Todo era tan descorazonadoramente feo a mi alrededor que alcé la mirada hacia el horizonte, en busca de belleza. Un majestuoso edificio dorado en la acera de enfrente captó mi
atención y, rauda, crucé hacia el otro lado ignorando el tráfico. ¡El Teatro Egipcio! Lo toqué para comprobar que era real. Pero la verdad era que, visto de cerca, parecía un decorado de película, como si al darle una patada fuera a desmoronarse.
Sin ceder al desaliento, seguí pisando estrellas sin saber muy bien adónde me dirigía cuando, al doblar una esquina, un seductor edificio art deco me trajo inmediatamente a la memoria mis adoradas películas de amor y lujo de los años 40. Corrí hacia él: el Museo de Historia de Hollywood. Con mano temblorosa pagué mi entrada a una encantadora ancianita y me perdí por sus recovecos.
Allí sí. Allí pude sentirme, por primera vez desde que descendiera del avión, Linda Lovejoy. La aspirante a estrella, la hermana de todas aquellas fascinantes mujeres que habían conquistado la ciudad antes que yo. Lloré de emoción ante los vestidos de Marilyn (aunque el frasco vacío de sus píldoras para dormir me produjo cierta inquietud), las fotografías de las premières en los años dorados, ¡el Rolls Royce de Cary Grant! Ah, cuántas damas habrían paseado en él camino de alguna sala de fiestas de Sunset Boulevard…
Admiré mi propio rostro enmarcado por las bombillas de los tocadores donde se habían maquillado las beldades rubias y morenas, dispuestas para embrujar al mundo desde la pantalla. Comprobé satisfecha que mis rasgos de pelirroja resplandecían, a pesar de las largas horas en avión. Sonreí, dedicándole mi estrella a los espíritus de todas aquellas leyendas que sin duda sobrevolaban el lugar. Soñé que se cogían de la mano y, rodeándome, me susurraban: “Eres una de nosotras“.
Pero la única voz que oyeron mis oídos fue la de la taquillera, que se despidió de mí con un “Vuelva cuando quiera, querida, me encantará conversar con usted”. Le prometí que lo haría. Estaba segura de que aqu
ella ancianita como sacada de una película de Frank Capra tendría muchas historias que contar sobre los años dorados… ¡Pero ahora me aguardaba el futuro!
Regresé a la calle bajo el sol achicharrante y me topé una vez más con aquellos espantosos comercios, el ir y venir de gente descuidadamente vestida, la luz que caía implacable sobre mi cabeza. La desolación me abatió por un instante.
Me quedé plantada en la acera sin saber qué hacer.

I just want to be wonderful-