda sonora de mi vida, con recuerdos, moda, decoración, comida, amigos, vivencias y palabras que, al final, unidas y enlazadas, terminan formando ese “La Lluvia en Sevilla es una Maravilla”… frase realmente estúpida que todo el mundo conoce y lleva en su subconsciente... pero que, en definitiva, resume una gran parte de mí.
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