Hay veces que una no tiene escapatoria. Tras meses de persecución por parte de Myman armado con mil razones que hacían de la moto el transporte más cómodo para ir por Madrid a trabajar, me dejé llevar, en plan “go with the flow” y decidí lanzarme con la moto. La primera clase fue graciosa.
“Mira aquí se cambian las marchas, para el fondo la primera y hacia ti las demás. El embrague aquí.”
A mí sólo me salían “Aha”s por respuesta.
“Y aquí el freno, en el pie tienes el otro”
“¿Qué tengo un freno en la mano y otro en el pie?”
“Sí”
“¿Y por qué? ¿No sería más sencillo tenerlos en el mismo sitio? ¿O por lo menos más cerquita?”
“mmmm, no”
“Esto es muy complicado”
“Aquí los intermitentes. Y para arrancar aquí. Vale, ahora te toca”
Me subí en la moto y mientras volvía a escuchar en un segundo plano auditivo todas las explicaciones de nuevo, intenté hacerme a la idea y arrancar pero… la presión pudo conmigo. Demasiadas cosas. ¿Qué es eso de tener un freno arriba y otro abajo? ¿Y qué podía pasar si se me olvidaba la existencia de uno? Leyendas urbanas sobre ruedas que patinan resonaban en mi memoria. ¿Y el embrague? ¿Cómo que el embrague es como el freno de arriba pero en el otro lado? No me pareció nada coherente la actitud de los diseñadores de Vespas. Y demasiadas cosas que pensar a la vez, dos frenos, un embrague, marchas para un lado y para el otro… Puff, no pude intentarlo. Fui gallina y me bajé de la moto. Había vivido toda mi vida sin moto, tampoco era para tanto.
Pero MyMan es persuasivo. Y como sabía que insistir sin más no iba a solucionar nada, se le ocurrió apuntarme a clases de moto.
Sí, clases de moto.
Me persiguió telefónicamente hasta que le envié escaneado mi dni y mi carnet de conducir.
Y llegó el día de la clase.
Un calorazo horrible, unos pirados tocando el bongo debajo de un puente de la M30 y un aparcamiento gigante con camiones y autobuses aparcados por ahí.
Me tuve que poner una cazadora que no tenía pinta de estar muy limpia. Decidí no hacerle ningún comentario sobre este punto al profesor, no quería empezar con mal pie.
Y ahí en el secarral ese me dio una moto que en los días de mi vida me habría subido por voluntad propia – ya se sabe que cuando uno se apunta a una clase “oficial” de pago te quedas sin voluntad y no te queda otra que hacerle caso al profe – y cuando me dijo “arranca” no me quedó otra que arrancar.
Creo que en 45 minutos no superé los 10 km/hora, no exagero.
Qué cague.
Esas curvas. El profe me decía “ésta a la izquierda” y yo no me atrevía.
Y me gritaba “¡aceleraaaaaaa que así no puedes ir por Madrid!”.
Y yo acogotada.
Menos mal que acabó, qué minutos más eternos.
Y como MyMan no se iba a quedar tranquilo hasta que yo fuera y volviera de mi curro por lo menos una vez en mi vida, me llevó por ahí con la Vespa a una calle abandonada y ya, perdido el respeto inicial, me lancé y conseguí circular incluso por una rotonda casi desierta así sin más. Y frené con los dos frenos y todo, en plan listilla.
Y ya me crecí y le dije “¿Te llevo a casa?”
“Sí” me dijo.
En ese momento me di cuenta de una gran verdad, un hombre tiene la cabeza siempre en su sitio excepto en dos temas. Uno son las mujeres. Y el otro son, obviamente, las motos.
En la foto, el último regalo que me ha hecho MyMan.
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Enhorabuena!!!!!!!!!!!!!!. Yo todavía no he superado mi fobia a conducir una moto. ¿Para qué? Mis parejas siempre han sido grandes motoristas… y yo una mejor conductora.. de coches, claro.. No quiero que mi intachable fama se vaya al garete por un par de ruedas …
Besos 
¡Adelante! Seguro que te aporta grandes momentos y ventajas, además de acercarte a TuMan. ¡Besos!
Quiero comprarme una moto de mujer, tipo motorina. dime que hacer