Lo confieso: en lo que a mi peso se refiere, yo siempre esperé un milagro. No uno pequeño, no, sino uno grande. Algo así como un rayo que entrara por la ventana, me diera en la lorza e hiciera desaparecer mis (muchos) kilos de más como por ensalmo. También soñaba con un jabón mágico que, al pasarlo por la piel, fundiera la grasa que había bajo ella y me permitiera salir de la ducha hecha una Claudia Schiffer cualquiera. Es más: a pesar de todo, en algún rincón recóndito de mi alma, en un sitio muy escondido, hay una parte de mí que sigue esperando un milagro de ese tipo.
A estas alturas del partido, sigo intentando convencerme de que esas cosas no pasan, pero lo cierto es que todo aquel al que le sobren unos kilos, pocos o muchos, siempre sueña con que esos adipocitos desaparezcan como por arte de ensalmo. Por eso, es difícil resistir la llamada de las “dietas milagro”. Prometen perder mucho en poco tiempo. Además, siempre hay alguien (lo que no sé es si es amigo o enemigo) que asegura que conoce a alguien que perdió un montón de kilos en un pis pas y sin pasar hambre. Siendo tan poderosa la atracción, ¿cómo resistirse?
Lo cierto es que las dietas milagro no existen, como sabe todo aquel que las ha hecho. Porque, me pregunto, si hubiera realmente una dieta milagrosa, ¿no la seguiría todo el mundo y dejaría de haber obesidad en el mundo universal?
Recuerdo una pregunta que me hicieron una vez en el Consultorio de hola.com, inquiriendo sobre las presuntas cualidades adelgazantes de llevar un ajo en el ombligo. Sinceramente, si colocarse un diente de ajo en la tripa sirviera para perder kilos (además de para repeler vampiros, oler ligeramente a refrito y parecer un poco raro…), ¿no iríamos todos con un ajo en el ombligo? ¡O en la oreja si funcionara!
Mucho me temo que para perder peso hay que mover más el culo y cerrar la boca, ¡no hay más! Es una ecuación matemática: quemar más de lo que se ingiere. Que es algo tedioso, duro y poco gratificante, pero… ¡es lo que hay!
Yo quizás siga soñando con perder kilos de forma milagrosa, de la misma forma que a veces me entretengo pensando en lo que haría si me tocaran 1.600 millones de euros o si George Clooney me invitara a su casa del lago Como, pero… sé que son sueños. Y nada más.


alguien que ha llevado una vida tan plagada de excesos y puede seguir tan guapa es uno de los grandes misterios de la Humanidad, incluso en la era del Photoshop, algo que me reconcome por dentro. ¿Cómo puede estar una escribiendo sobre las formas de evitar las celulitis llevando una dieta sana, una vida equilibrada y luego ver las esculturales piernas de Naomi en una pasarela y no sentir que está haciendo algo mal? Pues en vez de amargarme la existencia con sus piernas, lo que hago es fijarme en sus juanetes. Que los tiene, ¡vaya si los tiene! Vamos, tiene unos juanetes de tal envergadura que debería llamarles Juan I y Juan II y celebrar su santo cada 24 de julio. ¡Con un festolín por todo lo alto!
Por un lado, me parece bien que empiecen a poner un freno al obvio engaño de la publicidad cosmética, pero, por otro, ¿es éste el caso más adecuado?
y de raza blanca y la segunda, afroamericana.


