En un mundo cada vez más artificial, más poseído por el espíritu del marketing, reconozco que siento debilidad y pasión por las cosas hechas con cariño. Esos objetos realizados con alma, corazón y talento, que le restan uniformidad al día a día y nos recuerdan que todos somos un poco especiales y diferentes. Tengo una lista interminable de esos objetos, pero como este blog es de belleza, me voy a dedicar a dos de mis favoritos. A lo mejor pensarán los lectores que rozo la publicidad, pero… ¿saben qué? Me da igual, porque creo que vale la pena abrir un hueco a productos que no tienen detrás ni dinero para publicidad ni grandes medios, sino sólo el esfuerzo personal de sus creadores.
Perdón, ¡creadoras! Porque quiero hablar de dos marcas hechas, literalmente a mano, por dos mujeres tan emprendedoras como admirables a las que, además, he llegado a tener la suerte de contar como amigas: Los Jabones de Mi Mujer y The Lab Room Beauty Collection, a la que dedicaré el próximo blog tras haber decidido quien va primero por orden estrictamente alfabético.
La historia de Los Jabones de Mi Mujer comenzó cuando Amelia Pérez se compró, junto a su marido Pablo, una casita en un pequeño pueblo de Segovia y Nunci, una mujer que había vivido siempre allí, le ayudó a limpiar la casa con un jabón que hacía ella. La sorpresa de Amelia fue tremenda: ¡jamás había visto producto que limpiara tan bien! Fue entonces cuando comenzó a experimentar para transformar esa fórmula tradicional del pueblo, hecha con sosa cáustica, para crear una fórmula ultranutritiva para el cuerpo.
Dicho y hecho. Amelia se puso a experimentar para hacer jabones con una base de aceite de oliva virgen de primera presión, usando siempre esencias naturales. ¡Funcionaban! Añadiendo manteca de karité, altamente hidratante, consiguió un jabón capaz de calmar su piel ultrasensible. Aprovechaba los fines de semana que pasaba en el pueblo para hacer jabón que regalaba a familiares y amigos. Se corrió la voz por el boca a boca, y un amigo periodista de la pareja quiso publicar algo sobre ellos. Cuando le preguntó el nombre de los mismos a Pablo, él soltó de forma espontánea: “Los jabones de mi mujer”.
Así comenzó una andadura increíble. A medida que recibía cada vez más peticiones para comprar sus jabones y el fin de semana no le llegaba para producir todo lo que se le pedía, Amelia abandonó su trabajo estable y reconvirtió su casa de Santiuste de Pedraza (Segovia) en una factoría. Se quedó sin salón, ¡pero a cambio tenía la casa llena de esencias, flores y jabones! Se lanzó al nada desdeñable reto de obtener todos los permisos de Sanidad, y siempre con la ayuda de su marido, reconvirtió la antigua casa de la maestra del pueblo en su taller y tienda. Fueron años de mucho trabajo, donde además de maestra cosmética hizo de carpintera, pintora, maestra de obras, agricultora, relaciones públicas… Finalmente, en 2006 abrió oficialmente “su” Taller – Tienda en el pueblo donde todo comenzó. Una tienda hecha con objetos comprados en viajes de la pareja para mostrar los primeros cuatro productos de Amelia, sus jabones de karité, manteca de cacao, miel y nerolí. Como dice Pablo, “hay que ver la que hemos montado con cuatro jaboncitos…”.
Y, ¿saben qué? La aventura continúa… Ya me han avanzado que dentro de poco nos esperan nuevas sorpresas más allá del jabón, pero siempre (siempre) con mucho amor.


