Aquellas noches de verano

—Hasta las 23:30

—Papá, anda, que estos se quedan hasta la una.

—Bueno, pues mira qué suerte tienen.

—No, en serio, déjame un poco más por favor, que además es sábado…

—Venga, hasta las doce. Y no me repliques más que al final te quedas sin salir.

Y así se zanjaba la negociación. Una negociación que, por otra parte, tu padre ya había ganado de antemano; ya sabía, antes de tener la propia conversación, cuándo y dónde iba a terminar. Como cuando regateas en un mercadillo por una camiseta o un bolso  de 10 euros y el vendedor ya sabe antes de empezar hasta dónde va a bajar. Y tú te crees que eres un hacha por haberle bajado dos euros, pero él sabía perfectamente en cuánto te lo iba a dejar…

Así peleaba yo noche a noche, minuto a minuto, la hora de vuelta a casa en verano. Porque en verano, las condiciones de salidas nocturnas de todos los jóvenes, mejoraron sustancialmente.  Ese es uno de los motivos por los que el verano era tan especial cuando eras adolescente; podías salir a “tomar algo” de lunes a domingo. Y si durante el invierno tu hora de vuelta a casa era, digamos X, en agosto se disparaba a  X más dos o tres horas.

Las salidas, eso sí, solían tener unas limitaciones: siempre con un grupo de amigos conocidos por tus padres; Si eran de lunes a viernes se salía por la urbanización (o la urbanización vecina de un amigo) o por el paseo marítimo, pero nada de discotecas, bares o ambientes “extraños”. Por supuesto, nada de beber alcohol. Un heladito, una crepe de Nutella o a lo sumo un cóctel suavecito que no fuera caro. Que no fuera caro porque para estas salidas entre semana no había paga extra; te las apañabas con lo que te había sobrado del finde. Por eso lo mejor era haber comprado algo por la tarde en el súper entre todos los colegas para luego ponerlo en común por la noche.

Las quedadas eran lo mejor. Primero por la temperatura: normalmente manga corta y, como mucho, una camisa o un jersey por si refrescaba. Eso era una gozada. Luego porque por las noches bajaban todos tus amigos de la urba. Todos con los que, por cierto, llevabas el día entero en la piscina o en la playa. Si alguno faltaba tenía que ser por causa de fuerza mayor y, por supuesto, nunca se repetía la ausencia dos días seguidos. A veces iba uno reclutando al resto por todos los apartamentos hasta que había formado un grupo más o menos sólido de cinco amigos y ya esperaban al resto, y a veces directamente se quedaba en un punto y todos iban apareciendo puntualmente (bueno, cada uno entendía la puntualidad a su manera) en el lugar de encuentro. A partir de ahí, tres o cuatro horas de risas, ligoteos, vaciles y, de vez en cuando, líos con otros grupos. Y así un día tras otro. Durante un mes. Y lejos de cansarte o aburrirte, ese mes pasaba volando.

Y cuando te querías dar cuenta, habían pasado cuatro semanas y empezabas a ver carteles de “vuelta al cole” en las marquesinas, y entonces querías morirte de pena y no te quedaba otra que esperar pacientemente un año entero a que volvieran a llegar las vacaciones. Y al año siguiente todos volvíais a reuniros ahí. Os ibais encontrando, así, sin más. Porque antes no había móviles, y con muchos de tu pandilla de verano no hablabas apenas durante el año. Así que la sorpresa era que, un día, aparecía alguien nuevo en la piscina. Y ese reencuentro era una sensación tan genial como cuando conseguías arrancarle a tu padre en la negociación media hora más .

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