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mayo, 2007


31
mayo 07

Hecho con amor

En un mundo cada vez más artificial, más poseído por el espíritu del marketing, reconozco que siento debilidad y pasión por las cosas hechas con cariño. Esos objetos realizados con alma, corazón y talento, que le restan uniformidad al día a día y nos recuerdan que todos somos un poco especiales y diferentes. Tengo una lista interminable de esos objetos, pero como este blog es de belleza, me voy a dedicar a dos de mis favoritos. A lo mejor pensarán los lectores que rozo la publicidad, pero… ¿saben qué? Me da igual, porque creo que vale la pena abrir un hueco a productos que no tienen detrás ni dinero para publicidad ni grandes medios, sino sólo el esfuerzo personal de sus creadores.

Perdón, ¡creadoras! Porque quiero hablar de dos marcas hechas, literalmente a mano, por dos mujeres tan emprendedoras como admirables a las que, además, he llegado a tener la suerte de contar como amigas: Los Jabones de Mi Mujer y The Lab Room Beauty Collection, a la que dedicaré el próximo blog tras haber decidido quien va primero por orden estrictamente alfabético.

La historia de Los Jabones de Mi Mujer comenzó cuando Amelia Pérez se compró, junto a su marido Pablo, una casita en un pequeño pueblo de Segovia y Nunci, una mujer que había vivido siempre allí, le ayudó a limpiar la casa con un jabón que hacía ella. La sorpresa de Amelia fue tremenda: ¡jamás había visto producto que limpiara tan bien! Fue entonces cuando comenzó a experimentar para transformar esa fórmula tradicional del pueblo, hecha con sosa cáustica, para crear una fórmula ultranutritiva para el cuerpo.

Dicho y hecho. Amelia se puso a experimentar para hacer jabones con una base de aceite de oliva virgen de primera presión, usando siempre esencias naturales. ¡Funcionaban! Añadiendo manteca de karité, altamente hidratante, consiguió un jabón capaz de calmar su piel ultrasensible. Aprovechaba los fines de semana que pasaba en el pueblo para hacer jabón que regalaba a familiares y amigos. Se corrió la voz por el boca a boca, y un amigo periodista de la pareja quiso publicar algo sobre ellos. Cuando le preguntó el nombre de los mismos a Pablo, él soltó de forma espontánea: “Los jabones de mi mujer”.

Así comenzó una andadura increíble. A medida que recibía cada vez más peticiones para comprar sus jabones y el fin de semana no le llegaba para producir todo lo que se le pedía, Amelia abandonó su trabajo estable y reconvirtió su casa de Santiuste de Pedraza (Segovia) en una factoría. Se quedó sin salón, ¡pero a cambio tenía la casa llena de esencias, flores y jabones! Se lanzó al nada desdeñable reto de obtener todos los permisos de Sanidad, y siempre con la ayuda de su marido, reconvirtió la antigua casa de la maestra del pueblo en su taller y tienda. Fueron años de mucho trabajo, donde además de maestra cosmética hizo de carpintera, pintora, maestra de obras, agricultora, relaciones públicas… Finalmente, en 2006 abrió oficialmente “su” Taller – Tienda en el pueblo donde todo comenzó. Una tienda hecha con objetos comprados en viajes de la pareja para mostrar los primeros cuatro productos de Amelia, sus jabones de karité, manteca de cacao, miel y nerolí. Como dice Pablo, “hay que ver la que hemos montado con cuatro jaboncitos…”.

Y, ¿saben qué? La aventura continúa… Ya me han avanzado que dentro de poco nos esperan nuevas sorpresas más allá del jabón, pero siempre (siempre) con mucho amor.

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30
mayo 07

Uñas pintadas

Hay imágenes que a una se le quedan grabadas en la retina, y ésta es una de ellas. Era sencilla: una mujer afgana, cubierta por ese tremendo burka que, cubriéndolas de los pies a la cabeza, busca eliminar de ellas cualquier signo de individualidad, de feminidad, de lo que nos hace personas únicas y diferentes. Y por debajo de ese asfixiante burka asomaban, de forma casi clandestina, las yemas de sus dedos, apenas una mínima porción de sus manos. Manos que llevaban las uñas pintadas. Con un esmalte viejo, que obviamente llevaba muchos, muchos días. Era obvio que esa mujer (o niña o anciana, ¿quién podría adivinarlo bajo su cárcel de tela?) no se había hecho nunca la manicura. No se maquilló las uñas para los demás: era un acto privado, personal, un gesto de coquetería en un universo donde está prohibida.

Esas uñas me conmovieron. Me reconciliaron con mi trabajo de periodista de belleza. Me recordaron que sí, la pasión por estar guapas, por estar impecables, puede ser una cárcel o un nuevo tipo de esclavitud, pero que también arreglarnos puede ser una forma de encontrarnos con nosotras mismas. Una declaración de intenciones, personal e intransferible. Esa mujer se veia obligada a llevar burka, sí, pero por debajo estaba ella, y sólo ella. La que en un país tan árido como Afganistán encontraba un esmalte de uñas y se lo aplicaba, quizás sólo para poder verlo ella o sus hermanas.

Estés donde estés, desconocida, espero que algún día puedas liberarte del burka y maquillarte cuando o cómo quieras.


17
mayo 07

Cada cosa, en su sitio

Voy a confesar una cosa: hay días en que me vuelvo loca buscando comentarios a mis blogs… Me apasiona leerlos, saber lo que opinan los que están al otro lado, descubrir pensamientos tan acertados como interesantes… Eso, por no hablar de lo mucho que gusta leer cosas bonitas…

Sin embargo, tengo que hacer una pequeña matización: cuando en la sección de Comentarios me encuentro con preguntas, no puedo seguir ese hilo, aunque me gustara… Si no, el Blog se convertiría rápidamente en un consultorio, y esa es una sección que ya existe en Hola.com

Por eso, emplazo a quienes tengan cualquier duda o pregunta que entren en la sección de Belleza y allí me pregunten cuanto y como quieran. ¡Que para eso estoy! (Y dicho sea de paso, para eso me paga mi jefe entre otras cosas…) 

 

 


16
mayo 07

Psicodermatología: cuando la piel nos vuelve locos

Picores que no se van… Eccemas que se multiplican y disparan sin motivo aparente… Granos que aparecen cuando no hay motivo para ello… La piel a veces puede volver loco a su propietario. Literalmente, loco. ¿La razón? La piel y las emociones están mucho más unidas de lo que hasta ahora se creía, y los dermatólogos están estudiando cada vez más esos lazos invisibles que les unen para solucionar problemas que afectan seriamente la calidad de vida de millones de personas, como la dermatitis atópica, la alopecia areata o la psoriasis entre otras muchas.

Quienes tienen la mala suerte de sufrir alguna de estas patologías conocen una de las respuestas más comunes que les ofrecen los especialistas: “Es el estrés. Empeora con el estrés”. Lo cual rara vez ayuda demasiado porque en ocasiones no se sabe qué fue antes, si el huevo o la gallina. ¿El estrés provoca la psoriasis o es el verse lleno de placas y el picor constante lo que disparan el estrés? ¿O se alimentan el uno al otro como compañeros tan nocivos como inseparables?

Los datos que demuestran la relación entre nuestra piel y las emociones son cada vez más aplastantes. Entre otras cosas, porque la piel y el cerebro tienen el mismo origen ectodérmico, es decir, durante el desarrollo del feto salen de la misma estructura. Una unión que se prolonga en el tiempo y que ahora estudia, junto a otras cuestiones similares, una interesantísima rama de la dermatología, la psicodermatología.

Como un día me explicó la dermatóloga afincada en Barcelona Maria José Tribó, “la psicodermatología es un campo fascinante, aunque muy complicado porque te llegan pacientes que han ido rebotando de un médico a otro y cuyos problemas tienen soluciones complejas, que a menudo no se resuelven sólo con medicación”. Pocos pacientes que acuden a un dermatólogo quieren oír que una de uno de los aspectos de su tratamiento incluye terapia psicológica, o que su mente les está boicoteando sutilmente. Es un mensaje difícil de escuchar – y un tratamiento largo de seguir. Pero a veces la piel es tan sólo la mensajera de nuestro interior, el canal a través del que el cuerpo se comunica ¡aunque sea con picores, granos, eczemas o dolores!


4
mayo 07

Autobronceador con agua de Lourdes

Iba a escribir un blog sobre la primera crema que ha aparecido en el mercado destinada al cuidado de la piel del pene. Sí, como lo oyen. Y, para ser sincera, he de confesar que hice  tres borradores del mismo para volver a borrarlos inmediatamente después. Era incapaz de no decir nada que no fuera (a) ordinario; (b) obvio; (c ) despreciativo hacia el género masculino (sexismo no, gracias); o, (d) todo lo antes mencionado, pero a la vez. Por tanto, dejo la noticia de lado y, una vez comunicada, paso a otra noticia que me ha puesto los pelos como escarpias.

Una empresa americana va a lanzar un autobronceador que contiene agua del manantial de Lourdes. La firma Aqua Tan ha anunciado su intención de incluir agua procedente de la famosa gruta en uno de sus productos. Según Katianna Nightingale, la fundadora de la empresa, “nuestros productos contienen extractos botánicos y antioxidantes de propiedades curativas. Es natural que el agua de la fórmula venga también de una fuente con esas características”. La idea le vino a la señora Nightingale (que significa ruiseñor, dicho sea de paso) cuando unos amigos le trajeron una botellita de agua de Lourdes cuando enfermó de un cáncer de piel.

Personalmente, me parece una tomadura de pelo, mucho menos graciosa que vender perfume que no huele a nada o crema para el miembro masculino. Juega, de forma muy descarada, con dos factores muy sensibles. Por un lado, el miedo y la angustia de los enfermos. Por otro, con la fe. Y tanto uno como otro son palabras mayores, y no se pueden envasar en una botella.

Ya sé que a Aqua Tan nunca se le ocurrirá decir que su autobronceador es milagroso. No afirmará que cura nada. Pero se moverá cómodamente en una frontera muy sutil, muy delicada, y que es tan fácil de cruzar que exige duplicar – y respetar – la distancia de seguridad.

Ya sé que a la sra. Ruiseñor mi opinión le importará entre poco y nada, pero, como diría mi sobrina adolescente, “¡QUÉ MORRO!”


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