Ayer mismo le decía a Frommage que no pasa nada porque el pelo se le vuelva blanco. Que es normal, que es señal de que jamás estará calvo, y que, además, seguro que le queda bien.
‘Serás el Richard Gere alemán’, le decía.
El pobre estaba histérico porque le había encontrado tres canas de golpe, y, como cada vez que le encuentro una, me suplica que se las arranque de cuajo, yo le repetía una y otra vez lo que dicta la sabiduría popular española, y, más concretamente, mi madre:
Yo (como un mantra): Si quitas una te salen siete.
Frommage (un poco pálido): Bueno, pues entonces córtala…
Pues bien, en estas estaba yo hoy, probando un serum nuevo que me va a dejar el pelo más brillante que si me lo hubiesen barnizado, cuando, de repente, mientras me pasaba el cepillo más feliz que Rapunzel, me he encontrado esto en la mano:

Efectivamente, la cana se me ha quedado mirando, riéndose de mi cara de estupefacción.
‘Ja ja ja’, la he oído decir, ‘Quién ríe ahora, eh… ‘
La cana y yo sabemos que, de donde viene, hay muchas más como ella, aunque yo no las pueda ver.
El shock de mi frondosa melena tornándose en un estropajo como el de la vieja de los gatos no ha sido el único de la semana: cada vez tengo más claro que tendré que ponerme gafas, porque ya no distingo a un caballo de una bici cuando los veo de lejos. Si esto sigue así, dentro de poco dejarán de pedirme el DNI en los bares (cosa harto habitual debido a mi aparente, aunque falso, aspecto de lozanía), para convertirme en una techno-yaya más. Que yo me pregunto: ¿pero por qué yo? Si estoy muy bien así.
En otro orden de cosas, el sábado, Frommage y yo decidimos darle una oportunidad al restaurante español que hay al lado de casa, en uno de esos días que dices ‘hoy me lo gasto todo y que sea lo que Dior quiera el resto del mes’.
Él no lo sabe, pero todo forma parte de un elaborado plan que consiste en lavarle el cerebro para llevármelo a España.
El restaurante español decía ser experto en paellas.
Yo (mirando a los obviamente infelices clientes de la mesa de al lado): Mira, Frommage, antes de que cometas un error te voy a explicar lo que es el socarrat…
Finalmente no pedimos paella, thank God, y optamos por las raciones, aparentemente segunda especialidad de la casa. En total, seis raciones Liliput más una botella de vino de El Bierzo.
Las raciones no estaban mal (he de reconocer que los mejillones al ajillo estaban megarricos, y no descansaré hasta hacerlos igual), aunque aún hoy sigo alucinando con la capacidad del restaurante de vender bajo el nombre ‘tabla de ibéricos’ el mismo jamón serrano que pone mi madre en los bocatas de los domingos. Que no es que no supiera ya lo que iba a pasar desde el momento en que posé mis ojos en el menú, pero Frommage estaba erre que erre con la tabla, y al final tuve que claudicar en favor de la paella.
He de decir que, a pesar de todo, el paladar jamonil de Frommage está más que desarrollado, y es comparable a los sentidos arácnidos de Spiderman en escala kartofeliana. De hecho, los dos coincidimos en que el punto álgido de nuestra relación fue este invierno, cuando conseguí facturar la paletilla de la cesta de Navidad para llevármela a Londres en plan octavo pasajero.

Nuestro jamonero handmade londinense.
Un elaborado plan, como os decía.

