De hecho, yo me consideraba prácticamente huérfana desd
e hacía dos días: cuando anuncié a mi familia que me disponía a coger
todo el dinero que había ahorrado durante cuatro años trabajando como camarera para irme a vivir a Hollywood y dejar que algún productor tropezara con mi talento e hiciera florecer mi (hasta entonces secreta, eso era cierto) vocación: ser actriz, convertirme en un instrumento al servicio de los sueños de la gente.
Homer, mi padre, ardió de furia y me acusó de abandonar a mi familia. Dijo que me repudiaba porque estaba faltando a mi deber de cuidar de ellos en la vejez.
Al parecer, el hombre había albergado esperanzas al ver que no me marché a la universidad a los 18 ni mostré jamás interés por encontrar marido en el pueblo, sino que continué viviendo en la casa paterna, dedicando todo mi tiempo a trabajar en el diner del centro y a ver inofensivas películas antiguas.
Y en ese momento me enteré de que mi padre había llegado a comprar una casita con tres habitaciones junto al río, para trasladarse allí con mi madre y conmigo tras su jubilación. Me la imaginé como la casa de Ricitos de oro y los tres ositos, con sus camas simétricas y su vajillita de tres tamaños.
Aquella extraña idea debía de ser una costumbre de la Europa mediterránea, de donde procedían los padres de mi
padre, así que no se lo tuve muy en cuenta.
No me fue mejor con Trinity, mi hermana menor, quien me anunció que a partir de aquel instante me odiaría eternamente, pues acababa de echarle en los brazos la tarea de hacerse cargo de nuestros pobres padres.
En cuanto a Prudence, mi madre, no dijo si mi decisión le parecía bien o mal. Era una mujer que generalmente carecía de opinión y solía responder “no sé” cuando alguien le hacía alguna pregunta acerca de sus planes. Pero, a fuerza de no saber, Prudence se convirtió en una mujer que callaba y miraba al infinito impertérrita, emanando cierto tufillo a anís, mientras los demás discutían a su alrededor.

I just want to be wonderful-