Ha transcurrido ya un año
y Marta no ha aparecido
porque existe un mal nacido,
hecho de un criminal paño,
que, sólo por hacer daño
y a la indignidad uncido,
sigue jugando al engaño.
Su nombre: Miguel Carcaño.
(Sólo pronunciar su nombre
me da en el alma un chirrido
que hace que mi piel se asombre
y se rompa en sarpullidos).
¿De qué fibra y qué calaña,
de qué sucia catadura
serán, al fin, las entrañas,
el paño y las asaduras
de esta tremenda alimaña,
que prosigue con vil saña
y con turbias artimañas,
y a unos padres no les dice
-¡qué sucia esta sabandija!-
donde está el cuerpo de su hija?
Muchas veces me pregunto
si este asesino- presunto
a pesar de ser confeso-
pudiera ser un obseso
que sólo busca hacer mal,
y que es esa maldad ciega
el fin por el que se niega
a desvelar el lugar
en que descansan sus restos.
¿O es que le faltan arrestos
para decir la verdad?
¿O es que acaso está jugando
a un triste y macabro juego?
Si es así, ése será el fuego
en que se debe quemar.
Carcaño se está riendo
con descaro y villanía
de toda la policía
y la gente lo está viendo.
Que las fuerzas del averno
caigan sobre su vileza,
y que el fuego del infierno
lo devore con crudeza.
Y que sobre él la justicia
caiga como inmensa losa,
que descubra su malicia
mostrando sus inmundicias
de manera clamorosa.
Sólo añadiré una cosa:
tal vez los paños calientes
no valgan con esta gente
asesina y mentirosa.

