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septiembre 08

El cielo del Palace

Siempre he querido ir al Palace. Hay quien siempre ha sabido que quería jugar al fútbol o que simplemente disfrutaba de pegar patadas e ir detrás de lpalaceinicio.jpga pelota en busca del tan ansiado gol y yo, sin embargo, siempre he sabido que quería ir al Palace .

Supongo que no es muy normal que un niño quiera ir al Palace lo mismo que otros ansían ir al Bernabeu o incluso sueñan con algún día pisar ese campo como jugadores… pero yo era y soy así, alguien no normal o, si se prefiere, anormal, que siempre quiso ir al Palace y más desde que me dejé caer en las garras (de astracán) de Miranda Boronat y sus ochenta mejores amigas que, por boca y pluma de Terenci, tantas meriendas me hicieron pasar allí, entre pastas,  tés y abrigos de visón que, aún en pleno agosto, vestían y abrigaban la estancia a la par que a esas mujercísimas, chulas y famosas.

Siempre he querido ir al Palace pero supongo que,tepalace.jpg por circunstancias de la vida, nunca había encontrado quién me acompañase en la aventura y bajo excusas de despilfarro, frivolidad, superficialidad e incluso ese mismo mes de agosto (tan propicio para el visón Miranda y, sin embargo, tan contrario a mí) siempre se me había dejado sin ir allí y sin poder tomarme ese ansiado té con pastas lo mismito que a quien se le castiga sin jugar la partida de fútbol del recreo o quien se pierde la visita escolar al Bernabeu.

 

Era como si en mi vida la visita al Palace dependiese de la alineación de los distintos planetas quepalacemedio.jpg, en conjunción con las lunas de Saturno, debían ponerse de acuerdo para permitirme la entrada y que, sin embargo y para mi desgracia, en mi caso parecían vivir en constante desencuentro. Y siempre había sido así hasta este pasado viernes en que no sé si la alineación o la conjunción de mi salida hacia Australia, un regreso de Nueva York, el paso de casi cuatro años, las ganas de conocerse, la juventud, Schweppes y el glamour, sobre todo el glamour, se alinearon, conjuntaron y llegaron al acuerdo al que esos mismos planetas y lunas siempre se habían negado e hicieron que por fin yo pudiese ir al Palace.

 

Y lo mismo que las apariencias engañan el Palace también engaña, y lo que siempre había parecido inaccesible, prohibitivo y hasta extravagante a los ojos del común de los mortales o del burguesito medio y de a pie, gracias a un “Espítitu joven, Espíritu Palace” el viernes pudo transformarse en en to02 restaurante rotonda 1.jpgda una realidad a compartir con Dave.

 

Tendencia urban chic en nuestros estilismos (porque, ya se sabe, “el Palace es el Palace y el glamour es el glamour pero ni tú ni yo, por el momento, vamos a ir a entrega de Oscar alguna” y “eso siempre, chic pero sin alfombra roja”), entrada con un buenas noches y paso firme en el edificio y de repente, ¡zas!, vernos bajo esa cúpula art decó y flanqueados a ambos lados por coches de época que, como bien decía Dave, le hacían a uno recordar el hundimiento del Titanic e incluso, -añado yo- desear ser tú y no Kate Winslet o Leonardo DiCaprio el que generase y pusiese el vaho a sus cristales. Atravesar la estancia y empezar a girar por esa Rotonda como quien deambula por la girola de cualquier catedral (y es que el Palace quizás no deja de ser eso, un templo al buen gusto, a lo clásico y al glamour bien entendido pero un templo al fin y al cabo) y al final llegar a la entrada en la que la sonrisa de la maître nos acogió como supongo e imagino que San Pedro debe a coger a uno antes de entrar por las puertas del cielo.

Atención exquisita pero en todo momento cercana, amable y cómoda sin que en un momento la familiaridad o el cocupula.jpgnfort le restasen exclusividad a lo vivido y desde allí comenzar el desfile de un menú exquisito en el que a la parrillada de verduras le siguió toda una señora pularda arropada en pasta brie, unos langostinos con mango y arroz basmati y finalmente una delicia de chocolate con cítricos y una sopa de chocolate blanco con frutos rojos mientras aderezábamos todo eso con el espíritu Scheweppes que, en bajo ese cielo y en ese templo que en realidad es el Palace, parecía haberse convertido en el mejor de los vinos o champagnes que pudiésemos haber tomado.

Por eso, vivido lo vivido, comido lo comido y becielopalacefinal.jpgbido lo bebido, si hay algo que tengo claro es que merece la pena morirse joven (no más tarde de los 35) simplemente para así poder descubrir por uno mismo -como lo pude descubrir yo- que una vez muerto San Pedro en realidad se llama Patricia y que las verdaderas llaves del cielo no son más que la mejor de las sonrisas que te abren de par en par las puertas de ese mismo cielo, un cielo llamado Palace, permitiendo así que tu espíritu sea en realidad y para siempre un “Espíritu joven, Espíritu Palace.

Plus, Plis, Plas… ¡mañana más! (“Epíritu joven, Espíritu Palace” es una oferta exclusiva para menores de 35 en el restaurante La Rotonda: entrante, plato principal, postre y refresco Schweppes Spirit 35€+iva hasta 30 de diciembre 2008 excepto 24/12 y 25/12).


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