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11
agosto 11

El fin

¿Os acordáis de cuando os hablaba de que me iba a ir a vivir debajo de un puente en el nombre del amor? Seguro que sí, porque aunque fuese hace mil años en realidad es la entrada anterior.

Bueno, pues olvidadlo. Olvidadlo todo. Porque ya:

- Ni hay puente

- Ni hay Frommage

Por no haber no hay ni Londres, porque, como dice Claire, en esta vida hay que ser fan de huir y ya está. ¿Qué es eso de hacerse el valiente? Eso ya no se estila. Ni que estuviésemos en el medievo. Hoy con Ryanair hacerse el longui cuando fracasa tu vida sentimental es más fácil que nunca. Que digo yo, además, que para qué quedarse en el sitio en el que te han arrancado el corazón de cuajo para después comérselo con un chucrut de merienda.

No, no y no.

Así que, como no tengo la menor intención de estar todo el día agarrada a una botella y arrastrándome por Camden, he cogido mis maletas y me he ido. Porque, total, ¿qué es Londres si no puedo tener mi armario y mis ratones en las paredes? Nada, ya os lo digo yo.

Eso sí, no os preocupéis porque esto no se queda aquí. Próximo episodio, en mi casa… de Barcelona.

¡Soy yo, Bridget! ¡He vuelto!


21
junio 11

Vivir debajo de un puente

Eso es literalmente lo que Frommage me ha dicho hoy que tenemos que hacer.

Que yo digo que hombre, tampoco es que seamos las personas más millonarias de Londres, pero para pagar el alquiler todavía nos da.

El caso es que la semana pasada recibimos una carta de esas con el sobre escrito a mano, que como todo el mundo sabe, nunca son buenas, porque, ¿por qué iba a molestarse alguien en escribirte a mano buenas noticias? Para eso existe el twitter o el wassup.

Las cartas a mano son lo que los cuervos a las palomas mensajeras en la Edad Media.

El cuervo, digoooo, la carta era, como no podía ser de otro modo, del landlord, comunicándonos que ha decidido subir el alquiler 200 leuros al mes, así porque sí, sin reformas ni nada. El moho que crece en el baño y que me canta mientras me ducho al parecer forma parte del atractivo de la casa.

El caso es que hoy mientras desayunábamos, Frommage me ha dejado caer su brillante nueva idea ahora que somos homeless, y que es, como os vengo diciendo, vivir debajo de un puente. Según parece, los bajos de las vías del tren se han convertido en la cumbre del coolismo en Londres: atrás quedaron las casas victorianas y los lofts open plan, ahora lo que se lleva es que cada siete minutos el Cercanías  te atraviese el techo de la cocina.

Lo mejor ha venido cuando, mientras yo le miraba con mi cara de asterisco, él me explicaba emocionado entre vaso y vaso de zumo que ‘¡cuanto peor esté mejor, así lo podemos reformar nosotros!’.

Vamos, que su idea de la felicidad son un montón de escombros.


7
abril 11

Briconsejos

Hace un par de semanas tuve que hacer otra vez las maletas y mudarme de mi maravilloso y baratérrimo piso de renta antigua, que me hacía sentirme como Carrie Bradshow, sólo que con camiones y gente loca que convive con gatos pasando por delante de mi ventana en lugar de taxis y ejecutivos de Manhattan. Todo ello, claro, por culpa de nuestro malvado y especulador casero, y su manía de subirnos el alquiler un doscientos por cien.

Que digo yo que para un piso que no tiene ni campana extractora, pues para eso me voy al Palace.

A Frommage le ha dado pena verme otra vez homeless, con todos los trastos en la calle, y me ha invitado a mudarme a sus aposentos, al menos hasta… no sabemos cuando.

Como este experimento de convivencia ya lo vivimos el año pasado, esta vez hemos sido mucho más precavidos a la hora de hacer la re-mudanza. Lo primero de todo, la limpieza del cuarto. Si yo soy conocida entre los míos por sufrir un intenso síndrome de Diógenes que me obliga a acumular toda suerte de objetos y cacas recogidos de la calle, incluyendo un cactus de poliespán o adornos de Navidad ajenos, Frommage sufre una degeneración parecida, solo que él lo que acumula son utensilios de construcción.

Ejemplo:

Yo (hurgando debajo de la cama, tras encontrar un tupper de la época del pleistoceno, un juego de sabanas, tres pares de calcetines, botellas de agua vacías y varias cajas de cartón): Pero… ¿esto qué es? ¿SILLAS?

Frommage: hmmmm…. sí.

Yo: ¿Guardas sillas debajo de la cama? ¿Pero por qué?

Frommage: Es que son feas y no me gustan…

Yo: ¿Y por qué no las tiras?

Frommage: Pues… ¡porque son sillas!

Yo: Ahhhh, claro, claro… Bueno, pues… las damos.

Frommage (desenroscando frenéticamente las tuercas): Vale, pero déjame que me quede con los tornillos al menos…

El segundo paso del momento mudanzil ha sido transformar el espacio de una persona que solo tiene diez camisetas y tres vaqueros al de otra con más vestuario que María Antonieta.

Yo: Frommage, aunque tiremos las doscientascincuenta sillas que guardas bajo la cama, aún no tenemos sitio para toda la ropa…

Frommage: No pasa nada, hago un armario y ya está.

Y así ha sido.

He aquí la obra maestra:

El nuevo armario es uno de los objetos más preciados de la casa: ahora se lo enseñamos con orgullo a todo aquel que viene a visitarnos, del mismo modo que otros enseñan a sus hijos recién nacidos, a sus gatos o a su colección de latas de cerveza. Además de albergar toda nuestra ropa, separada en colores Frommagianos (aka. marron-rojo-gris) y colores Veruquianos (aka. todos los demás), tiene también espacio para libros, una lámpara, un estante zapatero y hasta hay un hueco especial para una extraña máquina de cortar madera, a la que por el momento no he querido acercarme, y encima de la cual Frommage ha colocado una rueda de bici a modo de bizarra coronación.

Para que luego digan que la vida en pareja empieza en IKEA.

Mientras todas estas cosas pasaban, he seguido adelante con mi plan de modificar su cerebro para hacerle creer que ‘there is no place like home’, siendo home cualquier sitio de la Península Ibérica. Durante la mudanza hemos hecho progresos alucinantes que consisten en:

Ya sabe decir una frase entera.

My Phrase, como él la llama, ha sido motivo de orgullo y satisfacción durante toda la semana, y ya no hay amigo o conocido en Londres que no haya escuchado tal magnífica sucesión de palabras, en perfecta dicción. Hasta tal punto que el otro día, en un arrebato de confianza, se acercó a los dos únicos estudiantes españoles de su clase, y les soltó con convicción:

- Biaal vidioclub a-alquilaar un-a pilíicula.

A lo que ellos respondieron con cara de :? o, lo que viene siendo, un WTF en toda regla.


15
marzo 11

Vejez, viruelas, sarampión… todo

Ayer mismo le decía a Frommage que no pasa nada porque el pelo se le vuelva blanco. Que es normal, que es señal de que jamás estará calvo, y que, además, seguro que le queda bien.

‘Serás el Richard Gere alemán’, le decía.

El pobre estaba histérico porque le había encontrado tres canas de golpe, y, como cada vez que le encuentro una, me suplica que se las arranque de cuajo, yo le repetía  una y otra vez lo que dicta la sabiduría popular española, y, más concretamente, mi madre:

Yo (como un mantra): Si quitas una te salen siete.

Frommage (un poco pálido): Bueno, pues entonces córtala…

Pues bien, en estas estaba yo hoy, probando un serum nuevo que me va a dejar el pelo más brillante que si me lo hubiesen barnizado, cuando, de repente, mientras me pasaba el cepillo más feliz que Rapunzel, me he encontrado esto en la mano:

Efectivamente, la cana se me ha quedado mirando, riéndose de mi cara de estupefacción.

‘Ja ja ja’, la he oído decir, ‘Quién ríe ahora, eh… ‘

La cana y yo sabemos que, de donde viene, hay muchas más como ella, aunque yo no las pueda ver.

El shock de mi frondosa melena tornándose en un estropajo como el de la vieja de los gatos no ha sido el único de la semana: cada vez tengo más claro que tendré que ponerme gafas, porque ya no distingo a un caballo de una bici cuando los veo de lejos. Si esto sigue así, dentro de poco dejarán de pedirme el DNI en los bares (cosa harto habitual debido a mi aparente, aunque falso, aspecto de lozanía), para convertirme en una techno-yaya más. Que yo me pregunto: ¿pero por qué yo? Si estoy muy bien así.

En otro orden de cosas, el sábado, Frommage y yo decidimos darle una oportunidad al restaurante español que hay al lado de casa, en uno de esos días que dices ‘hoy me lo gasto todo y que sea lo que Dior quiera el resto del mes’.

Él no lo sabe, pero todo forma parte de un elaborado plan que consiste en lavarle el cerebro para llevármelo a España.

El restaurante español decía ser experto en paellas.

Yo (mirando a los obviamente infelices clientes de la mesa de al lado): Mira, Frommage, antes de que cometas un error te voy a explicar lo que es el socarrat…

Finalmente no pedimos paella, thank God, y optamos por las raciones, aparentemente segunda especialidad de la casa. En total, seis raciones Liliput más una botella de vino de El Bierzo.

Las raciones no estaban mal (he de reconocer que los mejillones al ajillo estaban megarricos, y no descansaré hasta hacerlos igual), aunque aún hoy sigo alucinando con la capacidad del restaurante de vender bajo el nombre ‘tabla de ibéricos’ el mismo jamón serrano que pone mi madre en los bocatas de los domingos. Que no es que no supiera ya lo que iba a pasar desde el momento en que posé mis ojos en el menú, pero Frommage estaba erre que erre con la tabla, y al final tuve que claudicar en favor de la paella.

He de decir que, a pesar de todo, el paladar jamonil de Frommage está más que desarrollado, y es comparable a los sentidos arácnidos de Spiderman en escala kartofeliana. De hecho, los dos coincidimos en que el punto álgido de nuestra relación fue este invierno, cuando conseguí facturar la paletilla de la cesta de Navidad para llevármela a Londres en plan octavo pasajero.

Nuestro jamonero handmade londinense.

Un elaborado plan, como os decía.


27
febrero 11

La porra de los Oscar

Esta noche, la mia mamma y yo hemos planeado ver la gala de los Oscar de Pe (lol) a pa en directo porque sí, porque nos compramos el Digital + el año pasado y esta edición nos vamos a tragar la gala como dos estrellonas.

Que yo tenga que coger un avión mañana nos importa poco.

Por eso, y antes de que empiecen los famosis a desfilar por la alfombra roja (¿volverá a aparecer Heidi Klum con un vestido del tamaño de un barco a motor?), he hecho ya mi lista-porra de los Oscar, aunque si por mi fuera le daría todos los premios a Black Swan y fulminaba la gala en media hora.

Mejor peli: ‘La red social’

Mejor director: Darren Aronofsky por ‘Cisne Negro’

Mejor actriz: Natalie Portman por ‘Cisne Negro’

Mejor actor: Colin Firth por ‘El discurso del rey’

Mejor actriz secundaria: Hailee Steinfeld por ‘True Grit’

Mejor actor secundario: Christian Bale por ‘The Fighter’

Mejor peli de habla no inglesa: ‘In a Better World’

Mejor peli de animación: ‘Toy Story 3′

Mejor documental: ‘Exit through the Gift Shop’

Mejor guión original: ‘El discurso del rey’

Mejor guión adaptado: ‘La red social’

Mejores efectos: ‘Origen’

Mejor banda sonora: Trent Reznor por ‘La red social’

¡Diorrrrrrrrrrrrrrr qué nerviooooooooooooooosssss!


23
febrero 11

El Genocidio de OT

Los de OT han tenido la deferencia de terminar el programa el fin de semana que estoy yo en Madrid. Con la esperanza de que todo fuese un sueño de Antonio Resines, o mejor aún, que estuviesen todos muertos, nos aposentamos el domingo mi hermano, yo y nuestra regia madre delante de la tele, para decir adiós con gran pesar al programa que dio a luz a Reke-són, Esther-minio y La Bicha entre tantos otros.

Como no podía ser de otra manera, os dejo con la última y definitiva…

¡¡Crónica de OT!!

1. Aunque todo el mundo me ha avisado del mal rollo que dan las galas, uno no puede dejar de pensar que nada, salvo tener piedras en el riñón, puede ser peor que ‘Qué me quiten lo bailao’. El éxito está asegurado.

2. Nada más empezar, aparecen ciento y la madre de extriunfitos para apoyar a los concursantes. Soraya, Chepablo, Gordelia, Chip y  Chop… BUSTAMANTE. ¡Qué emoción!

3. Aparece Pilar Rubio, que según me cuentan es el ente malvado que ha provocado el hundimiento de OT, además del hecho de que por circunstancias ajenas no hayan podido actuar en el programa Madonna, Lady GaGa, Los Beatles y Dios, tal y como indica Noemí Galera. Hablando de Dios, Pilar Rubio lleva unas hombreras de dimensiones tales que si se gira puede sacar un ojo al señor de la COPE.

4. El programa ha decidido acompañar los momentos dramáticos con la banda sonora de Jurassic Park. ¿Será porque un tiranosaurus rex está a punto de entrar en el plató y comerse a los concursantes?

5. El tiranosaurus rex es en realidad una anaconda de pelo eléctrico. La Ninaconda no duda en desencajar su mandíbula en directo para reivindicar la muerte de OT. Creemos que ella será la encargada de ir comiéndose a los nominados.

6. Geno-cidio asegura que Operación Triunfo ha sido la mitad de su vida. Recordemos que estuvo primero 1 día y, 10 años después, 1 mes.

7. Geno se convierte en la primera y última expulsada de OT, viviendo con ello su propio Día de la marmota.

8. Nunca se había visto la Academia tan poco transitada. Espero que lo de OT se solucione pronto #turismobisbal

9. Hay un hombre pegado a un tupé entre los concursantes. Ah no, espera, es Mario de Factor X, aunque ahora se llama como un presidente de los USA. Entre los otros fracasitos destacan también un clon de Virginia, una chica que parece un Pokemon y otro que es gordo pero no.

10. Me pregunto si los concursantes han elegido sus nombres sacando fichas aleatorias del  scrabble.

11. El jebi, aka. Naxxo, es una de esas personas de patada en la boca. Así, sin preguntar. Tu vas y ¡ZAS! en todos los morros.

12. La antítesis en nombre de Naxxo, Nicco, se reboza por los suelos y hace cosas feas con el micro. ¡¿Pero no se dan cuenta de que este programa lo vemos con nuestros padres?!

13. EVA PERALES SE HA CARGADO EL PREMIO DEL GANADOR. Las cotas de cutrez alcanzadas por Telecinco superan los límites de lo veragüenzamente ajeno posible. Tras una votación menos emocionante que una carrera de caracoles, gana Nahuel, pero no le dejan volver a cantar ni nada. Le dicen que su madrina va a ser Paris Hilton. Es una broma. Ah, no, es verdad.

14. ¡¡Y POR FIN LLEGA EL MOMENTO ESPERADO POR TODOS!!

Ay la plataformica que se movía… ¿Os acordáis?

Y aquí la versión que cantaron el otro día:

A destacar el gallifante de Ahinoa o el momento en que el repelente niño Vicente es arrollado por Bustamante en un claro gesto de ‘calla, coño’.

Y eso fue todo… Corto y no muy intenso, una gala a la altura de Telecirco. ¡Adiós OT! Todos te hemos querido… Te echaremos de menos…


14
febrero 11

El extraño momento en el que todo está en equilibrio

Ayer, Frommage y yo decidimos pasar el domingo en casa, después de habernos tirado todo el fin de semana celebrando un mix de ‘aniversario-del-día-que-nos-conocimos’ con ‘san-valentin-esa-fecha-que-no-vamos-a-celebrar-porque-estamos-por-encima-de-eso’, y que nos ha dejado más agotados que si hubiésemos escalado el Everest cojos.

Aunque habíamos hecho un acuerdo de que nada de esto nos importaba, y que no nos íbamos a regalar nada ni hacer nada, al final nos las hemos apañado para que todo, absolutamente todo en nuestras vidas haya girado en torno a lo mismo, desde cenar en Chinatown, a pasear por el British Film Institute, o recrear cual nerdos la escena donde nos conocimos, 365 días después. Que ahora lo pienso y digo, ‘Dios, qué vomitivo’, pero a las 4 a.m. nos pareció la mejor idea que habíamos tenido en la vida, y no hay más que hablar.

El domingo, como os decía, nos quedamos en casa, siguiendo la progresión inversamente proporcional propia del finde, que implica que si el viernes sales a muerte, el domingo eres un ser gatuno, incapaz de abandonar el hogar.

Los domingos en casa suelen componerse de las siguientes actividades:

- Ver la tele.

Y ya.

Esto es amigos, LA TREPIDANTE VIDA LONDINENSE.

Aunque os parezca un rollo de plan, ver la tele a la inglesa es toda una experiencia, y los domingos por la tarde, a diferencia de los telefilmes de sobremesa de Antena 3, tienen una programación increíble que gira en torno a un único tema: COMER. A destacar:

1. El programa de cocina exprés de Jamie Oliver, que encadena mil menús superricos para hacer en 30 minutos, y que hacen que llegues a la cena con más hambre que un oso polar.

2. La versión británica de Ven a cenar conmigo: partiendo de la base de que los ingleses no tienen ni pajolera idea de lo que están haciendo cuando entran en una cocina, ver a la selección de lords, hooligans, abuelas y tecnochonis del programa destrozando recetas se convierte en el momento más esperado de la semana.

3. La programación dominguera culmina con un episodio de hora y media de The Promise, la serie de Channel 4 basada en el conflicto entre Israel y Palestina, y que si no os habéis bajado ya de Internet os recomiendo que lo hagáis antes de que Sinde-scargas os meta en la cárcel.

Inspirado por nuestro televisor, Frommage cocinaba lentejas y spätzle, mientras yo me rebozaba por el sofá, viendo orgásmicos primeros planos de ensaladas de calabacín y pasta marinera.

‘Tengo hambreeeeeeeeeeeeeeeeee’

Después de The Promise, me metí corriendo en la web de RTVE para ver lo que quedaba de la gala de Los Goya.

Enfrascada estaba viendo el discurso de dos mil horas del ganador al Goya Homenaje, cuando de repente escucho por encima de mi hombro y en perfecto castellano:

Frommage: Santiago Segura vestido de color blanco y sin camiseta de Torrente.

Yo (maravillada): ¿Qué has dicho?

Frommage: Santiago Segura vestido de color blanco y sin camiseta de Torrente.

Yo (más maravillada aún): ¡Lee más!

¡Total, que he descubierto que no solo lee de corrido en español, sino que además entiende lo que lee! Así que me he propuesto enseñarle español a partir de ahora. Para verano estará leyendo los Episodios Nacionales de Galdós.

Viendo los Goya, le informé de lo mucho que la gente en España odia a Javier Bardem y Penélope Cruz.

Frommage flipaba.

Frommage: Entonces, ¿sólo les odian porque son famosos?

Yo: Si.

Frommage (con la misma cara que cuando le comuniqué que el pan engorda): ¿No les importa que sean buenos actores?

Yo: Nadie piensa que sean buenos actores.

Frommage: A mí me parece que Javier Bardem es muy guay.

Yo: Y a mí. Pero como no se llevan bien con los periodistas del corazón, los programas nos hacen creer que odian a los españoles. Así que los españoles les odian a ellos.

Frommage: No entiendo nada.

Yo: Ya te hablaré de María Patiño.

Por la noche le hice jurar que no me iba a regalar nada por San Valentín, bajo ninguna circunstancia. Eso sí, esta mañana, según he puesto un pie en el suelo para salir de la cama y ponerme a trabajar, me ha agarrado del pantalón, justo después de roncar algo en alemán, y me ha soltado:

Frommage: Hapfghdeiyelofenjsnu.

Yo: ¿Qué?

Frommage: Happy Valentine’s day. I love you.

Y ha seguido durmiendo.


29
enero 11

Home intruders

Miradle bien: que no os engañen esos ojillos de pena como diciendo ‘dame pipas’, ni las manitas, ni las orejas redondas. Quedaos con su cara porque éste, y no otro, es el terrorista que se ha colado en mi habitación esta noche y me ha dado un susto de muerte cuando me he levantado a hacer pis a las 8 de la mañana.

En efecto: LOS RATONES NO MOLAN. Por muchos hámsters que hayas tenido en tu vida, ver a una rata gris según abres el ojo, desde tu futón a 20 centímetros del suelo, salir corriendo de detrás de la mesa para meterse en tu armario, es peor que una oleada de sudor en el metro, peor que el hígado a la plancha, y hasta peor que descubrir que tu camiseta preferida la tiene David Bisbal.

Del susto se me han cortado, claro, las ganas de hacer pis, porque yo soy de pis delicado y así no se puede, no señor.  En estas condiciones no se puede miccionar. Después del shock inicial, me he decidido, por fin, a saltar de la cama y cerrar el armario con el fin de dejar al bicho dentro, al menos hasta que mis compañeros de piso se levantasen.

He puesto un único pie en el suelo, por si acaso me atacaba, y me he estirado lo más posible hasta tocar la puerta, que he cerrado como si dentro en vez de un roedor hubiese un poltergeist. Con el movimiento, mi otro pie, que estaba en el aire al más puro estilo Black Swan, se ha autorrozado con la pernera del pantalón, y mi mente enferma, que no ha concebido que los ratones no vuelan, ha procesado en una milésima de segundo que allí estaba él, intentando subir por mi pierna, y he pegado un berrido más grande que si me estuviesen degollando.

Cuando por fin me he tranquilizado, he decidido que al igual que no podía hacer pis, así no podía dormir, y me he plantado a montar guardia mirando fijamente al armario lo que quedaba de noche. Por supuesto a los cinco minutos ya estaba más grogui que el protagonista de Mientras dormías, con la luz encendida eso sí, y ya no me he despertado hasta las 12, porque una es de vejiga fácil pero todavía puede dormir como si estuviese hibernando.

Por la mañana hemos puesto trampas y movido todos los muebles, donde, por supuesto, no había nada, porque ¿por qué iba a mostrarse colaborador el ratón? Eso sí, llevo todo el día con las botas puestas, y ya no creo que me las quite nunca.

ACTUALIZACION: Frommage le ha puesto nombre al ratón y ahora me da pena deshacerme de él.


21
diciembre 10

Volar en el único avión posible

Volcanes islandeses que explotan y convierten el cielo en el plató de Jesús Quintero, controladores aéreos del mal, y temporales de nieve que si los dinosaurios aún caminasen sobre la Tierra, se estarían cagando por la patilla del miedo. Hace un año y medio que decidí enfrentarme a mi pánico a volar autoaplicándome la terapia de irme a vivir a una isla, aunque no ha sido hasta después de lo vivido esta semana que puedo afirmar que ya soy lo más parecido a Amelia Earhart que existe.

No sé si os habéis enterado de que media Europa esta bloqueada por las nieves siberianas venidas de los Urales, de Wisconsin o de Dior sabe dónde. Afortunadamente, y a diferencia de algunos de mis amigos que se han quedado tirados en London a la espera de saber si podrán comer el rosbif en casa el viernes, mi avión fue de los pocos que ayer pudo despegar de Stansted, abandonando Londres tras de mi en pos de unos cuantos días en Madrid, y por supuesto la Jacetania.

El viaje, no obstante, no estuvo exento de bizarrismos, como no podía ser de otra manera.

Lo primero, la hazaña de llegar al aeropuerto. Si normalmente el tráfico de Londres tiene la misma densidad que el mercurio, cuando nieva la ciudad retrocede cien años en el espacio-tiempo: los autobuses, metros y tenes se retrasan hasta límites insospechados, generando un caos histérico mas propio del Apocalipsis zombi que de una tierna estampa Papanoelesca.

Por eso, y porque Veruca previsora vale por dos, ayer salí de casa con cuatro horas de antelación, a sabiendas de que el viaje iba a ser lo más parecido a atravesar Castilla La Mancha en carreta.

Para mi sorpresa, cuando llegué a Liverpool Street para coger el autobús que lleva al aeropuerto, el señor encargado de cortar los billetes me indicó que el servicio operaba con total normalidad, y que no habían detectado retraso alguno en todo el día. La cola, eso sí, llegaba hasta la Gran Manzana de Nueva York: por culpa del hielo, el tren que hace el mismo recorrido en la mitad de tiempo pero por el doble de leuros, había sido cancelado, así que todos los pasajeros del mundo esperaban para hacinarse en el interior del coche, al más puro estilo lata de anchoas.

Una vez dentro, y ya de camino a Stansted, todo se desarrollaba con la normalidad que permite la velocidad caracol, hasta que -obviamente no todo podía salir bien-, el autobús de repente empezó a hacer un ruidito y se deslizó muy lentamente hacia un lado de la carretera, donde decidió morirse a pesar de los esfuerzos del conductor por resucitarlo, y del pasajero español sentado a su espalda que no paraba de repetir ‘trata de arrancarlo Carlos’ en un loop increíble.

Quince minutos después, y cuando los pasajeros amenazaban con iniciar un motín, los más valientes decidimos hacer el kilómetro que faltaba a pie, arrastrando penosamente nuestras maletas por la nieve. Yo por supuesto ataviada con mis zapatos anti-invierno, osease, unas zapatillas de tela con suela de dos milímetros. Tras una carrera en la que casi morimos atropellados mil veces, llegamos, por fin, al aeropuerto, no sin antes vomitar medio pulmón gracias al frío polar. ¿Y todo para qué?, preguntaréis. Pues para tener que esperar una hora y media extra de retraso + cambio de la puerta de embarque en el último segundo, con la consiguiente carrera across the airport, y todos los españoles volviéndose locos como si el avión fuese a partir sin pasajeros dentro.

Menos mal que recargué el iPod antes de salir de casa y pude paliarlo todo escuchando las canciones apocalípticas que me pongo cuando dejo Londres.


17
diciembre 10

My from is Burgos

Una de las mejores anécdotas de Kike (y no os creais que tiene pocas, tiene tantas que podría hacer un libro) es aquella vez que un compañero suyo tuvo que pasar un examen oral de inglés en el curro. El examen empezo tal que así:

Examinador: Where are you from?

Amigo de Kike (muy seguro de sí mismo y con convicción): My from is Burgos.

El resto es historia.

Si váis a venir a UK y tenéis el mismo jari con el inglés que el amigo de Kike, no os preocupéis: un ‘my from is Burgos’ soltado a tiempo, un ‘eskius mi, du yu nouguer is Oxford Strit?’ ( sólo en este caso, la palabra Oxford lleva una pronunciacion superior a la de la Reina de Inglaterra) o la socorrida solución idiomática de añadir el sufijo -éibol a todo lo que no sepamos decir (véase: bolsa- bolséibol, interesante-interesantéibol), es absorbido por los autóctonos con una mayor admiración que si tuviesen delante a una manada de osos panda chinos.

Ser español está de moda, y no lo digo yo, lo dice la tele. Y ya sabéis que lo que dice la tele va a misa. Los mil y un programas de cocina, realities y talk-shows (porque aquí la parrilla televisiva se compone en un 50 por ciento de programas de cocinar/ construir cosas, un 20 por ciento son series y el resto es Factor X), hablan de la paella, el Rioja y Xabi Alonso como si acabasen de descubrir el tesoro de Moctezuma. Incluso el propio Frommage, cuando le preguntan sobre mí, lo primero que suelta es un ‘Mein girlfriend ist from SPAIN‘ con más orgullo que la cabra de la Legión cuando la sacan a pasear.

A veces hasta tengo que recordarle que yo, como Andreíta Janeiro, no soy un mono de feria.

¿Vale?


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