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diciembre, 2010


22
diciembre 10

Ayer, luna de Miel, en San Calixto. Hoy, Fabiola en facebook

 

Hoy la reina Fabiola está en Facebook, en la página del libro  Nacida para reina. Fabiola, una española en la corte de belgas. Ya son muchos los seguidores de esta página. Si quieres hacerte fan, tú también, sólo tienes que hacer click aquí.

 

Ayer, 15 de diciembre de 1960. Era media tarde. Sonaban los brindis finales del almuerzo festivo en el Palacio Real. Y los recién casados abandonaron las dependencias. En el aeropuerto ya les esperaba un avión con un plan de vuelo no revelado. Comenzaba el viaje de luna de miel, cuyo destino habían querido mantener en secreto, en el mismo marco de discreción que Balduino y Fabiola habían preservado desde que se conocieron.

Mientras el avión militar volaba hacia algún destino secreto  —luego se supo que era España—, los belgas se sorprendían al comprobar que el Rey, los Reyes —él y ella— se habían colado en sus hogares sin previo aviso, con gesto travieso y ojos de complicidad mutua, mediante un mensaje televisado. Ambos agradecían todas las muestras de cariño recibidas y se ponían sinceramente a su disposición, a su servicio, para tratar de mejorar su vida en todo aquello que fuera posible como consecuencia de su tarea y su responsabilidad al frente del Estado.

El rey Balduino, que tantas veces había meditado sobre la bondad y la trascendencia del amor humano, volcó en su mensaje televisivo una de las frases que mejor resumen ese valor tan sobrenatural, parafraseando al genial autor de El pequeño príncipe, Saint-Exupéry: «Amar no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección».

«Desde ahora —dijo el soberano— estamos unidos para serviros y para contribuir con lo mejor de nosotros mismos a la felicidad de cada uno de vuestros hogares».

Y Fabiola, que quiso expresar su identificación con el pueblo belga dirigiéndose a todos en francés y flamenco, abrió su alma colmada de felicidad y agradecimiento: «Gracias por vuestra inolvidable acogida; desde ahora, mi corazón y mi vida pertenecen no solo a mi esposo, sino también a todos vosotros».
Pronto se conoció que el avión militar que había partido desde el aeropuerto de Bruselas aterrizaría horas después en Sevilla, donde esperaba una discreta comitiva, que acompañaría a los Reyes hasta la pequeña aldea de San Calixto, en la provincia de Córdoba.

Allí, en el corazón del parque natural de Hornachuelos, la finca de San Calixto —propiedad de los marqueses de Salinas, parientes de Fabiola— acogía un convento de carmelitas descalzas donde se encontraba una de las íntimas amigas de la reina belga, con quien había compartido su adolescencia y su juventud. Se trata de Piedi Muñoz, hija de los marqueses propietarios de San Calixto, que tantas horas y tantas aventuras había vivido junto a Fabiola y a Pilar Sástago en Madrid. Aunque retirada en el convento siguiendo la llamada divina, nunca perdieron el contacto ninguna de las tres. De hecho, Fabiola —que vivió todo su noviazgo junto a Pilar Sástago— también confesó por carta a su amiga Piedi que había encontrado al hombre de su vida, el rey Balduino, que era perfecto, salvo por un único fallo: que era rey. Fabiola aseguró a su amiga que la visitaría en San Calixto en el primer viaje que realizaran juntos después de la boda. Y así lo hizo.

Los monarcas descansaron en la tranquilidad de la finca, durante unos días de frío y nieve, aunque brillantes y soleados en muchos momentos de la jornada. Pasearon por los caminos del enorme parque natural y disfrutaron como habían imaginado. Ajenos —aparentemente, al menos— a los múltiples movimientos de los reporteros, que ya conocían el destino secreto de los monarcas, varados en Hornachuelos y sin posibilidad alguna de lograr la foto soñada de los recién casados. Fueron unos días con un sabor especial añadido. Los monarcas se disponían a disfrutar juntos sus primeras Navidades.


15
diciembre 10

15 de diciembre de 1960. Fabiola se casa con Balduino, rey de Bélgica

El frío —cero grados— y la nieve caída durante la noche no frenaron el entusiasmo de los miles de ciudadanos que quisieron darse cita en torno al Palacio Real y las calles adyacentes por donde debía pasar la comitiva la mañana del 15 de diciembre de 1960, hace cincuenta años.

Eran las siete de la mañana y ya estaban prácticamente llenas las calles por las que tres horas más tarde pasarían los vehículos del cortejo nupcial. Los invitados ocuparon sus respectivos lugares en el interior del Palacio Real. Y poco antes de las nueve hizo acto de presencia el vehículo negro en el que viajaba el rey Balduino, que vestía para la ocasión el uniforme de comandante en jefe del Ejército belga. La Sala del Trono se encontraba ya dispuesta, abarrotada de acuerdo con el protocolo previsto, a la espera de la novia, para formalizar solemnemente el matrimonio civil de los contrayentes.
Minutos antes de las diez, la hora prevista, hizo acto de presencia Fabiola de Mora, que exhibía la diadema de la princesa Astrid -madre del rey Balduino- cuyos brillantes representaban las nueve provincias belgas.

El traje de seda blanca y de larga cola, sencillo y elegante —como lo interpretó Balenciaga, en armonía con el carácter de la española—, que se ceñía ligeramente al cuerpo, fue la atracción de todas las miradas. Ambos avanzaron lentamente, con paso firme y majestuoso, hasta situarse ante la presidencia del salón. El burgomaestre de Bruselas, Lucien Coormans, se situó en el centro de la escena para iniciar la ceremonia del matrimonio civil. Y tras leer los artículos correspondientes del Código Civil, Coormans se dirigió al monarca:

«Señor, ¿declara Su Majestad tomar por esposa a doña Fabiola Fernanda María de las Victorias Antonia Adelaida de Mora y Aragón?».

Balduino pronunció un oui firme y sonoro.

«Señora, ¿declaráis tomar por esposo a Su Majestad el rey Balduino Alberto Carlos Axel María Gustavo, príncipe de Bélgica?».

Oui dijo Fabiola de Mora y Aragón, en francés, un sí en francés que no dejó lugar a dudas sobre cuál era su deseo más íntimo.

La ceremonia civil concluyó. Los saludos y las felicitaciones se prolongaron y la salida hacia la catedral de San Miguel y Santa Gúdula se retrasó más de lo previsto.

La calle era una fiesta, con numerosos tonos españoles. Eran ya más de las doce del mediodía. Sonó el himno nacional belga y en la calle estallaron los ¡vivas! al descubrir a Balduino y Fabiola en el gran vehículo negro que iniciaba majestuosamente su camino hacia el templo, seguido del centenar de coches que formaban parte de la comitiva. De la Plaza Real belga, en dirección al Bulevar de la Emperatriz, miles de agentes con traje de gala trataban de mantener despejada la calzada. El vehículo nupcial se paró en frente de la catedral. Fabiola bajó lentamente, para permitir el ordenado despliegue de la larga cola, que inmediatamente fue sostenida por los diez pequeños encargados de ayudar a la novia en esta tarea. Balduino se unió a ella del brazo y comenzaron el ascenso por la escalera de la catedral.
Una mirada hacia atrás descubrió a los contrayentes un mar de colores, entre los que predominaban el rojo y amarillo de la enseña nacional española; y cientos de fotografías de la nueva pareja real belga. El murmullo se intensificaba a medida que se descubría en toda su dimensión el traje de la novia, mientras se sucedían los saludos entusiasmados, a voz en grito. Y sobre todo, la aclamación más repetida: «¡Viva la reina Fabiola!».

Arriba, bajo el pórtico de la catedral, el arzobispo auxiliar de Malinas, monseñor Suenens esperaba a los contrayentes, a los que saludó con su bendición. Y les mostró el camino hacia el altar mayor, tapizado de rojo por una larga alfombra, que recorrieron lentamente ante la atenta mirada y los saludos de los numerosos invitados. Ambos hicieron una cuidada reverencia ante el Santísimo y ocuparon sus respectivos lugares a la espera de que el cardenal Van Roey, arzobispo de Malinas y primado de Bélgica, iniciara la solemne ceremonia:

—Balduino, Rey de los belgas, ¿deseas libremente, por propia voluntad,  contraer matrimonio con Fabiola de Mora y Aragón, aquí presente?
Oui.
—Fabiola de Mora y Aragón, ¿deseas libremente, por tu propia voluntad, contraer matrimonio con Balduino, Rey de los belgas, aquí presente?
Oui —dijo Fabiola de inmediato y con tono suave y firme.

El sí de los ya monarcas belgas fue recogido con todo detalle por las cámaras de televisión, que retransmitían en directo la ceremonia para todos los países conectados en esos momentos a la red de Eurovisión. Los potentes focos descubrían la belleza del templo, cuyos nervios de piedra aparecían salteados por cientos de claveles blancos.

Comenzó la santa misa, que fue oficiada por monseñor Danneels, sucesor de Suenens, y seguida con un visible recogimiento por los monarcas, muy especialmente en el momento de la comunión. La ceremonia finalizó con las felicitaciones, mientras sonaba el Magnificat de Juan Sebastián Bach. Al aparecer de nuevo en el pórtico catedralicio, las espadas de acero de los graduados de honor de la Academia Militar formaron un arco en homenaje al matrimonio, sonaron las ciento una salvas en honor de la Reina, volaron los pichones soltados al aire en señal de paz y repicaron todas las iglesias católicas de la capital, mientras las miles de personas allí congregadas —ya eran más de las dos de la tarde— entonaban con fuerza, al unísono, el nombre de Fabiola, a la que aclamaban como su reina.

Ya en el Palacio Real, los monarcas atendieron la demanda de los bruselenses, que solicitaron su comparecencia en el balcón. Eran casi las tres de la tarde y los invitados ocuparon sus respectivos asientos para compartir el almuerzo nupcial con los Monarcas.

Extracto de los capítulos 34 y 35 del libro Nacida para reina. Fabiola una española en la corte de los belgas. Espasa 2010, 3ª edición. 19,90 Euros. Fermín J. Urbiola.


13
diciembre 10

De vuelta a Bélgica

El martes 6 de diciembre de 1960, hace 50 años, Fabiola de Mora y Aragón volvió a Bruselas. El avión militar enviado por el rey Balduino -un DC 6 pilotado por el capitán Binon y cinco tripulantes- esperaba en el aeropuerto madrileño de barajas para trasladarla a la capital belga.
El día anterior, Fabiola visitó el palacio de la Nunciatura en Madrid. Después, en el palacete familiar de Zurbano,preparó su equipaje. Allí llegaban más regalos, como los que detallaba la agencia cifra el 5 de diciembre de 1960:

Madrid, 5. — La «Tuna Universitaria» de Madrid ha ofrecido al rey Balduino de Bélgica un traje completo de «tuno» adornado con terciopelo y raso; un muñeco vestido de «tuno» y otro de «heraldo», con un pergamino en el que consta el ofrecimiento. También le han enviado un álbum en el que se han incluido las fotografías en que doña Fabiola de Mora aparece con las distintas «tunas» que fueron a visitarla. — Cifra.

Madrid, 5. — Un abanico de gran lujo será el regalo de boda que el Gremio de Maestros Artesanos de Valencia ofrecerá a doña Fabiola de Mora y Aragón por conducto de la Obra Sindical de Artesanía. Este delicado recuerdo, de tanta solera española, constituye una verdadera obra de arte, ya que en su confección han colaborado los mejores artífices en esta especialidad de alta artesanía. El abanico constituye un armónico conjunto, entre el varillaje de marfil con los escudos nacionales da Bélgica y España, burilados y policromados, y el «país» de cabritilla, donde van pintados los medallones rodeados de orlas con los retratos de S. M. el rey Balduino y la futura reina doña Fabiola de Mora. Sobre todo ello, la corona real belga. Para completar el obsequio, se incluirán en otro estuche de lujo, ricamente decorado, un abanico de blonda, otro de calle y un tercero de bolsillo. — Cifra.

Falta muy poco para el 15 de diciembre de 1960, día en el que Fabiola se casó con Balduino, el rey de los belgas.


8
diciembre 10

Fabiola se despide de España

La experiencia más emocionante vivida por Fabiola en esas fechas previas al 15 de diciembre de 1960 fue la despedida de sus amigos los ancianos y ancianas del asilo de la calle Almagro de Madrid.  En aquel asilo conocían muy bien la dedicación y generosidad con la que Fabiola les había obsequiado durante tanto tiempo.

Con mucha frecuencia, los ancianos recibían la visita de la quien es hoy la prometida del rey Balduino: su compañía, su cariño y sus obsequios -tabaco y chocolate, entre otros detalles- para hacer más agradable su estancia en el Asilo de las Hermanas de los Pobres.

La priora del asilo, a la que conocían con el nombre de la Buena Madre, había sido testigo de la enorme generosidad de Fabiola, que durante años había atendido a los ancianos y, no menos importante, a las necesidades de la propia institución… La Buena Madre recordaría posteriormente episodios tan importantes como aquella ocasión, en la que ella misma, acuciada por la imposibilidad de hacer frente a la deuda de la panificadora, acudió a Fabiola, que, de inmediato, extendió un cheque por valor de las diez mil pesetas que debían al panadero. O aquel día en el que advirtió el deficiente estado de las camas en las que descansaban los veintidós matrimonios que residían en el asilo -que atendía a cerca de trescientos ancianos- y se ocupó de comprar veinticinco camas nuevas, con sus correspondientes colchones y juegos de sábanas.

Fabiola fue recibida por los ancianos al compás de las notas del himno nacional belga, «La Brabançonne», que previamente habían ensayado con todo cariño para agasajar a su amiga y benefactora. Fabiola se emocionó. Y disimuló las lágrimas con las palabras de aliento de siempre. Y con los obsequios habituales: bombones para las mujeres y tabaco para los hombres. Aunque no esperaba algunos de los detalles que recibió ese día y que le conmovieron extraordinariamente. Entre ellos, uno muy singular. Alfonso Díez había fabricado un parchís en cuyo tablero aparecían grabados cuatro escudos, uno en cada esquina, los correspondientes a los cuatro apellidos de Fabiola: Mora, Aragón, Fernández y Riera y Carrillo de Albornoz; y en el centro, dos manos entrelazadas junto a las banderas de España y Bélgica. Además, fabricó unas fichas con el escudo de España por un lado y el de Bélgica por el otro. Impresionada, emocionada, Fabiola asistió a la gran fiesta de despedida que organizaron los ancianos en su honor. Aunque la futura reina, como es bien sabido, jamás se olvidaría de sus amigos de la calle Almagro.


3
diciembre 10

Un regalo para la futura reina

Hoy, el día 3 de diciembre de hace 50 años, 1960, Fabiola estaba recibiendo innumerables regalos.
Y el Estado español deseó sumarse también a la amplia e intensa marea nacional de reconocimiento a la joven aristócrata.
Y fue precisamente la esposa de Franco, Carmen Polo, la que quiso protagonizar el evento, junto a su hija, la marquesa de Villaverde. Ambas se personaron en el palacete de los Mora, ante una nube de fotógrafos y reporteros, para dar la máxima solemnidad al acto de entrega del regalo del Estado —una corona— a la novia y futura reina de los belgas.
Carmen Polo y su hija, la marquesa de Villaverde, llegaron al palacete de Zurbano a las cinco y media de la tarde, acompañadas por la esposa del ministro de Asuntos Exteriores, señora de Castiella. En la escalinata fueron recibidas por el marqués de Casa Riera y su esposa. La reunión se prolongó durante poco más de media hora.
Se trata de una joya que se podía lucir como corona, diadema o collar —con las monturas apropiadas para cada caso—, con esmeraldas y rubíes que se disponían de manera distinta según el engarce elegido para la ocasión.

Fabiola de Mora exhibió la joya en distintos actos oficiales y en sus diferentes modalidades.
La primera de ellas, la víspera de la boda, durante el baile celebrado por la noche en el Palacio Real bruselense con los numerosos invitados, entre ellos, la práctica totalidad de las casas reales europeas.

La soberana belga escogió esta alhaja, como corona, para lucirla en sendas visitas oficiales, junto a la reina de la Gran Bretaña y junto a la emperatriz del Irán, famosas ambas por sus soberbios aderezos. También la escogió para su estancia en la legendaria Viena imperial, y, como diadema, se vio en Dinamarca, en Marruecos, en el Vaticano al visitar al papa Pablo VI, y en multitud de recepciones en la capital de su reino. Ya viuda del rey Balduino, la diadema ha vuelto a brillar recientemente, con motivo de la visita de los reyes Carlos XVI Gustavo y Silvia de Suecia a Bélgica. Además de este valioso regalo, Fabiola recibió la Gran Cruz de Isabel la Católica de manos del propio jefe del Estado en El Pardo, durante un acto oficial al que siguió un almuerzo en su honor, en el que estuvieron presentes las primeras autoridades.


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