Hace un par de semanas tuve que hacer otra vez las maletas y mudarme de mi maravilloso y baratérrimo piso de renta antigua, que me hacía sentirme como Carrie Bradshow, sólo que con camiones y gente loca que convive con gatos pasando por delante de mi ventana en lugar de taxis y ejecutivos de Manhattan. Todo ello, claro, por culpa de nuestro malvado y especulador casero, y su manía de subirnos el alquiler un doscientos por cien.
Que digo yo que para un piso que no tiene ni campana extractora, pues para eso me voy al Palace.
A Frommage le ha dado pena verme otra vez homeless, con todos los trastos en la calle, y me ha invitado a mudarme a sus aposentos, al menos hasta… no sabemos cuando.
Como este experimento de convivencia ya lo vivimos el año pasado, esta vez hemos sido mucho más precavidos a la hora de hacer la re-mudanza. Lo primero de todo, la limpieza del cuarto. Si yo soy conocida entre los míos por sufrir un intenso síndrome de Diógenes que me obliga a acumular toda suerte de objetos y cacas recogidos de la calle, incluyendo un cactus de poliespán o adornos de Navidad ajenos, Frommage sufre una degeneración parecida, solo que él lo que acumula son utensilios de construcción.
Ejemplo:
Yo (hurgando debajo de la cama, tras encontrar un tupper de la época del pleistoceno, un juego de sabanas, tres pares de calcetines, botellas de agua vacías y varias cajas de cartón): Pero… ¿esto qué es? ¿SILLAS?
Frommage: hmmmm…. sí.
Yo: ¿Guardas sillas debajo de la cama? ¿Pero por qué?
Frommage: Es que son feas y no me gustan…
Yo: ¿Y por qué no las tiras?
Frommage: Pues… ¡porque son sillas!
Yo: Ahhhh, claro, claro… Bueno, pues… las damos.
Frommage (desenroscando frenéticamente las tuercas): Vale, pero déjame que me quede con los tornillos al menos…
El segundo paso del momento mudanzil ha sido transformar el espacio de una persona que solo tiene diez camisetas y tres vaqueros al de otra con más vestuario que María Antonieta.
Yo: Frommage, aunque tiremos las doscientascincuenta sillas que guardas bajo la cama, aún no tenemos sitio para toda la ropa…
Frommage: No pasa nada, hago un armario y ya está.
Y así ha sido.
He aquí la obra maestra:

El nuevo armario es uno de los objetos más preciados de la casa: ahora se lo enseñamos con orgullo a todo aquel que viene a visitarnos, del mismo modo que otros enseñan a sus hijos recién nacidos, a sus gatos o a su colección de latas de cerveza. Además de albergar toda nuestra ropa, separada en colores Frommagianos (aka. marron-rojo-gris) y colores Veruquianos (aka. todos los demás), tiene también espacio para libros, una lámpara, un estante zapatero y hasta hay un hueco especial para una extraña máquina de cortar madera, a la que por el momento no he querido acercarme, y encima de la cual Frommage ha colocado una rueda de bici a modo de bizarra coronación.
Para que luego digan que la vida en pareja empieza en IKEA.

Mientras todas estas cosas pasaban, he seguido adelante con mi plan de modificar su cerebro para hacerle creer que ‘there is no place like home’, siendo home cualquier sitio de la Península Ibérica. Durante la mudanza hemos hecho progresos alucinantes que consisten en:
Ya sabe decir una frase entera.
My Phrase, como él la llama, ha sido motivo de orgullo y satisfacción durante toda la semana, y ya no hay amigo o conocido en Londres que no haya escuchado tal magnífica sucesión de palabras, en perfecta dicción. Hasta tal punto que el otro día, en un arrebato de confianza, se acercó a los dos únicos estudiantes españoles de su clase, y les soltó con convicción:
- Biaal vidioclub a-alquilaar un-a pilíicula.
A lo que ellos respondieron con cara de
o, lo que viene siendo, un WTF en toda regla.

