Desde la Punta El Castillo
hasta la Punta El Penote
Lastres a Asturias da brillo
y en el Cantábrico es brote
de fascinante paisaje,
ese mágico equipaje
con que la Naturaleza
tuvo la delicadeza
de adornar, yo diría aposta,
la grandeza de su costa
siempre en pleamar de belleza.
Villa que se asoma al puerto
y se refleja en la mar,
no hay pueblo más ejemplar
que Lastres, que vive abierto
a la solidaridad
puesto que crece en su huerto
el maravilloso injerto
de la generosidad.
En Lastres los visitantes,
por más que sean extranjeros,
no son nunca forasteros
pues llegan y, en un instante,
-de ello todos son testigos-
se convierten en amigos.
En tiempo en que no existía
la Seguridad Social,
Lastres ya entonces tenía
Cofradía de Pescadores,
que de manera ejemplar,
esa carencia suplía
a base de los sudores
de sus bravos marineros,
auténticos pioneros
y, a la vez, unos señores.
Lastres es pueblo ejemplar
y eso se lo da la mar,
que, distinta en cada ola
-mar en calma o con marola-
baña a todos por igual,
y se lo da la pericia
de su gente marinera,
que no entiende de malicia
por más que aguantó injusticias,
porque es gente de primera,
que, de todos para asombro,
sabe arrimar siempre el hombro
cuando aprieta el temporal
lo mismo que si hay bonanza
pero se ve en lontananza
que el semblante va ir a mal.
Diminutivo de hermano
es la palabra “hermanín”,
que en Lastres quedó en “manín”
y es saludo cotidiano
que, dicho desde el cariño,
es el más sincero guiño
que hacerte puede un lastrín,
que hasta te da el corazón.
Mas no le des un plantón
pues también sabe latín.
Hoy la palabra “manín”
es de Lastres santo y seña
y, cuando un lastrín la empeña,
es porque la va a cumplir.
Si esta villa marinera
es bella por su paisaje,
más bella es por su coraje,
que es su virtud más señera
y su auténtica bandera.
Le dejo aquí mi mensaje:
Venga a Lastres cuando quiera:
nunca habrá hecho en balde el viaje.