El día que robé un reloj Cavalli

Quien más quien menos todos hemos robado alguna cosilla en nuestra vida, ¿no? A veces de manera consciente: entrar en un Pryca o una gran superficie y llevarse un disco o unas pilas, o un par de botes de crema.. (sí, tuve una adolescencia un poco “chunga”), y a veces de manera inconsciente: entrar a un supermercado, ponerse a “picar” una bolsa de patatas mientras haces la compra, y luego olvidarse de pagarla. O que tu hijo de 5 años coja un juguete y salga por la puerta del centro con total naturalidad para darte cuenta cuando estás descargando la compra en el coche de que, “oh, no, el niño ha salido con una pelota de goma en la mano”. Bueno, en fin, que si no lo ha hecho todo el mundo, seguro que una gran parte de él sí (o al menos eso quiero pensar yo para sentirme menos culpable…)

El caso es que allá por el 2005, estando en los desfiles de Milán, durante la Fashion Week, me confirmaron el desfile de Roberto Cavalli, que hoy es una marca un poco en desuso pero que en su época era lo más (esto es por pura vanidad, porque es bastante irrelevante para la historia).

Mi primer look (o cambio de ropa) eran unos jeans con una camisa muy tropical, con estampado de flores (¿o eran animales dibujados? o ¿era de estampado de leopardo? No recuerdo del todo), el caso es que era bastante cantosa y un punto hortera. Como complemento me pusieron algunos collares bastante hippies, un sombrero de ala ancha (como el de Rubén Blades) y un reloj bastante elegante y sobrio comparado con el resto del atrezzo. La caminata sobre la pasarela fue todo lo bien que pudo ir: respeté el ritmo de la música, no me entró la risa floja, no me tropecé conmigo mismo, no me equivoqué de camino…vamos, lo típico. Volví al backstage y me cambié a toda leche (como se cambian los modelos en los desfiles), dejándome puestos los complementos. No os haré descripción de la ropa porque, honestamente, no recuerdo nada y me lo tendría que inventar, lo cual quedaría bien para la línea narrativa del post pero fatal para mi credibilidad como contador de historias. Bueno, unos minutos después, me tocó volver a salir a la pasarela: de nuevo, afortunadamente, todo bien; no recibí ninguna ovación especial pero tampoco me abuchearon, lo cual está bastante bien para el autoestima de uno (gracias, estimado público milanés). Al volver al backstage, y sabiendo que no me quedaba ningún cambio más, solo tenía que esperar unos minutos, vestido tal y como iba, para hacer el “carrusel”, es decir, el paseíllo del final del desfile en el que todos los modelos salen formando una conga -pero sin el meneo-.

Terminado el carrusel y, por tanto, el desfile, ya solo quedaba cambiarse, ponerse la ropa y salir pitando al casting que tenía, media hora más tarde, en algún lugar del sur de la ciudad (también podría haberme inventado el sitio, pero, de nuevo, quiero ser fiel a la verdad). Salí del recinto del desfile, cogí el tranvía milanés (tan viejo y ruidoso como efectivo para llegar a los sitios), y cuando llevaba unas cuatro paradas, miré la hora: la hora estaba rara. La hora estaba mal. El reloj estaba mal. Todo mal. Pensé un poco y caí: vaya, me había llevado el reloj de Cavalli. Y ojo, evidentemente había sido de manera totalmente accidental y fortuita, pero allí estaba. En mi muñeca.  Y si estaba en mi muñeca es que no estaba en algún porta relojes del backstage del desfile. Shit.

Las fotos son de desfiles de Etro y Cavalli (de diferentes años). Obviamente son antiguas, pero son las primeras que he encontrado en Google, que no tengo a mano mi disco duro con todas las fotos. 

Total, que tenía dos opciones claras: tirar del freno de emergencia, bajarme, esperar otro tranvía y volver a devolver el reloj, o … hacerme un poco más el loco y “dejarlo estar”. Y como llevaba prisa, opté por lo segundo. Y bajé la manga de la camisa, miré al frente y me hice el loco conmigo mismo.

Días más tarde, y ya a salvo y sin que nadie se hubiera chivado del hurto involuntario a mi agencia, llegué a Madrid. Ya había observado anteriormente, concretamente el mismo día del percance, que el reloj no tenía pilas. Recuerdo pensar que era raro, pero supuse que habría sido un prototipo solo para el desfile y que por eso aún no le habían puesto la pila. Así que bueno, ya que había pasado por el riesgo de ser pillado, y ya que la etiqueta de “ladronzuelo de poca monta” me la había ganado, por lo menos tenía que aprovechar el bien sustraído. Así que lo llevé a una relojería. “Vente en un par de horas y lo tienes listo, chaval”. Y eso hice.

Al volver al cabo de un rato, entro, se levanta el señor que me había atendido antes de su silla, se acerca al mostrador y me dice: “oye, tú de dónde has sacado este reloj”? Aquí se me debió poner la cara que se les pone a los que se acaban de saltar un semáforo en rojo cuando les llega un coche patrulla y les da las luces largas para que echen el freno. “¿Yo?” (rápido, Javi, piensa). “Nada, me lo regaló un amíguete hace tiempo y ha estado en el cajón hasta ahora”. No creo que pasaran más de dos segundos hasta que el tipo me respondió, pero a mí se me hizo eterno (estaba cagado, la verdad. Pensé que de algún modo me habían pillado. Pero cómo?) —Bueno— dijo. —es que este reloj…está vacío. Es de muestra. No tiene maquinaria. Digamos que solo sirve de adorno–. Así que cogí el reloj, salí de la tienda, y me empecé a partir de risa yo solo. ¡Menuda vergüenza!

Yo no creo en el karma, pero si lo hiciera, este sería un buen momento para recordarlo…

Desde entonces no he vuelto a llevarme nada sin permiso. Ni siquiera una bolsa de patatas fritas, ¡lo prometo!.

En fin, voy a terminar ya que en dos horas cojo un vuelo a Colombia y tengo que terminar cosas..

¡Un besote a todos!

 

 

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