Ese señor que fue don Fernando Rey

Hace unos días, muy pocos, que aún continúa el resplandor de su vida y de su obra, el actor don Fernando Rey, y escribo con ”don” por que lo merece, ahora que cumple sus primeros cien años de vida. No está entre nosotros vivo, pero su actualidad será eterna. Porque fue uno de los grandes en toda la acepción de la palabra: un señor de verdad, no solo por su aspecto físico, vestido de barba o sin barba, elegante, culto, inteligente y ademas, un español de los inmensos. Quiero que conste en este acta de urgencia que es mis blog desde hace ya tanto tiempo. Su centenario, nació en la Coruña a finales de setiembre del diecisiete -todos los santos tienen octava-. Se ha celebrado estos días con exposiciones, retratos, conferencias y sobre todo, recuerdos de lo que fue en su forma de ser y de estar. Un personaje único, para los que tuvimos la suerte y el honor de conocerle.

Y de tratarle. Un servidor no sabe cuántas entrevistas le haría a lo largo de su vida, que fue larga sin duda, pero se nos fue después de eso que se llaman ”una larga enfermedad” en el inicio de la primavera del noventa y cuatro. Y parece que fue ayer, cuando escribíamos de su adiós.

Él se llamaba de apellido Casado, y todos o casi todos lo sabíamos. Su padre había sido un ilustre militar que tras la guerra civil (o incivil, como yo digo siempre) española del treinta y seis al treinta y nueve militó en el ejército de los perdedores, y fue condenado a muerte. Sin embargo, la pena le fue computada. Su hijo Fernando, a veces, muy pocas lo contaba, ayudó mucho a que su padre sobreviviera. Fernando Rey fue un actor excepcional que hizo no sé cuántas películas, el teatro, la radio, -tenia una voz formidable, – y la televisión.

Era intelectual, auténtico y un maestro en el arte de interpretar. Entre otras cosas, yo le estoy muy agradecido, querido Fernando, porque fue quien me presentó a Orson Welles, que estaba rodando en España Falstaff (Campanadas a medianoche) y con quien vivimos juntos la llamada tarde de Los Cochinillos, dado el que en el Mesón Cándido de de Segovia nos merendamos no sé cuántos pequeños cerdos asados, de los que daba gloria degustarlos. Por supuesto, Orson, el genio, era el doble que nosotros.

Fernando Rey ya digo, con barba, la más cuidada barba del cine español y quizá del europeo, que fue capaz de hacer desde El Quijote, ya casi al final de su vida, hasta aquella inolvidable película que se llamó Locura de amor, y en la que hacía del esposo de la  reina Juana, que enloqueció de cariño por el joven rey, su marido. Cada vez que hacía una película, ya de escritor en el olvido, ya de caballero con espada o de cardenal del renacimiento español, fernando, don Fernando, era noticia. Nos atendía a los periodistas, con afecto, y distinción.

Fue a Hollywood y aunque hizo alguna película, la verdad es que en cuanto pudo regresó a España, donde se encontraba a su gusto. Trabajó, junto a mujeres de gran fuste en el cine, como Silvia Pinal, en aquella película inolvidable y mundial que se llamó Viridiana y besó a las mas hermosas mujeres de su tiempo, en el séptimo arte como se decía antes. Inolvidable actor, elegante siempre, clásico vestido con su gorra de cuadros, que él me dijo un día, “era de noble arruinado”, debía estar en un probable museo del cine español, como poco y por lo menos. Hacía un clásico con armadura, como un viejo verde maravilloso. Te recibía siempre, creo que vivía cerca, por aquí por Chamberí, y he almorzado más de una vez con él en Segovia, insisto, donde además de joven vivió mucho tiempo. Se casó con aquella linda argentina que se llama Mabel Karr, y que era una delicia. Tuvo un hijo, escribía a veces y sobre todo, le gustaba la poesía de san Juan de la Cruz, que era, fue, su poeta preferido.

Algún día, bien que lo recuerdo, le dije aquello de:

-”A ver si por favor me prestas tu voz, que tengo que ir a dar una conferencia. Te juro que te la devuelvo, mañana cuando regrese.”

Tenía la vitrina, las vitrinas, llenas de trofeos que no exhibía y su sonrisa era distinta, preciosa, precisa. En Francia era un camafeo de la interpretación y figura en todas las enciclopedias del mejor cine europeo. Ahora que le recordamos, y bien, con admiración y respeto, ha sido el maestro de dos, tres generaciones de jóvenes actores, le envío hasta el cementerio de la Almudena donde reposa su recuerdo este puñado de palabras escritas, para el que fue un señor de la palabra y de la obra.

Te recordaré siempre, mi viejo amigo, que aunque te fuiste en marzo del noventa y cuatro, te acabamos de tener entre nosotros, en tu tierra natal, viejo marqués gallego de la Coruña, con el pazo de la memoria de piedra y de hiedra, que aunque nunca tuviste, te mereciste. Te seguimos queriendo porque como tú, señor aunque hicieras de señorito a veces, no hubo parecido. Y te lo dice un viejo, que contigo bebió mas de una vez la copa de vino de tu palabra, aquí y allí, en España y en América.

Felicidades en tu centenario, porque cumplir cien años en este país tan olvidadizo ya es toda una buena noticia.

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