El lunes por la mañana me levanté con mucha ilusión a las 6:45 porque a pesar de que me esperaban por delante tres horas de avión, prefiero viajar por la mañana del lunes que la noche anterior ya que así aprovecho completamente el domingo, día al que le tengo mucho aprecio porque en principio me pertenece a mí y sólo a mí.
Me ducho contenta pensando en lo a gusto que estuve el domingo por la tarde.
Tras embarcar veinte minutos tarde, una vez estábamos todos los pasajeros bien colocados, nos comentó el comandante que en Milán había niebla y nevaba y que no nos daban pista para aterrizar hasta no sé qué hora que él consideraba inadmisible – si él hubiera sabido entonces… – y que iba a negociar para conseguir permiso para antes. Así que nos tuvo ahí esperando una media hora que yo dormí cada segundo hasta que el ding.dong.ding de los altavoces avisando de que alguien nos volvía a hablar me despertó. El capitán nos informó de que como no había logrado mejorar la hora primera que nos habían dado, que mejor que nos bajáramos del avión una horita, para volver a embarcar sesenta minutos más tarde con el objetivo de despegar a las 12:00.
Ya empiezo a estar mosqueada.
Después de un paseo por la terminal que no terminó en compra compulsiva para no tener que intentar hacer comprender a Myman de que para una mujer a veces es tan necesario ir de compras para entretenerse como para un hombre es necesario desfogarse yendo al fútbol.
Dado que la pantalla de información de salidas de la T-4 no tiene ninguna intención de confirmarnos la nueva hora de embarque ya que insiste en que estamos en “última llamada” y que el vuelo sale en hora cuando es obvio que no ha salido, me acerco a un mostrador de información en el que un amable señor (menos mal que a veces te encuentras en esta situación a gente amable que si no, ya es como para tirarse delante de un avión) teclea en el ordenador y al no conseguir nada con el famoso botón refresh que tan útil es en Internet, hace un par de llamadas para acabar contándonos lo peor: vuelo cancelado. ¿Cómo puede ser? El tiempo en Milán, ya saben ustedes, la niebla, vayan a un mostrador de Iberia… Después de recorrernos media terminal, logramos encontrar el famoso mostrador que está medio oculto entre los módulos blancos impolutos de la T-4. Es muy absurdo. Si quisieras poner un mostrador de información en la selva, ¿no sería mejor pintarlo de blanco en vez de color camuflaje? Pues en la impoluta y blanca T-4 el mostrador de Iberia tendría que ser de cualquier color menos blanco, desde luego.
En el mostrador invisible nos dicen dos señoritas también muy amables – insisto, menos mal que eran amables que si no, me tiro por un finger sin avión al otro lado – que no hay plazas en el vuelo siguiente que es el de las doce y pico, que lo que tenemos que hacer es ir a recoger el equipaje, ir otra vez a chequear e intentar que nos pongan en el vuelo siguiente al siguiente, es decir, el de las 16:00. ¿Cómo puede ser? Pero si yo tengo que trabajar, señorita-guapa, mire esta tarjeta de Iberia Plus y a ver si hay algo que pueda hacer por nosotras. Amablemente y con una sonrisa, NO.
Empiezo a tener calor. La cinta de equipajes está en la otra punta de la T-4, terminal “gusano” por excelencia, más larga que un día sin pan.
Anduvimos y anduvimos sin fin.
Y finalmente llegamos.
En las televisiones informantes de las cintas de equipajes no dicen nada sobre vuelos cancelados, sólo sobre vuelos que han llegado.
Otro mostrador invisible de Iberia.
Otra señorita simpática – ¿cómo puede ser? No sé si es nuestro día de mala suerte o de mucha suerte – nos dicen que no, que los pasajeros de las nueve de la mañana hemos sido transferidos al vuelo de las doce y pico junto con nuestras maletas y que vayamos a chequear arriba. ¿Seguro? Seguro. ¿Pero llegarán las maletas a Milán? Sí claro, han sido transferidas.
Estoy desconcertada porque la información es incoherente pero contenta porque por lo menos salimos en el de las doce y pico aunque ya nos avisan de que ha sido retrasado hasta las 13:00.
Salimos por la puerta de “llegadas”, subimos por la interminable cinta – definitivamente, la T-4 es más larga que un día sin pan – y llegamos a “salidas”. Tenía que estar yo ya aterrizando en Milán y otra vez estaba en el mismo punto de partida.
¿Cómo puede ser posible?
Tras esperar una interminable cola en la interminable T-4, otra señorita muy simpática (juro que no es broma) nos dice que no hay tal transferencia de pasajeros, que el vuelo de las doce y pico va lleno. ¿Es eso posible? Si nos acaban de decir lo contrario. Eso es posible. Dice que puede intentar hacer una colocación en la lista de espera. ¿Lista de espera? ¿Y las maletas? Las maletas también se ponen en lista de espera. ¿Es esto posible? ¿Siguen las maletas el mismo destino que sus dueños aún cuando estén tan lejos unas de otros? Sí. Debe ser que existe una conexión astral entre nosotras.
Suspiro, inspiro y expiro mientras la señorita comprueba que no es capaz de meternos en la lista, hace un par de llamadas y finalmente no nos mete en la lista de espera sino que logra darnos una tarjeta de embarque de pleno derecho pero sin asiento definido ni asignado.
Va a haber tortas, pienso yo.
Otra vez control de seguridad.
Esta vez me quito las botas directamente, no espero a que me lo pida el policía.
Otra vuelta por el aeropuerto hasta que las pantallas informantes dan la puerta de embarque de nuestro nuevo vuelo que ahora está retrasado hasta las 14:10.
¿Llegaré a Milán algún día?
Por cierto, que las pantallas informantes siguen erre que erre con que el vuelo de las 9:00 a Milán está en “última llamada”. Me pregunto si habrá alguien mirando la pantalla y esperando noticias sin pasársele por la cabeza que tal vez podría buscar un mostrador invisible en el que informarse.
En la puerta decido que como no hay asiento asignado y no me fío ya nada de Iberia, casi mejor que me pongo ya en la cola. Soy la cuarta. A los veinte minutos, la cola ya es casi tan infinita como lo es la T-4.
Al otro lado del mostrador de la puerta de embarque hay un señor igualito que Aznar. Estoy estupefacta. Podría ser su doble. El mismo pelo, el mismo bigote. ¿No serán gemelos?
A las tres y pico de la tarde (haced cuentas, estuve casi dos horas de pie) logramos embarcar. Me siento, esperando que esta vez logremos despegar. El gemelo de Aznar se sienta a mi lado. No es español. Habla en italiano con su colega. Me entran unas ganas enormes de preguntarle por su parecido, si le confunden mucho, si su vida ha cambiado desde que Aznar llegó a Presidente de Gobierno de España y si ahora que ya no lo es, le miran con otros ojos. Me contengo porque si hago cualquiera de esas preguntas, fijo que se piensa que estoy intentando ligar con él.
Me vuelvo a dormir.
Despegamos a las cuatro y pico.
Me vuelvo a dormir.
Me leo el periódico que me dieron en el primer avión de cabo a rabo.
Aterrizamos en Milán.
El avión va andando por la pista Milanesa rodeada de nieve hasta que se para y nos informa vía altavoz de que hay un enorme charco enfrente nuestro y que los responsables del aeropuerto no nos dejan pasar. Parece ser que los responsables están decidiendo qué solución tomar.
El avión entero se ríe, incluido el gemelo de Aznar.
Finalmente nos remolcan hasta el finger, bajamos, vamos a buscar las maletas.
Van llegando maletas.
Dejan de salir maletas.
Quedamos unos treinta pasajeros mirando fijamente la salida de las maletas, esperando y desando que la “transferencia” haya sido efectiva.
No, no hay más maletas.
Ahora la reclamación en otro mostrador con otra encantadora señorita (mmm, empiezo a desconfiar de la humanidad). Aznar’s twin está detrás de mí.
Nos aseguran que la maleta llegará al hotel al día siguiente.
Parada en la farmacia para comprar los productos de primera necesidad: para mí son un kit dental, un desodorante y la píldora (afortunadamente, en el duty-free me compré mi crema de cara).
Cogemos el tren que me lleva a Milán centro.
En Milán centro diluvia, hay una parada de taxis sin taxis y llena de gente.
¿Lloro?
Mejor no.
Buscamos un restaurante cercano, cenamos y les pedimos que llamen a un taxi, viene el taxi y llegamos al hotel a las 22:00.
El viaje más largo de mi vida. Más largo que cuando me fui a Cartagena de Indias desde Madrid vía Bogotá.
Y esta es la entrada más larga de este blog.
Sigo sin maleta, veintinueve horas después de haber aterrizado.
He tenido que cepillarme el pelo con un cepillo de dientes. ¿¿¿¿????
Sí, el hotel no tenía peine pero sí cepillos de dientes para dar y tomar.