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diciembre, 2009


27
diciembre 09

Como una princesa


fred y ginger.jpgEsos momentos en que me sabía sola en la casa (al menos en la parte principal de la casa) eran los más excitantes del día. Corría a mi habitación, me ponía uno de aquellos viejos pero distinguidos vestidos del armario de la misteriosa señora McCallister y me sentía como Ginger Rogers esperando a su Fred.

Morty llegaba en el Bentley, tocando siempre el timbre tres veces, como un barco que arriba a puerto. A veces le acompañaba Boy, que siempre desaparecía por alguna puerta trasera. Yo corría a
NP0030large2.jpgrecibirle y él me alzaba entre sus brazos como podía, pues era más bajito que yo, y me besaba muchas veces en la cara y en la comisura del ojo, como un papá cariñoso. A mí le encantaba su aroma, mezcla de colonia de limón y del tabaco de pipa que fumaba, aunque también olía un poquito como a armario apolillado.

Entonces me montaba en el Bentley y Morty conducía, Sunset Boulevard hacia abajo, en dirección al mar. Los carteles luminosos, la silueta de las palmeras y las mansiones se sucedían ante mis ojos, entrelazados con las melodías de Cole Porter y la cálida brisa del atardecer. Dentro de aquel coche me sentía tan segura y feliz como una princesa.

Una noche, Morty condujo y condujo hasta que llegamos a La Jolla. Suspiré de admiración al encontrarme en un cenador al borde de la playa. Había una única mesa dispuesta para dos, con un mantel azul y el suelo sembrado de velitas, caracolas y estrellas de mar. Era el sitio más encantador que había visto nunca. Y eso que, a aquellas alturas, ya había visto muchas cosas bellas. Daba hasta miedo la rapidez con la que una se acostumbraba al lujo y a ser servida, pensaba cuando me sentaba en mi tocador para peinarme después del baño matinal.

Realmente, no comprendía cómo la vida antes de todo aquello había podido parecerme confortable.


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22
diciembre 09

Ampliando horizontes


uuu06ff.jpgPero lo mejor era cuando llegaban las cinco de la tarde. Ada cerraba su despacho con llave y desaparecía trotando rumbo a las colinas, o corría a ducharse al otro extremo de la casa, a donde yo me había acercado un par de veces (con poco interés en explorar a fondo).

Boy también se esfumaba (yo no sabía adónde iba y había decidido que prefería vivir en la ignorancia) y Juanita se quitaba las zapatillas, se ponía unos zapatos igualmente viejos y silenciosos y se marchaba a la parada del autobús.

Una vez, incapaz de reprimir la curiosidad, la seguí. Me quedé asombrada al ver cómo de repente todo el barrio se llenaba de personas bajitas y morenas muy parecidas a Juanita,
bus la.jpgtodas esperando a sus autobuses. Algunas se sentaban en silencio, alicaídas, y otras charlaban como niños en la parada del bus escolar.

Fue como si por un momento las calles cobraran verdadera vida. Por allí nunca se veían personas paseando por la acera ni charlando de un jardín a otro, sólo una sucesión de coches a cual más imponente y gente que corría a solas con la misma convicción que Ada Lewis.

Pero tuve que confesarme a mí misma que prefería Beverly Hills tal y como lucía media hora después, cuando todos los sirvientes, cocineros y jardineros hubieron desaparecido rumbo a sus humildes moradas, y las mansiones volvían a resplandecer sin figuras humanas alrededor.


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21
diciembre 09

La buena vida


divan.jpgLas siguientes semanas transcurrieron como un sueño sin fin, una sucesión de atenciones por parte de Morty que superaban todos los enredos que mi cabecita adolescente había plasmado en los collages con que decoraba mi habitación.

Día tras día, descansaba hasta que mi cuerpo se desperezaba harto y satisfecho, desayunaba suculentos dulces y frutas tropicales en la cama
cupcake.jpg(había pedido a Juanita que me dejara la bandeja en la puerta, para no tener que ver su antipática cara nada más despertar) y me daba largos baños en la piscina. El sueño, la fruta y el sol estaban puliendo mi piel de tal modo que ahora brillaba como si fuera un diamante.

Las tardes las pasaba suspirando de placer bajo las manos ágiles como pulpos de un masajista tailandés que Morty hacía llamar sólo para mí. Después me pintaba las uñas y me maquillaba en mi dormitorio, me recostaba a mis anchas en la sala de cine o leía viejos guiones que encontraba en la biblioteca. Los cogía con guantes, porque se trataba de joyas llenas de anotaciones a mano que, seguro, provenían de genios como Lubitsch o Wilder.

A veces me acercaba al despacho de Ada Lewis y charlaba con ella, pues Morty trabajaba mucho y yo me sentía un poco sola. Pero desistía enseguida porque mis nervios se alteraban con el continuo
piscina.jpgir y venir de aquellas piernas musculosas que siempre parecían caminar un poco por delante del resto de su cuerpo, como deseando marcharse a correr por las colinas. Me asombraba de que fuera capaz de hacerlo día tras día. “Dios nos regaló el cuerpo para mantenerlo activo, querida. ¡Es lo natural!”, decía Ada con su gigantesca sonrisa y una sombra de reproche en la mirada (o eso me parecía a mí).

Algunas veces me cruzaba con Boy por las escaleras o coincidíamos en el despacho de Ada. Al verme se quedaba callado y me miraba con gesto hosco, dejándome claro que mi presencia había interrumpido una conversación apasionante. Hacía que me sintiera como una niña que molesta y tuviera ganas de llorar.

Tampoco había logrado acostumbrarme a la sombra de Juanita, que nunca sabía por qué rincón de la casa podía aparecer, siempre dentro de aquellas zapatillas raídas con las que arrastraba los pies sin dejar huella. leyendo.jpg



16
diciembre 09

My fair gentleman


My Fair Lady.jpgUn alegre pitido me hizo saber que mi presencia había sido detectada.

Boy descendió del asiento del piloto con un portazo malhumorado y desapareció por una puerta que yo no había visto antes. ¡Aquella casa parecía un laberinto! Del otro asiento emergió un sonriente Mortimer sosteniendo un gran ramo de blanquísimas azucenas. Caminando decidido hacia mí, me saludó agitando su manita. Una sonrisa se dibujó entre sus mofletes sonrosados.

Su aspecto era tan poco amenazador que no pude echar a correr. Al igual que el día anterior, la sola vmy-fair-lady-sp.jpgisión de aquella estampa hizo que aflorara mi sonrisa. ¿Cómo había podido pensar que se trataba de un terrorista? Mi dulce Morty. Mi Pigmalión. Mi Mr. Higgins.

-¡Oh, pequeña, lo siento! Ha sido una enorme descortesía dejarte sola el primer día, pero he tenido una jornada agotadora. Ni siquiera encontré un momento para telefonearte. ¿Podrás perdonarme? -dijo, inclinándose para besar mi mano. Después me tendió las flores.

Olvidé por completo la idea de marcharme. ¡Ni hablar de abandonar aquel palacio de cuento! El sol comenzaba a ponerse en el horizonte, tiñendo el jardín de un manto de luz dorado como un caramelo Y allí, rendido ante mí, se hallaba mi príncipe. Un poco rechoncho, cierto, pero afable y encantador. Y podrido de dinero.

-Creo que podré perdonarte un poquito si dejas que tome prestado un vestido de la señora McCallister y me sacas a cenar -sugerí, con voz coqueta.

A Morty se le torció un poco el bigote mientras se frotaba la nariz. Supuse que le había picado algún mosquito o algo por el estilo, porque rápidamente recompuso el gesto y volvió a sonreír.


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14
diciembre 09

El dilema

Abatida, me senté en el borde de la piscina, tratando de contener mis lágrimas. Después me descalcé y metí un pie en el agua. Oh, estaba deliciosamente tibia. Y de repente, las compuertas de mi
girl.jpgmemoria se abrieron y empecé a recordar detalles de la cena de la noche
azahar.jpganterior. Había sucedido en un rincón del jardín perfumado de azahar, la flor de las novias, cuyo aroma casi me hacía llorar de emoción, rodeados de velas y en compañía de un viejo tocadiscos que esparcía en el aire las melodías de Gerswhin y Porter.

No podíag.jpg irme como si fuera una delincuente. Al fin y al cabo, yo no había hecho nada malo. Mis padres se habrían escandalizado al verme viviendo allí como una mantenida, pero mi abuelito Jack, con aquella risa suya de conejito, me habría recordado lo maravillosa que yo era y me habría dicho que debía disfrutar de toda esa belleza que la vida me regalaba.

Justo entonces, el Bentley hizo su aparición tras la verja del jardín. Me recorrió un sudor frío. ¿Qué tenía que hacer ahora? Traté de escabullirme hacia la cocina, pero era demasiado tarde.


11
diciembre 09

La cruda realidad

Mi plan consistía en encontrar a Juanita, pues ella sabría decirme
cómo salir de aquella mansión del modo que me correspondía: en autobús. ¿Para qué engañarme pensando otra cosa?

Pero no aparecía. Miré el reloj de la cocina. Eran las cinco y veinte. Quizás Juanita no vivía allí y a esas horas ya se había ido a su casa. Pensé que si corría lo suficiente la encontraría en la cola del autobús y entonces podríamos irnos juntas. Me sentiría aliviada, le explicaría que yo no era una cualquiera y charlaríamos amigablemente. Es más, seguro que Juanita me acogería en su hogar durante unos días.

Claro que, si salía al exterior, era posible que me encontrara a Ada Lewis dando vueltas por los alrededores, y ésta correría a avisar a los sabuesos de Mortimer de que la prisionera había escapado.


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No tenía ni idea de qué hacer. Salí un momento al jardín para serenarme y entonces, contemplando el baile de un rayo deliza.jpg sol que jugaba con el agua color turquesa de la piscina, sentí unas incontenibles ganas de llorar. Aquella casa tan hermosa como

olivia.jpgsacada de una película de amor, en la que nada malo podía suceder… Toda mi vida soñé con vivir en un lugar semejante.

Había pasado mi adolescencia recortando fotos de las revistas de cine, creando monstruosos collages en paul.jpglas paredes de mi habitación. Construía mansiones hechas con retazos de distintas casas, tan grandes que dejaban en pañales al mismísimo Hearst Castle. Después recortaba las figuritas de los actores y las iba moviendo de un escenario a otro.

Así creé un mundo de fantasía en el que cada día sucedía algo diferente. Una noche, Paul Newman se enamoró de Olivia Newton-Jones y se la llevó a ver cantar a Liza Minelli a un local de Malibú llamado Rick’s…


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4
diciembre 09

Sola ante el peligro


viaje.jpgAtenazada por un pellizco en la boca del estómago, decidí que debía actuar a toda prisa. Me vestí con el mismo conjunto del día anterior, arrugado y sucio ya después del vuelo y la larga jornada en las calles de Hollywood. Luego rebusqué en mi bolso: sí, allí estaban todavía mi pasaporte y mis llaves; no, no me habían robado nada.

Tras dudar unos instantes, hice la cama (me parecía lo correcto por las molestias ocasionadas a Juanita) y dejé una nota de agradecimiento escrita con una pluma que encontré en el cajón de la cómoda (tuve que hacer tres intentos, pues era la primera vez que escribía con pluma y todo se me emborronaba).

Señor McCallister, le agradezco infinitamente la cena y su
duda.jpghospitalidad. Ahora debo irme. Suya, Linda.

Me pareció que era suficiente. Si por algún motivo Morty acudiera a buscarme después de leer aquellas palabras, si lo que me había contado era cierto, entonces esas líneas serían las más apropiadas. “Debo irme”… “suya”… Sonaban femeninas y un poco misteriosas, como en una película de Gene Tierney.

Caminé por la habitación en busca del timbre de Juanita. Había un montón de botones camuflados tras las cortinas y la mesita de noche. ¿Era el rojo, el verde, el azul? ¡Daba igual! Salí de allí con mi maleta caminando de puntillas y, evitando el despacho de Ada Lewis, me deslicé hasta la cocina. La casa seguía en silencio.

Verdaderamente, era un poco inquietante vivir en un lugar tan grande y tan vacío.


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2
diciembre 09

La sospecha


Veronica_Lake-Hair.jpgLa cama, alta y mullida, estaba coronada por un cabezal blanco con caprichosos dibujos simulando ramas de árboles con sus hojas y sus frutos. Las sábanas eran de hilo bordado y el cubrecama, de seda. Todo se veía tan distinguido bajo aquella luz color melocotón de la tarde que invitaba a acariciarlo como a un perro bueno.

Había también un antiguo boudoir como los que había visto la tarde anterior en el museo, con su juego de frascos antiguos, su peine y
boudoir01.jpgsu espejito de plata. En un rincón, una chaise longe de cuero rosa invitaba a la sensualidad.
Era una habitación sencillamente preciosa. Veronica Lake se habría sentido orgullosa de despertar en aquel lugar.

Y entonces, mientras me secaba el cabello con la toalla (bordada con las iniciales M&B en hilo dorado), comencé a sentirme aturdida.

¿Qué demonios hacía yo allí?

Instalada en la mansión de un desconocido que ni siquiera tenía la decencia de estar presente en mi primera mañana como huésped. Me había dicho que era productor de cine, pero ¿cómo podía yo saber que era cierto? ¿Y si había caído en una red mafiosa o de prostitución? ¡Cómo había podido ser tan atolondrada!

Quizás me habían drogado y por eso tenía tanto sueño y el tiempo pasaba tan despacio…


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