Pablo Díaz-Reixa es pequeño. Tan pequeño que uno apenas se da cuenta de que está sobre el escenario hasta que comienza a aporrear las baquetas, escondido tras su teclado y su Roland SP-404. Es en ese momento cuando Pablo desaparece y se convierte en El Guincho.
Si hay un disco que he escuchado hasta la saciedad desde que llegué a Londres ése es Algranza. Creo que no han pasado más de tres días sin que bailara por la casa al ritmo de Antillas o Palmitos Park. Cuando me recordaba a mi misma que ‘yo no puedo ser como los demás’ y que ‘solo significa sin nadie alrededor’ mientras me desenamoraba, y que ‘tú eres mi luz y yo te cantaré todo lo que sé’ mientras me enamoraba otra vez.
Cada día que me he despertado con lluvia tras la ventana, una vez y otra y otra. Cielos grises, charcos, viento y frío en pleno mes de agosto… y yo sólo necesito escuchar Kalise para, a ritmo de alana eh alana oh, viajar hasta la playa y sentir el sol en mi cara, el olor a aftersun en mi nariz, la ensalada, el gazpacho, las palmeras, la falda corta, las sardinas a la parrilla, la paella, los periquitos de colores, el calor insoportable, la sombrilla, las paredes carcomidas por la sal y la arena invadiendo mi toalla.
Que ayer maravilla fui y hoy sombra… Y por un ratito me creo que de verdad estoy allí, en una de esas islas menores, alejadas de los Estados Unidos.

