hola.com

febrero, 2010


28
febrero 10

Playa, coca cola y pizza


joya.jpg-¿Quieres venir conmigo a la playa? -me preguntó Jimmy, recibiéndome con aquella sonrisa suya capaz de iluminar un ataúd. Asentí con la cabeza, como una niñita.

-Pero hay una condición -dijo, mirándome muy serio. Esperé sin pestañear-. Tienes que ponerte un bikini -explicó, guiñándome un ojo antes de correr al césped, tomar impulso y fundirse con el azul de la piscina. En ese momento, mis ojos y los de Juanita se
playiyiya.jpgcruzaron y, por un instante, reflejaron la misma devoción. Con igual rapidez, ambas borramos nuestras sonrisas embobadas y bajamos la mirada. Al rato, Ada apareció, procedente de su carrera diaria, sudorosa y lamentándose porque tenía que quedarse a trabajar.

-Lo que daría por irme a la playa a hacer surf con vosotros.

-Bueno, a partir de mañana iré contigo a correr. Ya lo estoy echando de menos -respondió Jimmy.

-¡Será maravilloso! -dijo ella, trotando rumbo a su despacho-. No es natural que en esta casa nadie se mueva…

Yo me alegré muchísimo de que no pudiera acompañarnos, pero no dije nada. Tumbada bajo el sol de Hermosa Beach, que deshacía plácidamente los nudos de mi vientre desnudo, pasé la mañana dando sorbitos a una coca cola y siguiendo los movimientos de cada músculo de Jimmy, desde detrás de mis gafas de sol. Después compartimos una pizza que se me antojó la más deliciosa de mi vida.


guitar.jpgJimmy me hablaba de su vida en Boston y de la universidad. No quería saber nada del cine. Desde pequeño, él había decidido que sería médico. Su madre, una actriz retirada, trabajaba como enfermera en un hospital infantil y le había transmitido su vocación.

Y así se sucedían los días. Malibú, Santa Monica, Huntington BeachPor las noches cenábamos en el jardín con Boy, Morty y, a veces, Ada. Jimmy nos contaba anécdotas de sus compañeros de hermandad que a todos nos hacían reír; y las risas, el vino y el aroma de las noches de julio emborrachaban la atmósfera de tal modo que aquellos cinco personajes tan dispares que éramos parecían una verdadera familia.

En realidad, Jimmy sospechaba que Morty no era su verdadero padre, pero decía que siempre se había portado bien con él y pagaba sus estudios y la casa en la que había vivido con su madre. Para él, ir a Hollywood a visitar a Morty era como ir al cine a ver una comedia entretenida. Cuando terminaba la película, se despedía con una sonrisa y volvía al este, a lo que llamaba “la vida real”. 


playi.jpg


26
febrero 10

Aire fresco


jantzen.jpgEn cambio, yo me miré en el ventanal de la cocina y me sentí ridícula. No sólo llevaba un bañador, negro y cubriente como el caparazón de un insecto, sino que junto a mi tumbona descansaban
pamela.jpgunas grandes gafas de sol (de una marca muy cara), unas sandalias de tacón y ¡una pamela!

Había adquirido la costumbre de vestirme de aquel modo para estar en casa, tanto tiempo libre tenía y tan generoso era el vestidor de la ausente señora McCallister. Era como jugar a los disfraces.

Pero, en un instante, la presencia de aquel chico lo había cambiado todo. Como si un hada bondadosa hubiera abierto las compuertas para invitar al aire fresco. Hacía que la casa pareciera viva, y no sacada de una película de terror.


freaks.jpgJimmy! ¡Por fin has llegado! -bramó la voz de Ada, asomada a una ventana del segundo piso. Apenas un minuto después corría por el jardín, abalanzándose sobre él sin recato alguno. Yo me aparté para no recibir un codazo de aquellos cuatro bíceps hercúleos. Me pareció un buen momento para retirarme discretamente y deshacerme del bañador.

“No es natural que en esta casa no haya gente joven”, escuché decir a Ada. Y por una vez, estuve de acuerdo con ella.

A la mañana siguiente me despertó una voz procedente del jardín que sonó a música en mis oídos. Era la primera vez que escuchaba una charla tan animada.jpgada en la casa a aquellas horas. Sí, a veces estaban Morty y Boy, pero siempre hablaban muy bajito.

Me asomé a la ventana y vi a Jimmy de pie, en bañador, contándole algo a Juanita, que se reía mucho tapándose la boca. Me escondí tras la cortina para poder admirar aquellos brazos surcados por un río de venas tras cuyo horizonte la mirada se perdía. Luego me duché a toda prisa, me puse un short y una camiseta y bajé las escaleras corriendo. Rogué para no encontrarme con Ada, a quien, la verdad, aquel tipo de ropa le sentaba mucho mejor.


19
febrero 10

Jimmy, Jimmy, Jimmy


birthday_sexy_male_chest.jpgUn instante después, unos ojos azules como el cielo de Malibú y una sonrisa resplandeciente robaron por completo mi atención. 

-¡Qué envidia! Pienso hacer lo mismo que tú en cuanto suelte la maleta -dijo el desconocido, agachándose. Me tendió la mano para ayudarme a salir del agua, tirando de mí sin esfuerzo, como si fuera una pluma.

Me quedé sentada en el borde de la piscina sin saber qué decir. Llevaba tantos días sin mantener una conversación coherente que las palabras se agolparon en mi interior, tímidas. Y mi cuerpo, tan blanco y mojado, parecía un pescado hervido al lado de aquel pecho firme y tostado como un filete en su punto.

-Oye… ¿estás bien? -dijo él, como adivinando mi turbación-. ¡Hola!

-Hola. Soy Linda. Soy la …-vacilé. ¿Cómo debía presentarme? ¿La invitada, la pupila, la mantenida, la amiguita, la novia, la prometida, la futura esposa de Morty?

-Pues claro, ¡la famosa Linda! -me interrumpió él.

-¿Es que me conoces?

-Por favor, mi padre no deja de hablar de ti.

Boquiabierta, parpadeé. Entonces aquel bombón era Jimmy, el hijo que Morty había tenido en “un desliz de juventud” y que había crecido con su madre en algún lugar de Boston. Morty le tenía cariño, aunque apenas hablaba de él. Tan poco le mencionaba que yo temía que no estuviera en absoluto interesado en revivir la experiencia de la paternidad. Me había enseñado fotos de cuando Jimmy era un niño regordete y con los pelos de punta. Pero ahora no se parecía nada, nada, a su padre.


vintswimbig.jpg-¿Por qué llevas bañador? Te va a doler la tripa -dijo, tendiéndose en el césped a mi lado y lanzando un gemido de satisfacción. Sin esperar respuesta, cruzó los brazos tras la nuca y su torso se expandió como una tableta de chocolate ante mis pupilas golosas.

 


17
febrero 10

Zozobra


jack4602.jpgDurante seis días con sus infinitas noches me recluí en mi dormitorio sin hacer otra cosa que leer guiones y ver películas entre siesta y siesta. Morty apenas paraba en casa, y cuando sonaba la bocina del Bentley y yo me asomaba a la ventana para saludarle, agitando una mano que parecía un helecho mustio, la luz de los faros hería mis ojos inflados de tanto dormir. Almorzaba en la cocina mientras seguía un culebrón que había llegado a parecerme interesantísimo, sin molestarme ya en dirigirle la palabra a aquella mujercilla tosca y sin modales que era Juanita.

De todos mheredra.jpgodos, el jardín se veía tan frondoso y el agua de la piscina tan centelleante, que no pude seguir enclaustrada durante mucho tiempo. Me daba miedo que mi cara adquiriera la expresión de Olivia de Havilland y luego no pudiera desprenderme de ella.

No estaba exactamente deprimida. Era más bien una zozobra de fondo lo que sentía, un volcán que amenazaba con reventar en algún rincón de mis entrañas.

Y además, aunque vivía colmada de atenciones por parte de Morty y hasta Boy me sonreía muy de vez en cuando, cada vez me sentía más intrusa en aquella casa. Era como si un ojo invisible vigilara mis movimientos día y noche. Si no fuera porque cada día la encontraba más musculosa, habría jurado que Ada me  espiaba mientras fingía escalar las colinas por las tardes. 

Pero una mañana, mientras emergía distraídamente de la piscina,
 mis ojos tropezaron con una espalda desnuda y pétrea que sobresalía de unos tejanos.


jeans.jpg

 


15
febrero 10

Días de inquietud


shopping.jpgUna tarde que no hacía mucho calor decidí dar un paseo desde Rodeo hasta Wilshire y entré en los grandes almacenes. Aquello me recordó un poco al centro comercial de mi pueblo. Y, sin saber muy bien cómo, pasé seis horas saliendo de Macy’s para entrar en Bloomingsdale’s y vuelta a empezar. La lencería, las vajillas, las plantas, los grifos, los marcos de fotos… todo me gustaba, todo me parecía imprescindible. Era como si estuviera atrapada en una espiral sin principio ni final.

Cuando, en un momento de lucidez, me detuve para tomar un helado y telefonear a Morty y éste me envió un chófer del estudio, me sentía tan mala persona que decidí donar toda mi ropa a las organizaciones de caridad. Aunque no estaba segura de que las mujeres pobres quisieran ponerse aquellas cosas tan incómodas y llamativas.


header_gift_bags_02.jpg-No será una gran pérdida para esta ciudad -se apresuró a decir Boy cuando anuncié, durante un desayuno en el jardín, que había decidido pasar una temporada descansando en casa. Me mordí los labios por toda respuesta. 

Me había propuesto renovar la decoración, crear un ambiente más acogedor, convertir aquella mansión en un hogar. A Morty le pareció bien. Estaba tan ocupado aquellos días que decía que sí a todo sin prestar atención a nada. Pero pronto comprenparty.jpgdí que no había mucho que hacer. En aquella casa, todos los objetos llevaban mucho tiempo en el mismo lugar. Si movías una sola pieza, la casa entera quedaba desnuda y chillaba de descontento, y entonces tendría que renovar la decoración por completo. No estaba dispuesta a trabajar tanto, así que me limité a los pequeños detalles.

El día que terminé de colocar un surtido de revistas (una de cine, una de sociedad, otra para hombres y una más de arquitectura) en el cesto del baño de invitados de la planta baja, un escalofrío atravesó mi espalda.

Hundí la cabeza entre los hombros y, rendida, me senté en la taza del váter. Me sentía vacía.

¿Cuándo iba a comenzar mi verdadera vida, mi estrellato?

 


12
febrero 10

Aquelarres


esquire-vintage-dinner-party.jpg

 Hasta que, un buen día, las cenas en pueblecitos románticos comenzaron a escasear. Fueron poco a poco sustituidas por continuos almuerzos a los que Morty me llevaba “para que conociera a la gente apropiada”.

Sólo que aquella gente apenas reparaba en mí. Se pasaban la comida hablando de dinero y contando chismorreos sobre gente que yo no identificaba, pues no me atrevía a pbarbie-50-aniversario.jpgreguntar a qué famoso pertenecían los motes que citaban con tanto sarcasmo.

Aburrida, empecé a pedirle a Morty que me dejara en Rodeo Drive mientras él almorzaba. Ya no me sentía una intrusa en aquellas tiendas que había llegado a conocer como la palma de mi mano, y compraba sin acordarme siquiera de mirar el precio.

Sin embargo, una vez superada aquella prueba, lo cierto era que toda la parafernalia de las compras ya no me parecía tan excitante. Seguía adorando los vestidos de diseño clásico, claro. Pero muchas de las tiendas que al principio me deslumbraron las encontraba, en realidad, tan lujosas como carentes de buen gusto.

En el fondo, casastre.jpegda vez me gustaba menos toda aquella ropa tan obscenamente cara. Empezaba a pensar que disfrutar de la vida tal como lo entendía mi abuelito no tenía nada que ver con pagar precios disparatados por unos trapos de colores chillones.

Estaba segura de que algunos de aquellos diseñadores se reunían en secreto, como un aquelarre, compitiendo por crear el diseño más feo y más caro. Seguro que apostaban quién sacaría más dinero a todos aquellos adefesios de Los Angeles con pretensiones de muchachitas en flor.


10
febrero 10

Vida nocturna


astaire-rogers.jpg
Eso sí, me llevaba a cenar continuamente. Yo aceptaba porque, al fin y al cabo, me pasaba el día dando vueltas en coche o apalancada en el sofá de la oficina o recorriendo tiendas sin entablar una
life.jpg
conversación sincera con nadie (los dependientes de las tiendas caras no contaban). Cenábamos junto a la playa y en lo alto de las colinas y en pueblecitos silenciosos que olían a mar. Morty me hablaba de su infancia y de su familia, y a mí me encantaban aquellas historias y hasta me enamoraban un poquito.

Después me llevaba a ruidosos locales cuyo nombre yo ignoraba, pues siempre entraba muy deprisa, con Morty agarrándome del brazo, y salía aturdida, rodeada de gente, habiendo bebido demasiado.

Pero allí, Morty se comportaba de forma distinta. Era como si ya no estuviera presente, como si le recubriera una capa de plástico. Se volvía un personaje hollywoodiense de esos que decía detestar. Incluso su rostro cambiaba. Yo no lo comprendí hasta que me di cuenta de que lo hacía para ofrecer su mejor perfil.

Morty no era una celebridad, pero todo el mundo sabía de quién se trataba y llamaba la atención por sus trajes caros, porque le concedían los mejores reservados y se acercaban muchas personas a saludarle. Entonces estiraba mucho el cuello, tratando de parecer más alto, y arqueaba una ceja.


rob-lowe.jpg
“¿Quién es?” le susurraba al oído cuando aquellas personas se marchaban. Una vez se nos acercó un famoso de verdad. ¡Rob Lowe, aquel chico guapo de las películas de mi adolescencia! Morty se puso de pie para darle la mano y le habló durante mucho rato, con la ceja tan tirante que la piel de su frente parecía a punto de reventar. Después se inclinó hacia mí y me lo presentó. Fui incapaz de decir otra cosa que “encantada” pero, cuando Rob se despidió con un “Nos vemos” para Morty y “Un placer, Linda” para mí, casi me estallaron las costuras del vestido de puro placer.

Y esa era la razón de que aceptara salir a cenar una y otra noche. Salvo aquellas en las que Morty no aparecía por casa. Yo cogía la bandeja que Juanita me dejaba en la cocina y me la llevaba al
bed.gif
dormitorio, donde Morty había hecho instalar una televisión (la sala de cine me parecía demasiado para mí sola) cuando me quejé de lo inquietante que resultaba la casa vacía por las noches. Fue la única alusión que ambos hicimos a aquellas ausencias.

En realidad, me sentaban bien las dos o tres noches que pasaba cenando sola en mi dormitorio. Me permitían recobrar un cierto contacto con la realidad, aunque no tanto como para llegar a plantearme qué estaba haciendo con mi vida.

Nunca llegué a telefonear a mi familia, ni siquiera a mis amigas del pueblo. 


la-sunset-skyline.jpg

 


8
febrero 10

Dime cuándo, cuándo, cuándo


dudas.jpgTampoco había llegado a devolver mi ropa nueva. Vencí los remordimientos imaginando la mirada de adoración que me dedicaría el abuelito si me viera dentro de aquellos vestidos tan suntuosos, y entonces ya no pude desprenderme de ellos. Un día me atreví a regresar a Rodeo Drive yo sola, y me sentí en el cielo cuando uno de los encargados me reconoció y me ofreció una copa de champán francés.

Además, en el futuro inmediato, cuando fuera la señora de Mortimer McCallister, consagraría al menos cinco días al mes a emprender acciones benéficas en algún hospital de Nueva York en compañía de mi suegra y mi nueva abuelita. Para compensar.

El único problema era que había pasado de no tener apenas dinero en el bolsillo a gastarme de golpe todo el que Morty me daba. Nunca sabía exactamente cuánta propina tenía que dar y
marilyn.jpgsospechaba que me pasaba de generosa. Tan rápido se me escurrían los billetes de las manos que en más de una ocasión tuve que conformarse con entretenerme paseando en coche por los alrededores de la playa, limitando mis gastos a un café en una terraza.

El día en que las monedas no me alcanzaron para comprar una botella de agua, decidí pedirle a Morty que dejara de pasarme sobres con dinero y me encargara una tarjeta de crédito en condiciones.

Morty me dio la tarjeta dos días después. Pero también dijo que me llevaría a cástings y aún no habíamos acudido a ninguno.

-Ten paciencia, querida, lo importante no es dejarse ver, sino dejarse ver en el lugar adecuado. No debes devaluar tu presencia -respondía, cada vez que yo le hacía la pregunta.

Pero él nunca me hacía a mí la pregunta que verdaderamente esperaba. 


papergoodies.com.jpg

 


4
febrero 10

Asomándome al mundo


windoes.jpgDespués de aquello no quise pasar más mis días entre baños de piscina, frutas exóticas y esmaltes de uñas. Comencé a acompañar a Morty todas las mañanas a su oficina en los estudios. Fue
mgm_logo.jpgemocionante atravesar la puerta de aquel lugar por primera vez, pero la verdad era que se parecía mucho a cualquier otra oficina. Continuamente había rodajes en marcha, sí, pero se trataba de series de tercera o películas para la televisión sin ningún interés ni rostros conocidos.

Morty no hacía más que hablar por teléfono y reunirse, mientras yo leía revistas en un sofá de la sala de espera. Pegaba un respingo
telephone-retro,Z-D-176233-3.jpgcada vez que la secretaria anunciaba una visita, pero nunca llegó a atravesar la puerta ningún actor famoso.

El único que continuamente entraba y salía era Boy, quien nunca parecía agotar el repertorio de gestos de desprecio que le dedicaba a mi persona. Miradas de soslayo, sacudidas de cabeza, medias sonrisas, comentarios en voz baja, silencios arrogantes, como si quisiera decirme que mi presencia era tan insignificante que resultaba invisible. A veces quería que el sofá me tragara.

Era una pena, porque se le veía siempre tan guapo con aquellos pantalones hechos a medida, la camisa blanca, el cabello rubio
gatsbyc.jpgpeinado hacia atrás, marcando su mandíbula cuadrada… Ah, si cerraba un poco los ojos, me hacía la ilusión de estar vislumbrando al Gran Gatsby.


A las dos semanas de comenzar aquella rutina, decidí que era mejor rescatar mi coche de alquiler y salir a explorar el centro de la ciudad. Aquel trasto seguía durmiendo en el garaje de Morty, después de que Boy le convenciera: “Es mejor que lo conservemos
por si Linda vuelve a necesitarlo pronto”, le dijo a Morty delante de mis narices.

Mi protector se encogió de hombros y Boy me lanzó una mirada malévola que yo esquivé con olímpico desprecio, pues a esas alturas ya había aprendido a ignorar sus descortesías.



3
febrero 10

It’s the time!


up.jpgAntes de que pudiera responder, una silueta alta y sinuosa emergió del fondo de la tienda. Seguida de dos enormes guardaespaldas, aquella mujer caminaba con la espalda muy recta y sin mirar a nadie, encaramada a unos tacones de vértigo. Pasó junto a mí sin verme, rozándome el hombro con el aura de su melena, y desapareció dentro de un coche con las ventanas oscuras.

Me quedé boquiabierta.

Parecía tratarse de Catherine Zeta-Jones, pero no estaba segura porque llevaba el rostro prácticamente oculto tras unas gafas de sol.

Pero entonces, empapada de aquella estela de clase y elegancia, algo en mí se inflamó. Sentí un ardiente deseo de deshacerme para siempre de la ropa fea y vieja, de la vulgaridad y la resignación. Era imperdonable que estuviera repfigurita.jpgrimiéndome de aquella manera, cuando me encontraba en el mismísimo Rodeo Drive acompañada de un hombre rico y complaciente.

Mis manos regresaron al vestido rojo. Una tenía que sentirse como la mismísima Cleopatra embutida dentro de aquella preciosidad…

Después de aquello, ya no pude parar. Otro vestido de fiesta, una falda de seda y otra de cuero, un trench, un top de pedrería, un bolso de viaje, un traje sastre, un abrigo de alpaca… Y así seguí hasta que, casi sin darme cuenta, me hallaba de vuelta en el asiento trasero del Bentley, aturdida y con los pies hinchados.

Entonces fue cuando los remordimientos brotaron de nuevo. No pude calmar mi inquietud hasta decirme a mí misma que esa noche revisaría tranquilamente el contenido de las bolsas que me rodeaban. En aquel momento ni siquiera recordaba todo lo que había comprado. Mandaría a Juanita o al chico moreno que regaba el césped a devolverlo todo… Bueno, excepto el vestido rojo. Y los stilettos, el bolso y quizás la pashmina.


dress.jpgAunque, agazapada en el fondo de mi corazón, una excitación que no había sentido nunca se abría paso por entre las rendijas que dejaba mi sentimiento de culpa. Me sentía irresistiblemente
hotel.jpgpoderosa rodeada de todo aquel lujo, camino del Polo Lounge para comer con mi casi prometido. Esa era la excitante verdad.

Siempre recordaría aquel día: la primera vez en mi vida que poseía un objeto que costaba tres mil dólares.


Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer