Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad:
ahora vienen y nos plantan
que ser feliz adelgaza.
¿Quién se lo iba a imaginar?
Y nos dicen, sin embargo,
que la ansiedad nos engorda,
y eso a mí ya me desborda.
Pero habrá que hacerse cargo,
y ¡hala!, a tirar por la borda
el error en el que estábamos
y era que, cuando engordábamos
-por culinarios deslices-
nos creíamos más felices
y que,cuando adelgazábamos,
era por ser infelices.
Siempre se creyó que el gordo,
feliz era en la gordura
que con él viajaba a bordo:
¡qué desilusión tan dura!
Si es cierto que la ansiedad
nos conduce a ganar peso
¿se imaginan lo que es eso?
¡Una faena total!
Y la ansiedad ¿por qué engorda
si habría de ser lo contrario?
Pues porque el ansia desborda
gustos, costumbres y horarios
y nos reclama glucosa,
sueña con el chocolate
y lleva a mil disparates:
por ahí empieza la cosa.
Y ¡cuidado con las dietas!
Mucho ojo y no se despisten:
hay muchas que ponen tristes
y hasta generan rabietas.
Y, si no estamos felices,
pueden ocurrir lo contrario
al efecto deseado:
no comeremos perdices
y hasta podemos quedarnos
con tres palmas de narices
y, encima de eso, engordando.
Posdata:
También lanzan otro órdago:
afirman que el sobrepeso
mucho más que en el estómago
suele estar…en el cerebro.
(¿Todo es cuestión de cabeza?
¡Dios mío! ¡Cuantas rarezas
atesora en sus adentros
la madre naturaleza!)













