Llevo unos días chateando con un chico majísimo, entended por lo de “chico” un cuarentón de mi edad, pero si os digo un “señor” me va a dar un bajón de tensión y una depre muy mala y me voy a tener que comer una caja de mazapanes para superar el disgusto de la no aceptación de mi edad.
A lo que iba, que hace unos días que chateo con uno que me parece majísimo, dice que es un aventurero, que le encanta comer, viajar y conocer sitios nuevos, suena perfecto, hemos incluso hablado por teléfono y como no parece un sicópata, me he decidido a aceptar su propuesta ¡a lo loco! de ir… ¡a comer este domingo a la sierra!
Lo he pensado mucho porque no es exactamente mi idea de viajar, pero teniendo en cuenta que iré en mi coche la aventura está garantizada, ¿aguantará tantos kilómetros? Me pongo en camino el domingo por la mañana, hemos quedado en un pueblito monísimo, de esos con 1.000 habitantes, para huir del estrés de la gran ciudad. Llego, eso ya es un gran paso. Qué bien, ahí está la señal, el pueblito está a 2 km. Me extraño porque veo muchos coches, pero sigo hasta el pueblo. Tardo en encontrar aparcamiento unos cuarenta minutillos, los 1.000 habitantes se han convertido en 10.000. La aventura ahora es encontrar a mi cita. Dos días tardaría en contaros cómo fue la búsqueda, móvil en mano, pero lo resumo. Nos encontramos, me esperaba junto a la plaza, quería enseñarme su coche. Entendí su concepto de aventura, tenía un coche de esos de ganadero que en lugar de bajarte, saltas. Ahora lo entiendo, el muchacho ha venido campo a través, por eso le llama aventura. Me dice que no, que ha venido por la autopista y me mira raro. No entiendo nada pero cambio de tema y vamos a comer. Son las 14:30 y nos dan mesa, en un ratito queda una libre. Esperamos ese ratito y a las 16:10 estamos ya sentados. Oye, qué buena pinta la carta. No queda casi nada y hay que pedir rápido porque cierra la cocina. No pasa nada. Una ensaladita de la casa ¡qué intriga, qué tendrá! Y unos entrantes para compartir. Lechuga, tomate, cebolla y un pimiento rojo frito encima. Vaya. Y unas cocretitas congeladas y una docenita de pimientos fritos, trece en total contando el de la ensalada. De segundo unos chuletones. El mío era el pequeño, kilito y medio máximo tendría. Me cuesta trabajo encontrarlo bajo las patatas fritas. Pero cuando lo encuentro, hago lo que puedo. No quiero parecer remilgada, pero de acabármelo tendría que ir a un curandero el lunes para que expulsara de mí todo eso. Todo glamur. ¿Postre? No yo no gracias. Como se pida un flan me da un pampurrio. Se pide un flan.
¡Ha sido un día especial, diferente (por suerte)!
La pena que como he ido en mi coche no he bebido nada, de haberme tomado un vino me habría sido más fácil decirle todo lo que pienso. Pero me he limitado a decir, ¡qué bien oye, tenemos que repetirlo! Y sin querer he tirado la tarjeta sim a un arrollo que había junto a mi coche.
Dos horitas nada más en volver, atascada desde el km 59 hasta el 2. Sigo soltera y me duele la tripa. Qué duro es esto.

