El cartón de leche sin acabar

Hasta esta mañana pensaba que una de las cosas más ruines que podía hacer un ser humano era dejar un brick de leche con solo unas gotas dentro para que le tocara reponerlo al siguiente. Porque de toda la vida de Dios, hay una regla no escrita en el hogar (sobre todo en los que hay hermanos pequeños) que dice que el cartón de leche lo repone el que se lo termina, y solo el que se lo termina. De manera que los hermanos mayores (que están más avispados que los pequeños) se aferran a un pequeño vacío legal para hacerle la faena a los pequeños: la ley habla de terminarse la leche, pero no dice nada de dejar ”un culín” en el cartón, unas gotas de nada, lo justo para no tener que reponerlo. Es el salvoconducto a un día más de desidia y pereza.
Como decía, pensé que no había nada más terrorífico que abrir la puerta del frigorífico, levantar el cartón de leche semidesnatada, y darte cuenta de que la fuerza que tu cabeza había calculado que había que imprimir sobre el objeto, es muy superior a la que realmente se necesita para levantarlo, básicamente porque estaba medio vacío. Esa frustración del momento es indescriptible: ese saber que te va a tocar echarte en la taza esas gotas finales, llevar el cartón a la basura, desdoblarlo como un origami a la inversa para que ocupe menos espacio (maldita conciencia ecológica), echarlo al cubo amarillo, ir a la despensa, sacar un brick nuevo, abrirlo (benditos tapones de rosca), y terminar la acción que habías comenzado hacía veinte minutos.
En realidad esto es como la vieja ley de la botella. Ya sabéis: “Ley de la botella, el que la tira va a por ella”. Aquí, quien dice tirar dice “tirar” dice “terminar”, y quien dice “ir a por ella” dice “reponer”.
Bien. Todo esto se queda a la altura de una broma de niño de cinco años cuando lo comparas con la sensación que se te queda cuando, después de haber pasado tus diez minutitos de gloria relajado, a gusto contigo mismo y  sentadito EN EL VÁTER; después de haberte dado un paseo virtual por el muro de Facebook de tus amigos y de haber tenido tiempo incluso de encargar un tele objetivo de 300 mm por Amazon mientras apoyas los codos en tus rodillas, vas a terminar la faena recortando del rollo de papel una inmaculada y suave tira blanca de doble capa,  para darte cuenta de que la susodicha apenas se despliega diez centímetros antes de desprenderse del todo de ese rollo de cartón marrón, que asoma rodando en el portapapeles como el niño tímido que se esconde detrás de la falda de su mamá.
Y es en ese momento cuando te das cuenta de que has sido engañado, estafado. Alguien que ha estado ahí justo antes que tú, te la ha jugado y te ha hecho el lío. No solo se ha ahorrado el trámite de tener que reponer el rollo, sino que te acaba de dejar a ti con un marrón encima muy serio. ¿Cuál va a ser tu próximo movimiento? Estás sentado, con los pantalones por los tobillos, con la guardia baja y con una capacidad de movimiento muy limitada. Piensa. Si estás con alguien en casa tendrás que vocear y suplicar que alguien se acerque a  territorio hostil (el tuyo), y te alcance un nuevo rollo. Pero, ¿y si estás en la oficina? O peor: ¿y si estás solo en casa? En este caso tendrás que tirar de imaginación e inventar algo, aunque con total probabilidad termines yendo por los pasillos, en cuclillas, rezando porque nadie llame al timbre en ese momento, a buscar la nave nodriza de los papeles higiénicos (ese enorme pack de 24 rollos que los almacena a todos dentro de un plástico) para que te salve la papeleta.
Pues lo dicho: que es una faena. Que dejar un rollo de papel higiénico prácticamente acabado y sin cambiarlo tendría que ser penado por ley. Y si no por ley, al menos por convenio popular. Castigado sin postre una semana, por ejemplo. O condenado a escuchar reguetón tres días seguidos sin pausa y sin poder frotarte los oídos.
Besos, abrazos y cariños a todos.
  • Cierto, Javi. Y eso que no has mencionado lo ridículo que te puedes sentir avanzando por el pasillo en busca de repuesto, con la mano izquierda sujetando el pantalón para que no se te caiga, y la derecha extendida tratando de no perder el equilibrio, por no poder andar correctamente, que acabaría con tus huesos sobre el parquet. Todo ello con el temor que alguien entre en ese momento en casa.

  • JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ!!!!!! madre mía me he reido un montón leyéndote y es que todo lo que dices es ¡¡¡totalmente cierto!!!!, en mi casa somos cuatro y yo soy la ÚNICA que repongo el papel higiénico y el cartón de leche, ¡¡¡¡¡¡SIEMPRE!!!!! y no veas que coraje me da.
    Es una de las pocas cosas en las que mis hijos siguen al pie de la letra al padre sin rechistar. Ainssssssssss. Un saludo. Rosa.

  • Javi!!!!!
    Ay el dichoso rollo de papel….Cuántos disgustos me ha dado.
    Por ello decidí que en ambos baños,dentro del armario,muy a mi alcance aún sentada en el trono,se encontraran decenas de rollos inacabables para no tener que salir por toda la casa culo al aire en busca de tan ansiado rollo.
    Un besazo,bombón!

  • Ayyy, ¡que bueno!jajajajaja
    Estaba leyendo lo del cartón de leche y justo he pensado que era peor lo del papel higiénico, jajajaja…
    Ayyy la convivencia!!!!si es que somos así….
    Muy bueno!!!!besos

  • Jajajajaja como la vida misma Javier!!!

    Y no hablamos ya de cosas tan sencillas como las migas en la mesa cuando vas a ponerte a comer tú, el plato en el fregadero para ponerlo en el lavavajillas….

    Eso es la vida corriente y es verdad,( y me he reído mogollón) cuando vas a hacer esfuerzo para levantar el brick y ves que te sobra fuerza y que casi lo subes como la copa del mundo,( en este caso, copa del chasco) y encima de paso, le metemos un meneo al estante de los huevos que por poco no salen volando…..

    Un beso bien “apretao” amigo!!!!

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