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septiembre, 2011


27
septiembre 11

Mi moto y yo

Hay veces que una no tiene escapatoria. Tras meses de persecución por parte de Myman armado con mil razones que hacían de la moto el transporte más cómodo para ir por Madrid a trabajar, me dejé llevar, en plan “go with the flow” y decidí lanzarme con la moto. La primera clase fue graciosa.

“Mira aquí se cambian las marchas, para el fondo la primera y hacia ti las demás. El embrague aquí.”

A mí sólo me salían “Aha”s por respuesta.

“Y aquí el freno, en el pie tienes el otro”

“¿Qué tengo un freno en la mano y otro en el pie?”

“Sí”

“¿Y por qué? ¿No sería más sencillo tenerlos en el mismo sitio? ¿O por lo menos más cerquita?”

“mmmm, no”

“Esto es muy complicado”

“Aquí los intermitentes. Y para arrancar aquí. Vale, ahora te toca”

Me subí en la moto y mientras volvía a escuchar en un segundo plano auditivo todas las explicaciones de nuevo, intenté hacerme a la idea y arrancar pero… la presión pudo conmigo. Demasiadas cosas. ¿Qué es eso de tener un freno arriba y otro abajo? ¿Y qué podía pasar si se me olvidaba la existencia de uno? Leyendas urbanas sobre ruedas que patinan resonaban en mi memoria. ¿Y el embrague? ¿Cómo que el embrague es como el freno de arriba pero en el otro lado? No me pareció nada coherente la actitud de los diseñadores de Vespas. Y demasiadas cosas que pensar a la vez, dos frenos, un embrague, marchas para un lado y para el otro… Puff, no pude intentarlo. Fui gallina y me bajé de la moto. Había vivido toda mi vida sin moto, tampoco era para tanto.

Pero MyMan es persuasivo. Y como sabía que insistir sin más no iba a solucionar nada, se le ocurrió apuntarme a clases de moto.

Sí, clases de moto.

Me persiguió telefónicamente hasta que le envié escaneado mi dni y mi carnet de conducir.

Y llegó el día de la clase.

Un calorazo horrible, unos pirados tocando el bongo debajo de un puente de la M30 y un aparcamiento gigante con camiones y autobuses aparcados por ahí.

Me tuve que poner una cazadora que no tenía pinta de estar muy limpia. Decidí no hacerle ningún comentario sobre este punto al profesor, no quería empezar con mal pie.

Y ahí en el secarral ese me dio una moto que en los días de mi vida me habría subido por voluntad propia – ya se sabe que cuando uno se apunta a una clase “oficial” de pago te quedas sin voluntad y no te queda otra que hacerle caso al profe – y cuando me dijo “arranca” no me quedó otra que arrancar.

Creo que en 45 minutos no superé los 10 km/hora, no exagero.

Qué cague.

Esas curvas. El profe me decía “ésta a la izquierda” y yo no me atrevía.

Y me gritaba “¡aceleraaaaaaa que así no puedes ir por Madrid!”.

Y yo acogotada.

Menos mal que acabó, qué minutos más eternos.

Y como MyMan no se iba a quedar tranquilo hasta que yo fuera y volviera de mi curro por lo menos una vez en mi vida, me llevó por ahí con la Vespa a una calle abandonada y ya, perdido el respeto inicial, me lancé y conseguí circular incluso por una rotonda casi desierta así sin más. Y frené con los dos frenos y todo, en plan listilla.

Y ya me crecí y le dije “¿Te llevo a casa?”

“Sí” me dijo.

En ese momento me di cuenta de una gran verdad, un hombre tiene la cabeza siempre en su sitio excepto en dos temas. Uno son las mujeres. Y el otro son, obviamente, las motos.

En la foto, el último regalo que me ha hecho MyMan.


12
septiembre 11

Mi superamiga

http://youtu.be/LFWxPnLSjDA>

En estos momentos me encuentro medio en duelo. Una de mis amigas del alma, Elena, se las ha pirado a Londres. Se ha ido buscando no ya un futuro mejor, sino un presente mejor. Un presente que ofrezca algo más que paro, vivienda todavía prohibitiva y precios excesivos incluso en los tomates y lechugas.

Y yo, que la he animado sin descanso, ahora estoy descompuesta.

Me falta un pedacito de mí. Un trocito de mi corazón se encuentra a oscuras, vacío, y no sé cómo rellenar ese hueco que parece pequeño pero se me hace tan grande que le falta hasta aire. Sí, tengo más súperamigas también geniales pero ¿qué hago yo con esas conversaciones que siempre tenía con ella sobre la vida y nuestra transcendencia, sobre la importancia de la honestidad?, ¿transplantarlas directamente a otra persona así sin más, como si aquí no pasara nada, sin previo aviso y sin anestesia, esperando comprensión total?

Me niego. No me gustan las altas traiciones.

Mientras supero el duelo intento consolarme con Skype, que sí, que mola mazo, que es gratis y es la bomba pero que no es lo mismo. No sé si es sólo problema mío o qué pero a mí ese invento no me invita a ir más allá de lo básico. “¿Qué tal estás?”, “Qué tal la comida?”, “¿Qué tal el pub?”.  ¿Hay algún método de superación de barrera virtual skypeística? ¿Esta imposibilidad de interiorizar Skype y hacerlo mío se curará con el tiempo o estoy condenada a este agujerito negro dentro de mí hasta nuestra próxima re-unión?

Además, no ayuda nada de nada a la naturalidad el ver tu vídeo horroroso en la esquinita de abajo a la derecha. Dios, si he empezado a pintarme los morros y peinarme un poquito antes de llamarla para no deprimirme. ¿Cómo hacen los novios y parejas que están condenados a las relaciones a distancia? ¿Se maquillarán también antes de los vis-a-vis? ¿Ellos también se retocarán para que no se les vean las ojeras?

MyMan no entiende nada y cuando, intentando mitigar el dolor, le cuento pensamientos inconexos del tipo que Elena habría conectado, me mira como si yo fuera una marciana y flipa. Y entonces tengo que explicarle por qué le digo esto, por qué lo otro, por qué lo de más allá y sobre todo, por qué es tan importante hablar sobre decisiones que a él le resbalan, y aún más, que le parecen insignificantes.  Empiezo a darme cuenta de que él la va a echar más de menos que yo….


2
septiembre 11

Cielos de verano

Esos cielos de verano que lo prometen todo, que lo ofrecen todo, de esos que surcaríamos felices si tuviéramos alas. Esos cielos que son limpios, que no albergan confusión, que no te atormentan. Esos cielos que encierran pura tranquilidad, que no pueden disturbarte de puro cristalinos que son. Esos cielos que no auguran nada, que son paz en sí mismos, que son constantemente azules hasta el infinito. Esos cielos que no tienen apenas nubes, que son lisos y parecen incluso pulidos. Esos cielos tan honestos que no esconden nada, que no esconden sorpresas porque ves el azul que llega más allá de tu vista. Ese azul tan azul, tan intensamente azul que te dan ganas de fundirte con él y volverte totalmente azul. Esos cielos que luego se cuelan en tus sueños más puros para ofrecerte seguridad e inmensidad. Esos cielos que aunque no tengan matices, hipnotizan. Esos cielos que son pura energía. Esos cielos llenos de luz. Esos cielos inundados de sol. Esos cielos tan estáticos que parece que nunca dejarán paso a otros.

Esos cielos que en breve dejaremos de ver y de los que tendremos que despedirnos durante casi un año.

Adiós cielos de verano, ya os echamos de menos.


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