Durante varios años he tenido la suerte de trabajar como periodista freelance para numerosas revistas femeninas y publicaciones dedicadas a la salud y el bienestar. He escrito muchísimos artículos sobre alimentación sana, terapias alternativas, remedios naturales y químicos para las más variadas enfermedades, yoga, meditación y un largo etcétera.
Eso significa que también he leído montones de libros de autoayuda y psicología por cortesía de las editoriales que me los enviaban. He asistido a bastantes talleres y cursos de crecimiento personal gracias a la generosidad de quienes me han invitado a unirme a ellos. He tenido el placer de probar todo tipo de masajes, terapias y cosméticos.
En definitiva, he aprendido mucho y he tratado de transmitirlo de la mejor forma posible. Y si tuviera que resumir o definir cuál es la clave del bienestar y la realización personal, recurriría a dos conceptos que he leído y escuchado infinidad de veces.

Por un lado, la idea de que la felicidad se encuentra dentro de nosotros mismos. Ninguna persona o acontecimiento externo puede dárnosla o llevársela, puesto que se trata de una actitud, de una decisión íntima en la que nadie puede influir. No podemos controlar todo lo que nos ocurre, pero sí elegir el modo en que reaccionamos ante las circunstancias. Y esa es la razón por la cual, por ejemplo, Ana Frank escribió un diario lleno de esperanza y poesía a pesar de vivir encerrada con siete personas más en un zulo durante dos años mientras lo redactó.
Por otro lado, la idea de que el verdadero amor es incondicional, y consiste en dar por el puro placer de dar, sin esperar recompensa, ni validación, ni siquiera agradecimiento. Por el contrario, amar de forma inmadura significaría concentrarse solo en recibir, y responder con rencor, manipulación o reproches cuando el otro no actúa según nuestras expectativas. Así, la persona capaz de amar incondicionalmente está tan rebosante de amor que solo puede darlo, mientras que la otra se considera vacía y por eso busca amor desde la carencia.
Ambos conceptos (o ideas, o realidades) me han parecido siempre fascinantes y sabios. Y sin embargo, difíciles de aplicar en la vida cotidiana. Todos experimentamos momentos en los que damos amor sin esperar recibir, o somos felices aquí y ahora sin importar lo que ocurra fuera. Son instantes que resultan más intensos, brillantes, luminosos. Fogonazos que nos llenan de energía y nos hacen sentir felices. Y por eso todos sabemos, de una forma intuitiva, que en efecto ese es el camino hacia la felicidad y nuestra tarea es aprender a seguirlo sin desviarnos demasiado…
Tan interesante y complejo me ha parecido siempre todo esto que me inspiró el tema de mi primera novela, La gestión del yo. Su protagonista se llama Alicia, como el personaje de Lewis Carroll. Porque esta Alicia también se sumerge en un mundo muy peculiar. Cuando, harta de llevar una vida aburrida y mediocre, descubre los libros de autoayuda y los talleres de crecimiento personal, hablando de “el secreto” y la ley de la atracción, se le abre una puerta a una realidad diferente, al camino hacia el interior de sí misma. Cuando escucha a su maestro de yoga hablar del amor incondicional, el corazón le palpita más fuerte. Tanto, que Alicia se siente capaz de compartir el amor de un hombre con otra mujer.
¿Y por qué? Porque la verdadera felicidad se encuentra dentro de ella, independientemente del comportamiento de él. Porque todos podemos manifestar la realidad que deseamos. Porque amarle de verdad significa no esperar nada ni poner condiciones. O así deberían ser las cosas. O eso es lo que ella intenta…
¿Creéis que lo que se propone Alicia es un reto o más bien una utopía? ¿Se está engañando a sí misma o rompiendo esquemas? ¿Es posible amar incondicionalmente y no esperar nada de tu pareja? ¿Podemos mantener siempre una actitud positiva pase lo que pase?
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