He pedido hora en un doctor (entiéndase que no pongo “/a” porque me da lo mismo que sea sr. o sra., con que tenga la titulación me vale). Pues eso, que he pedido hora, para hacerme un chequeo general en profundidad. Ojo, que no se preocupe nadie, ni los que me habéis cogido cariño leyéndome ni los que me lo teníais de antes. Yo me encuentro estupendamente, pero voy a revisarme ya mismo las transaminasas, los triglicéridos, la glucosa, los profiteroles, todo. Por supuesto, que me miren de arriba abajo el páncreas, el hígado, los riñones, la casquería en general. Y que vean si tengo el hueso de la cadera flojo como para partirse a la primera caída, si tengo los reflejos en orden, alopecia, las encías perjudicadas, y si mi estómago y mis dos intestinos asimilan bien el cereal, los lácteos… En fin, una revisión propia de la edad.
¿El motivo de este ataque? Sencillo. Ayer tuve una cita con un jovencito de casi 30. El chico majísimo, pero oye ni una arruga, ni un achaque, que si un venga otro vino que si un me zampo la tapa sea lo que sea que tenga, que si en mangas de camisa en pleno invierno, así el tío ¡a lo loco! sin pensar en las consecuencias.
Yo no puedo. No puedo volver a vivir una situación como la de ayer. La conversación fantástica pero unas ganas me daban de decirle “mastiiiica”, “bebe más despacio que te vaaaas a ahogaaaar”, “ponte una rebequiiiita”. Un sindiós.
Y llevo casi 24 horas dándole vueltas, qué mayor estoy, qué mayor. Y mañana no estaré sola, imagino que en la sala de espera habrá más de un empresario de esos de 70 años que echan los higadillos al subir los dos escaloncitos del restaurante y tomando sal de frutas escuchan a la joven que les acompaña, menor que mi cita normalmente, un vamos a bailar. Eso sí tiene que ser un buen golpe. ¿O es que ellos lo ven distinto?

