Lo primero que hice al aterrizar en la ciudad de Los Angeles aquella mañana del mes de abril fue alquilar un pequeño coche de color rojo. Después conduje por la autopista Harbor hacia el norte, con los hombros firmes y la mirada fija en el futuro que se desplegaba ante mis pupilas. Conduje con fe ciega, ignorando el mapa de la ciudad, adivinando el rastro del cartel que estaba a punto de anunciar mi llegada a…
…¡Hollywood!
Pronto lo vi brotar en lo alto de las colinas, coronando la ciudad como el faro que tenÃa que regir mi existencia a partir de aquel dÃa. Excitada, me desprendi del coche dejándolo en un aparcamiento público y pisé, por primera vez, el escenario que hasta entonces sólo habÃa sido una nebulosa en mi imaginación.
Como por arte de magia, bajo mis pies fue apareciendo la interminable hilera de estrellas cosidas al Paseo de la Fama, que me fueron guiando como el camino de baldosas amarillas a la pequeña Dorothy. Cuando me di cuenta de que me hallaba sobre la de Bette Davis, me detuve y caà postrada de rodillas.
¡Ya estaba allÃ! ¡Lo habÃa logrado!
Las lágrimas se escurrieron bajo mis pestañas hasta aterrizar delicadamente sobre las dos “t” doradas.
Heroica, me puse en pie de nuevo aunque mis piernas temblaban, y seguà caminando. Me encontraba desorientada por la emoción y por aquel sol de mediodÃa que se colaba por todas partes cegando mis ojos, y me obligué a prestar un poco de atención a lo que veÃa alrededor. Pero no encontré nada que mereciera la pena contemplar. Estaba rodeada de tiendas de souvenirs baratos, sex shops, minúsculos restaurantes chinos y estancos regentados por indios… La calle parecÃa muy sucia y muy pequeña.
¿Cómo era posible? Qué desolación.

I just want to be wonderful-