Pertegaz, el genio que susurraba a los cisnes

Sé que el título, como tantos otros, no es del todo mío. Lo sé, pero el que me gusta, lo doy, y después pido perdón. Como en este caso. Con su vuelta, aunque nunca se fue del todo, el maestro Manuel Pertegaz actualiza este titular de más arriba. Porque aquel al que tanto entrevisté, sobre todo para ¡HOLA! e incluso antes de estar en ¡HOLA!, ha vuelto a la enorme actualidad, está en todos sitios, aunque se nos fue hace unos años a los noventa y seis, y parece que fue ayer, pequeño de talla, grande de talento, un genio, sí, un genio, además de que fuera el modisto que hizo el traje con el que se nos casó la hoy Reina Letizia aquel veintidós de mayo -ya es historia- del dos mil cuatro.

Servidor, porque siempre quiero añadir a ser posible que le conocí personalmente, le entrevistó por primera vez para televisión española en el setenta y dos, que yo tenía ajusten cuentas, casi treinta años. Pertegaz era uno de los grandes ya entonces y había bajado hasta la Exposición Mundial con otra serie de talentos y talantes de la época. Tuvo un éxito enorme, las cosas como son. Era elegante en la obra y también en el trato, con su hoyito en la barba, como aquel de Robert Mitchum, que ya le encanté entonces  que lo señalara en mi crónica lejanísima.

– No te olvides de decir que tú eres casi de mi quinta, de donde soy porque creen que he nacido en Barcelona como los grandes de la aguja. No, a Barcelona le debo todo lo que soy, pero nacer, lo que se dice venir al mundo, fue en un pueblo de la provincia de Teruel, sí, de Teruel, que se llama Obas.

Así era, y así lo dijo siempre, porque aunque tenía ya el leve acento catalán -Mediterráneo- que a mí me gusta tanto, lo cierto es que en el fondo estaba el paisaje austero, formidable, de esa tierra excepcional, única, corazón de Aragón, genial, donde yo un día pronuncié el pregón de la fiesta del Torico y de la Estrella, y la prueba es que mantengo cerca, entre mis libros, aquí donde escribo, aquella hermosa cerámica verde y negra de Gumiel que me regalaron hace tanto tiempo.

Bueno, pues de ahí, era, es, Manuel Pertegaz, el gigante de la moda de España, uno de ellos, bien es verdad, pero uno de los más universales, de la talla de Pedro Rodríguez de… Por no dar más nombres, aunque como ustedes saben, hay muchos y buenos.

Su historia es larga, brillante, y a la vez como era él, humilde y única. Volví a entrevistarle más tarde, sí, que le gusto mucho en NY a Barbara Hutton, la mujer más rica del mundo y después en Barcelona acudí a uno de sus desfiles de modelos. Se decía entonces que en su estudio de cerca de la calle Diagonal, hizo un perfume que así se llamaba, a muy poca distancia de aquella ¡HOLA! que nacía. Acudí también a otro de sus desfiles cuando abrió casa en Madrid en el barrio de Serrano, y subí, claro que subí, hasta aquel castillo suyo, fuerte, feo, formidable, como las tres efes que mandó John Wayne en su tumba el día que se muriera, y así se hizo, pero que causaba solemne impresión. Allí fue entrevistado y retratado más de una vez para nuestra casa, sentado en aquel sillón de rey, porque yo lo escribí en su día:

“Se merecía tal trono, era el rey de la elegancia”.

Leí el libro que de él hizo en su día la escritora Isabel de Villalonga, supe de su vida, nada fácil por cierto, hijo de labradores, que nunca perdió su rostro de campesino, más escondido que asomado, trabajador, que además dio de comer a muchos y muchas en los tiempos difíciles. Soltero, solterón, por mejor decir, elegante en su atuendo, discreto, otra vez, insisto, pero fantástico creador, que desde que llegó a Barcelona, ya estuvo cerca de la tijera. Tanto es así, que lo primero que hizo fue un traje de boda, interfamiliar para una prima cercana, creo. Luego abrió taller, siendo muy joven, casi un muchacho y hasta que se nos fue en agosto del dos mil catorce. Su castillo era como una historia de cruzados y les cuento que bajo la piedra y la hiedra, palabras que uso con frecuencia, le gustaba retratarse, siempre a ser posible con sus lentes de aumento -siempre tuvo gafas para ver mejor- y alguna de sus maniquíes, que eran por él mismo elegidas y enseñadas, paso a paso, por la vida y por la pasarela. Todas le querían como a un padre, después como a un abuelo, muy querido, y él con su aire de labrador las mimaba, las cuidaba, las regaba como si fuera raras orquídeas de un jardín que él conocía como nadie. Un día sí que daba de comer a los cisnes y que hasta los hacía más delgados y más elegantes.

Cita que lamento no poder transcribir en su totalidad y que hoy nos vendría a mano. Exquisito, manejador de los colores más españoles siempre, por ejemplo, el blanco y el negro, organizador de la pedrería más difícil, era un Marcel Proust de la costura y, aunque nacido aquel dieciocho de mayo del dieciocho, tenía la heroicidad de un joven, en un mundo como aquel en el que estaba Chanel y estaba Dior y estaba, qué sé yo, lo mejor de lo mejor. Se cuenta que cuando muere Dior se le llama para que acuda con urgencia a sentarse en su mesa a don Manuel Pertegaz y él agradece, pero se queda en Cataluña, en su Barcelona, de la que no se va nunca, aunque lo cierto es que viajó por el mundo entero, asombrando, causando sensación en su perfección, nunca un exceso, siempre, más breve la cintura más brava, y sobre todo, aquella forma suya de hacer aún más bella a la mujer, de convertirla en una mariposa, pero pisando fuerte, causando después del asombro el arrebato.

Ahora ha vuelto desde las vitrinas en las que estaba, lógicamente, merecidamente, para ser, ya era hora, sin esperar incluso al centenario, noticia. De él se están diciendo grandes, muy grandes cosas, y su nombre no solo suena a leyenda, sino a lo que fue de verdad, un grande de la elegancia, de no solo la forma de estar sino la forma de ser a la que te obligaba llevar “un algo de pertegaz” ya fuera un vestido, un traje, una corbata, un perfume, que hasta incluso por haber, hay tiendas de segunda mano de la moda Pertegaz, que no envejece, como cuando uno iba a comprar unos gemelos, es un decir, en aquella tienda de la calle Hermosilla esquina a Velázquez, “que llevar algo de él”, te daba un toque de gusto, de modernidad, y de “nuestro”. Incluso le dieron un Oscar. Ava Gardner le visitaba en Barcelona, llegó a conseguir el rutilante traje de cimbreantes luces que llegó a llevar Salomé en el sesenta y nueve, aunque no pareciera suyo. Creó escuela, claro que sí, y le recuerdo ahora mismo, de aquella última vez que fuimos a comer al restaurante del Ritz de Barcelona donde siempre estaba aparcado el rolls de Xavier Cugat, aunque yo donde quería ir a la butifarra del Canario de la Garriga.

Era, lo que se dice ahora, un crack, pero sin armar otro ruido que el de su propia obra. Dicen que cosía él personalmente mucho de lo que luego era una joya puesto. ¿Dónde estará la aguja, suya, sin necesidad de que sea de oro, que tanto usó el maestro? ¿Dónde el acerico para clavar alfileres que siempre portaba a mano, o mejor dicho a hombro? ¡Un corazón de forma, sobre un corazón de artista! Se llamaba Ibáñez de segundo apellido, pero basto el primero para que sonara como un gran nombre marca de España, ayer, hoy y mañana. Muchos, o mejor dicho, algunos , de los que con él aprendieron en sus talleres, donde a veces llegó a tener setecientos empleados, son hoy grandes firmas de la moda de nuestro tiempo. Y ellos mismos lo dicen, lo reconocen, lo multiplican. Pertegaz, el maestro Pertegaz, mínimo y máximo, fue de lo mejor que hemos tenido en todos los aspectos. Por eso, cuando vuelve a ser noticia, otra vez, con todo lujo de titulares, en este blog de hoy, donde tantos otros nombres podría haber elegido. Pero como él, hoy, ninguno, como igual puede ocurrir mañana que pasado. Porque lo que es único, es eterno.

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