Carta a Pepita, que ya estará con Chiquito

Querida, mi querida Pepita. Como tú ya sabes, porque donde estás se sabe todo, desde hace mucho tiempo escribo este blog en Hola.com casi todos los días, que me dicen que se lee en casi todo el mundo. Es por eso que te mando esta carta hoy solo para ti, aunque sé muy bien que como todo en tu vida, se la leerás a tu marido. Déjame que hable de tu marido como hablamos las gentes del sur, de las que tanto tú como él fuisteis hijos muy queridos, y más ahora que nunca. Que a veces ya sabes cómo es España, tenemos que morirnos para enterarnos de lo mucho que nos querían… y nosotros, a veces sin saberlo.

Pepita, quiero que sepas una cosa: yo presumo de lo que he conseguido en mi ya larga vida y ya soy casi de la misma quinta que Chiquito. Con el último adiós de tu esposo se han  roto los esquemas. Nadie había llorado, y con tantas lagrimas verdaderas, por el vació que deja aquel hombre, pequeño de talla pero gigante del alma, que nos alegró la vida durante tanto tiempo, tanto, tanto, que no se dará una criatura como él en mucho tiempo. Pepita de mi alma, cordobesa que has hecho más brillante a tu barrio de El Brillante de Córdoba donde habías nacido. Déjame que te diga niña, como en el sur nuestras madres nos dicen aunque ya hayamos cumplido cien años. Las flores de Málaga están mustias desde que se nos marchó ese sembrador de alegría que fue el  hombre de tu vida, el que más te quiso. Verás, escucha lo que te digo. Han escrito de él romances, páginas y hasta he leído en una tapia en el AVE, un grafiti, que dice:

“A Chiquito, que fue el más grande.”

Pepita, siempre de la mano, niña. Así siempre os veía, en la calle y en el teatro, donde tú siempre en primera fila. Ahora te quiero hablar sobre un día de hace ya mucho en Japon, donde llegó a ser un ángel porque lo entendía todo el mundo. ¡Qué bien llevaba el compás, qué bien bailaba con sus zapatitos de tacón, qué bien se echaba los cantes de la misma tierra que era (y que es)! Que va a seguir siendo. Como Miguel de Molina, por dar solo un nombre, o el mismísimo Juan Breva si es que tenemos que dar dos. Pepita, tu marido fue el Picasso, que era su paisano de la gracia, genio vivo de la alegría, Manuel Alcántara de la columna hermosa de la sonrisa.

Espantó, siempre que le dejaron hacerlo, la sombra de la tristeza. Vampiro, Gary Cooper de la gracia, padre coplilla inolvidable, que hasta el viejo Rey de España, siendo en tantas cosas inimitable, imitaba a tu marido. Ya sabes que yo hice la gestión que me pidió Chiquito, que quería que fuerais a verle a la Zarzuela. Pasé el recado al Rey, como algunas veces, y el viejo Rey te abrió las puertas del salón más solemne de su Palacio, rodeado de todos los suyos porque querían conocerte a ti. Porque además veían reír al abuelo en los momentos en que era necesario, más que llorar, alegrarse. ¡Ay, esta vieja España triste, Chiquito¡. Fíjate, Pepita, que hasta han pedido a toda página para él el título de marqués de Comor, duque de me cago en tus mulas, o barón (con be) de la alegría. En  cuyo caso tú serías, marquesa consorte, duquesa con suerte. Aunque ya fuiste reina única de su vida, compañera feliz, que aunque no tuvierais hijos, mira por donde ya tienes como pocos, más de ocho millones de andaluces que le adoran, y también a ti porque tú fuiste para él la vida. Fíjate si es verdad que cuando te fuiste nadie pudo ponerle en vena como tú la sangre nueva de tu amor, de tu cariño. Que me gusta más que amor, porque me contaban el otro día que tu le decías, ”te quiero”, que es más que ”te quiero mucho”, que pareciendo más es menos.

No tuvísteis hijos, vale. Pero mira por donde, ahora tenéis millones. Incluso yo, que soy un náufrago, un hijo pródigo, un vagabundo que cuenta las historias de los demás. Dile a Chiquito que aquí empeño -por otro lado, una de las pocas cosas que me quedan por empeñar- y que es mi vieja palabra aldeana, campesina,  andaluza, sureña… de que este año no pasa. Te van a dar, (te tienen que dar, pero ya, presidenta Susana Díaz) la medalla de Andalucía. Y mira si me juego en esto que aquí, díselo a Chiquito, dejo la mía que mereció mucho menos que él, incluso también mi medalla del trabajo, que tampoco la tenías. ¡Ay, esta vieja España que tanto olvida! Dale un  beso a Chiquito, pero dáselo en la boca. Y dile que lo estamos llorando tanto como en vida nos hizo reír. Dile que sin ti, yo lo sé muy bien, y no es un piropo, no le habría sido posible hacerlo. Os vamos a echar mucho de menos. Por cierto, Pepita, ¿no te has dado cuenta que desde que esta ahí tu marido, Dios está mucho más contento?

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