-¿Quieres venir conmigo a la playa? -me preguntó Jimmy, recibiéndome con aquella sonrisa suya capaz de iluminar un ataúd. Asentí con la cabeza, como una niñita.
-Pero hay una condición -dijo, mirándome muy serio. Esperé sin pestañear-. Tienes que ponerte un bikini -explicó, guiñándome un ojo antes de correr al césped, tomar impulso y fundirse con el azul de la piscina. En ese momento, mis ojos y los de Juanita se
cruzaron y, por un instante, reflejaron la misma devoción. Con igual rapidez, ambas borramos nuestras sonrisas embobadas y bajamos la mirada. Al rato, Ada apareció, procedente de su carrera diaria, sudorosa y lamentándose porque tenía que quedarse a trabajar.
-Lo que daría por irme a la playa a hacer surf con vosotros.
-Bueno, a partir de mañana iré contigo a correr. Ya lo estoy echando de menos -respondió Jimmy.
-¡Será maravilloso! -dijo ella, trotando rumbo a su despacho-. No es natural que en esta casa nadie se mueva…
Yo me alegré muchísimo de que no pudiera acompañarnos, pero no dije nada. Tumbada bajo el sol de Hermosa Beach, que deshacía plácidamente los nudos de mi vientre desnudo, pasé la mañana dando sorbitos a una coca cola y siguiendo los movimientos de cada músculo de Jimmy, desde detrás de mis gafas de sol. Después compartimos una pizza que se me antojó la más deliciosa de mi vida.
Jimmy me hablaba de su vida en Boston y de la universidad. No quería saber nada del cine. Desde pequeño, él había decidido que sería médico. Su madre, una actriz retirada, trabajaba como enfermera en un hospital infantil y le había transmitido su vocación.
Y así se sucedían los días. Malibú, Santa Monica, Huntington Beach… Por las noches cenábamos en el jardín con Boy, Morty y, a veces, Ada. Jimmy nos contaba anécdotas de sus compañeros de hermandad que a todos nos hacían reír; y las risas, el vino y el aroma de las noches de julio emborrachaban la atmósfera de tal modo que aquellos cinco personajes tan dispares que éramos parecían una verdadera familia.
En realidad, Jimmy sospechaba que Morty no era su verdadero padre, pero decía que siempre se había portado bien con él y pagaba sus estudios y la casa en la que había vivido con su madre. Para él, ir a Hollywood a visitar a Morty era como ir al cine a ver una comedia entretenida. Cuando terminaba la película, se despedía con una sonrisa y volvía al este, a lo que llamaba “la vida real”.




ada en la casa a aquellas horas. Sí, a veces estaban Morty y Boy, pero siempre hablaban muy bajito. 


odos, el jardín se veía tan frondoso y el agua de la piscina tan centelleante, que no pude seguir enclaustrada durante mucho tiempo. Me daba miedo que mi cara adquiriera la expresión de Olivia de Havilland y luego no pudiera desprenderme de ella. 


dí que no había mucho que hacer. En aquella casa, todos los objetos llevaban mucho tiempo en el mismo lugar. Si movías una sola pieza, la casa entera quedaba desnuda y chillaba de descontento, y entonces tendría que renovar la decoración por completo. No estaba dispuesta a trabajar tanto, así que me limité a los pequeños detalles. 
reguntar a qué famoso pertenecían los motes que citaban con tanto sarcasmo.
da vez me gustaba menos toda aquella ropa tan obscenamente cara. Empezaba a pensar que disfrutar de la vida tal como lo entendía mi abuelito no tenía nada que ver con pagar precios disparatados por unos trapos de colores chillones. 












rimiéndome de aquella manera, cuando me encontraba en el mismísimo Rodeo Drive acompañada de un hombre rico y complaciente. 

I just want to be wonderful-