No os voy a engañar: Londres está lleno de gente rara, y eso es una verdad como un templo. Hipsters y freaks se dan la manita en Broadway Market cada sábado, punks y pin-ups se pasean por Camden como si fuese su casa cada domingo, mientras que los yuppies con ojos inyectados en sangre recorren frenéticamente arriba y abajo la City cada día de la semana, con tanta prisa que a su paso puedes oír la palabra ‘estressssssss…’ como con un silbidito.
Un gran porcentaje de la gente de aquí viste lo que viene siendo, y en palabras textuales de mi madre, como una mamarracha. Y eso está bien, quiero decir, ¿dónde si no?
Este entorno tan fascinante (aunque a veces también un poco cansino, es un rollo ir a un bar y que se convierta en una competición de culismo/ coolismo ©Salva Pulido), para los turistas es digno de grandes ohhhhhhhhhhhs y ahhhhhhhhhhhhhhhhs. Para los londinenses, en cambio, es de lo más corriente encontrarse con frikis cualquier día de la semana, y no pasa nada, nadie se inmuta. Es normal.
Excepto ella.

No sé cómo se llama, pero vive en mi barrio y nunca, nunca lleva falda. Ni pantalones. Jamás lleva otra cosa que no sean una cazadora, medias y, claro, bragas. Obviamente estos tres elementos van cambiando de forma y color, pero jamás la he visto llevar una prenda que le tape, digámoslo mal y pronto, el culo. El unicornio de pelo de su cabeza, que ya quisiera para si Lady GaGa, es el remate final, que también luce eternamente y la hace distinguible a kilómetros de distancia.
Ésta es la única persona en Londres que he visto hacer girar cabezas cuando pasa.






