Hoy la reina Fabiola está en Facebook, en la página del libro Nacida para reina. Fabiola, una española en la corte de belgas. Ya son muchos los seguidores de esta página. Si quieres hacerte fan, tú también, sólo tienes que hacer click aquí.
Ayer, 15 de diciembre de 1960. Era media tarde. Sonaban los brindis finales del almuerzo festivo en el Palacio Real. Y los recién casados abandonaron las dependencias. En el aeropuerto ya les esperaba un avión con un plan de vuelo no revelado. Comenzaba el viaje de luna de miel, cuyo destino habían querido mantener en secreto, en el mismo marco de discreción que Balduino y Fabiola habían preservado desde que se conocieron.
Mientras el avión militar volaba hacia algún destino secreto —luego se supo que era España—, los belgas se sorprendían al comprobar que el Rey, los Reyes —él y ella— se habían colado en sus hogares sin previo aviso, con gesto travieso y ojos de complicidad mutua, mediante un mensaje televisado. Ambos agradecían todas las muestras de cariño recibidas y se ponían sinceramente a su disposición, a su servicio, para tratar de mejorar su vida en todo aquello que fuera posible como consecuencia de su tarea y su responsabilidad al frente del Estado.
El rey Balduino, que tantas veces había meditado sobre la bondad y la trascendencia del amor humano, volcó en su mensaje televisivo una de las frases que mejor resumen ese valor tan sobrenatural, parafraseando al genial autor de El pequeño príncipe, Saint-Exupéry: «Amar no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección».
«Desde ahora —dijo el soberano— estamos unidos para serviros y para contribuir con lo mejor de nosotros mismos a la felicidad de cada uno de vuestros hogares».
Y Fabiola, que quiso expresar su identificación con el pueblo belga dirigiéndose a todos en francés y flamenco, abrió su alma colmada de felicidad y agradecimiento: «Gracias por vuestra inolvidable acogida; desde ahora, mi corazón y mi vida pertenecen no solo a mi esposo, sino también a todos vosotros».
Pronto se conoció que el avión militar que había partido desde el aeropuerto de Bruselas aterrizaría horas después en Sevilla, donde esperaba una discreta comitiva, que acompañaría a los Reyes hasta la pequeña aldea de San Calixto, en la provincia de Córdoba.
Allí, en el corazón del parque natural de Hornachuelos, la finca de San Calixto —propiedad de los marqueses de Salinas, parientes de Fabiola— acogía un convento de carmelitas descalzas donde se encontraba una de las íntimas amigas de la reina belga, con quien había compartido su adolescencia y su juventud. Se trata de Piedi Muñoz, hija de los marqueses propietarios de San Calixto, que tantas horas y tantas aventuras había vivido junto a Fabiola y a Pilar Sástago en Madrid. Aunque retirada en el convento siguiendo la llamada divina, nunca perdieron el contacto ninguna de las tres. De hecho, Fabiola —que vivió todo su noviazgo junto a Pilar Sástago— también confesó por carta a su amiga Piedi que había encontrado al hombre de su vida, el rey Balduino, que era perfecto, salvo por un único fallo: que era rey. Fabiola aseguró a su amiga que la visitaría en San Calixto en el primer viaje que realizaran juntos después de la boda. Y así lo hizo.
Los monarcas descansaron en la tranquilidad de la finca, durante unos días de frío y nieve, aunque brillantes y soleados en muchos momentos de la jornada. Pasearon por los caminos del enorme parque natural y disfrutaron como habían imaginado. Ajenos —aparentemente, al menos— a los múltiples movimientos de los reporteros, que ya conocían el destino secreto de los monarcas, varados en Hornachuelos y sin posibilidad alguna de lograr la foto soñada de los recién casados. Fueron unos días con un sabor especial añadido. Los monarcas se disponían a disfrutar juntos sus primeras Navidades.



