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marzo, 2007


30
marzo 07

Falsas esperanzas (en la cirugía)

Llevo un par de días esperando a escribir sobre el programa televisivo “Cambio Radical”. Antes de lanzarme quería tentar la opinión del público en general y de los especialistas. Porque aunque muchos habíamos visto imágenes similares en zappings diversos sobre la versión americana, parece que hay que verlo en carne nacional y sin doblar para darse cuenta de la dimensión del experimento.
Sin duda, es un programa comentado. Ver en apenas dos horas tamaña transformación engancha, ¡vaya si lo hace! Aunque sólo sea para no dar crédito ante tamaño cambio. Sinceramente, si hubiera sido el novio de la chica a la que pidieron matrimonio habría pedido primero un test de ADN para ver si era la misma… Porque era otra. No sé si mejor (hombre, esperemos que con una ropa interior algo más presentable que aquella que le ponen para esas ¡horribles! imágenes del “antes”), pero otra.
Y ahí está el miedo que despiertan en mí estos programas. Despiertan los instintos más primigenios de quienes desean dar un cambio de rumbo a su vida. Apelan a un milagro de factura posmoderna que pasa por el bisturí. Ofrecen soluciones inmediatas para problemas de siempre. ¿Se siente mal? ¿Fea? ¿Con mal tipo? ¡No hay problema! Zas, zas, zas, ¡ya está, listo, ahí tiene su nueva vida!
Ojalá fuera tan fácil. Más allá de que pocos podrían permitirse tantas operaciones y retoques en tan poco tiempo (y los ricos que pudieran ya haría tiempo que se hubieran hecho todas las operaciones que hubieran querido), un físico distinto no asegura una vida mejor. Es fácil pensar que todo irá mejor cuando se tengan unos dientes más bonitos / más pecho / menos cartucheras ¡o lo que sea! Pero lo único que se tendrá será unos dientes más bonitos, más pecho o menos cartucheras. Nada más. Bueno, eso con suerte, porque no son infrecuentes las intervenciones menos exitosas que no sólo no solucionan, sino que agravan el problema.
Los médicos estéticos y los cirujanos plásticos conocen de sobra al cliente insatisfecho permanentemente, ese que espera que una intervención cambie todo lo que va mal en su vida. Que cree que una liposucción le va a dejar las piernas de Claudia Schiffer aunque mida 20 cm. menos de alto y 20 más de ancho o que un lifting le devolverá la energía de la juventud en vez de sólo estirarle la piel. En esos casos, el espejo se convierte en un lugar donde volcar todo tipo de obsesiones, y ninguna buena.
No sé si hay milagros, pero desde luego no se producen en un quirófano, no. Es medicina, no más. Con sus logros, pero también sus limitaciones, y sólo cambia el físico, no el alma.


20
marzo 07

¡Al rico exfoliante!

Escribe una lectora sobre exfoliantes. ¡Ay, ahí me han dado! ¡En todo el
corazón! Porque servidora ama, adora, idolatra y reverencia los productos
exfoliantes. Sin discriminación. De todos los tipos y colores, formas y
tamaños. Es más: si me voy de viaje y se me olvida mi exfoliante del
momento, ya me las apaño yo para inventarme uno mezclando gel de baño con
sal de cocina o crema hidratante con azúcar. Tres días sin exfoliarme algo
y ya me noto yo que me falta algo…

Pero antes de que nadie tome mi manía personal e intransferible como una
ley cosmética, que quede algo claro: no todas las pieles necesitan – ni
soportan – el mismo nivel de exfoliación. En mi caso particular, tengo una
piel fuerte, grasa, con tendencia a las impurezas, que se puede permitir
tanto trato. Hay pieles sensibles, más finas, que deben ser mucho, mucho
más prudentes a la hora de hacerlo.

¿Cuál es la cantidad de exfoliación adecuada? La mejor regla es “escuchar”
a la propia piel. Comenzar poco a poco, exfoliando las zonas más gruesas
y/o grasas, y según reaccione, ir aumentando la intensidad o la frecuencia
o bien dándole tiempo a recuperarse. Si la piel se irrita, pica, se
enrojece, incluso se descama, ¡hay que echar el freno! Y, sobre todo,
cuidar después la piel con productos que le ayuden a recuperarse. Se trata
de estar ojo avizor, mirando y atendiendo a nuestro cuerpo para ver cómo
reacciona. Y recordar que no siempre reacciona igual: hay momentos en que
estamos más sensibles que otros, ¡y no sólo emocionalmente! También
cutáneamente. Por ejemplo, antes de la regla. O tras tomar el sol. Después
de depilarnos. Tras algún tratamiento estético. Si hemos usado una crema
que nos ha ido mal. De nuevo, se impone la regla del sentido común: ¡mejor
que nosotras mismas, nadie nos conoce!

No quiero dejar sin contestar la pregunta de la lectora: ¿exfolian más los
productos con gránulos más gruesos? No existe una respuesta tan
categórica. Los exfoliantes pueden funcionar por acción mecánica, es
decir, por la fricción con esas pequeñas partículas que notamos entre los
dedos. En ese caso, el tamaño puede ser un factor a tener en cuenta, pero
lo que de verdad importa es el material del que están hechas las
partículas. Para una exfoliación suave se usan gránulos de material
sintético, sin bordes irregulares, suaves, que no arañen. Pero por
ejemplo, para la microdermoabrasión se usan partículas diminutas que, sin
embargo, al ser de microcristales de aluminio, tienen gran capacidad de
arrastre. En este caso, hay que ir con muuuuuuuucho cuidado y respetar
atentamente el tiempo de aplicación que indica cada producto. Si no, es
fácil pasarse sin darse cuenta y, dos días después, ¡estar pelándose como
un pavo en Navidad! Otra cosa son los productos que se usan para el
cuerpo. Efectivamente, en este caso, se usan partículas mucho más grandes,
como sales marinas, que cubren mejor las superficies grandes. Reconozco
que siento auténtica debilidad por estos últimos: productos de cuerpo como
los de Origins o L’Oréal Paris tienen esas sales que realmente ¡se llevan
todo por delante!

Pero existen productos exfoliantes de acción química. No tienen gránulos,
ni falta que les hace. Actúan mediante ácidos que deshacen los enlaces que
unen las células de las capas superiores de la piel, consiguiendo así que
se suelten y liberen. Son excelentes para la piel grasa, porque consiguen
una limpieza profunda sin necesidad de frotar, un gesto que a veces puede
agravar los granitos. Estos exfoliantes pueden engañar las primeras veces:
acostumbrada a los productos que rascan, la sensación de suavidad puede
llevar a que, cuando nos demos cuenta, ¡estemos despellejadas como una
serpiente cuando muda la piel! El exfoliante químico por excelencia es el
Tónico de Clinique, que contiene ácido salicílico y se encuentra en cuatro
concentraciones, para adaptarse a cada tipo de piel. O las cremas con
AHA’s (ácidos alfahidroxiácidos) que se pusieron tan de moda en los 90 y
ahora vuelven dada su capacidad de dar luminosidad a la piel. ¿Otro
clásico? La línea Glycoline de Natura Bissé, que tiene todo tipo de
productos con ácido glicólico, desde lociones corporales hasta gel para
las cutículas.

Como ve, querida lectora, ¡el tamaño no es lo que importa!


12
marzo 07

Mi botox y yo

¿De qué sirve un blog si una no puede contar sus cosas? ¿Hasta las más íntimas? La semana pasada adelanté ya una de mis muchas contradicciones: por un lado, me encantan los rostros con arrugas, con cara de haber vivido. Y por otro, hace apenas un mes que me puse botox, ¡y no puedo estar más encantada con mis inyecciones!

Diré la verdad: tampoco es que tuviera muchas arrugas, más bien todo lo contrario. Es lo bueno de estar gorda: que la grasa las rellena desde dentro. Una infiltración natural, vamos. Pero a mis 41 años, ya los ojos se veian más pequeños, y las patas de gallo empezaban a formar surco. Así que ¡zas, zas! seis pinchazos en la frente y tres días después, por mucho que sonriera, no tenía patas de gallo. Pero lo que más ilusión me hace es que se me han subido las cejas. De repente, sin darme cuenta, a los cuatro días de mi “botox day” me encontré maquillándome como hace ocho años, con la banana en la cuenca del ojo. ¡No me había dado cuenta de que había dejado de hacerlo así porque se me había caído el párpado! De repente, tenía la mirada más despierta. Era como hace diez años, cuando todos los días daba por descontado que me iba a levantar con buena cara. Ahora, desde hace tres semanas, tengo los ojos más abiertos cada mañana, aunque haya dormido poco o mal. Eso sí, las bolsas siguen ahí, y las arruguitas de debajo, igual. Que el botox funciona, ¡pero tampoco hace milagros!

Espero no convertirme en una adicta a la toxina, aunque sospecho que una vez que una se ve bien, es difícil parar. Supongo que lo complicado es encontrar el equilibrio justo, ese punto que está entre tener buena cara sin convertirse en un rostro petrificado o acabar con unas cejas mefistofélicas y puntiagudas como las del Dr. Spock. Recuerdo a Nicole Kidman en “Cold Mountain”: se supone que estaba locamente enamorada de Jude Law y no había forma de vérselo en la cara, tan lisa como inexpresiva. (Y de sus cejas arqueadas ya ni hablamos, que un día se va a encontrar la pobre las cejas enredadas con la raíz del pelo, ¡a ver cómo se peina eso!) Lo bueno de hacer pública mi botox – manía es que tendré que autocensurarme y cortarme un poco si veo que paso del uso al abuso.

De paso, no quiero dejar sin hablar de un comentario que puso en el post anterior una lectora, diciendo que se pone botox todos los días gracias a una crema. Me temo que, como cantaría Alejandro Sanz, no es lo mismo. La toxina botulínica se inyecta directamente en el músculo, y es ahí donde actúa, paralizándolo. En las cremas, aunque se pongan activos similares (que nunca iguales) sólo se actúa sobre la piel. Son activos que relajan ligeramente la epidermis, pero no actúan en profundidad, es decir, en el músculo. Los médicos las usan para complementar la acción del botox, pero me temo que no tienen el mismo efecto, ¡ni de lejos!


2
marzo 07

Arrugas, años y Helen Mirren, ¡qué buena combinación!

Las arrugas no ponen años. Siempre lo he dicho, y ahora la oscarizada (y poli – multi -premiada) Helen Mirren lo ha demostrado con una sonrisa y un estilo que transmite 30 años, unas patas de gallo que hablan de 80 y una edad cronológica de 60.

Estoy convencida de que la gran mayoría de los que han visto a la actriz, con su impecable pelo blanco, unos ojos llenos de vida y chispeantes y una postura recta y erguida no se han fijado en sus arrugas. Que las tiene, y muchas, pero todas llenas de vida. Son arrugas de alguien de piel fina que ha tomado mucho sol, que se ha reído mucho, que no tiene miedo a gesticular y, probablemente, también de fumadora. Qué diferencia verla a ella, espléndida, con sus surcos en la frente y sus arrugas (nada de llamarle arruguitas ni finas líneas, lo suyo son arrugas con todas las de la ley), frente a un Peter O’Toole al que una mala operación de estética en los ojos más varias sobredosis de botox le ha puesto cara de alucinado permanente. (Eso por no hablar de la escena de la película Troya en la que se supone que llora la muerte de su hijo y lo que parece es que tiene graves problemas intestinales…)

Frente a la obsesión por la arruga, ¡que viva Helen Mirren! (Y esto lo dice servidora, que se ha puesto botox hace una semana, pero de eso ya hablaré en otro momento cuando supere mis autocontradicciones…)


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