El lunar de María Félix no era postizo

Se lo digo, y no es por presumir, porque ese lunar lo he tenido cerca. Muy cerca, hace ya muchos años, antes de que se nos fuera de este mundo, pero no mucho después de que entrara en la leyenda.

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Porque el  entonces director de ¡HOLA!, mi maestro Eduardo Sánchez Junco, del que tanto aprendí, me envió a París con la misión de escribir las memorias de aquella mujer, sin género de dudas, única, a la que llamaron La Divina. Mexicana universal, bellísima, que además, había tenido una intensa vida amorosa. Fue la esposa, por ejemplo, de dos ídolos mexicanos. Del cantante Jorge Negrete, y del músico no menos mítico Agustín Lara, autor, entre otras cosas, de aquella canción que tanto canto, porque es el himno de mi  ciudad, Granada…

Tierra soñada por mí

Mi cantar se vuelve gitano

Cuando es para ti…

Etc, etc.

Así que me fui a París, donde vivía en aquel barrio elegante, junto al Sena, aquella dama misteriosa, fabulosa, con la que hablé varios días. Acababa de morir su último esposo, un francés que la amó mucho y la hizo su heredera, y María, nunca sola, vivía con un pintor ruso, siempre vestido de ruso, que además la estaba, lógicamente, pintando. De todas formas y colores. Vestida de odalisca, con un tigre domado al pie, de maja, de diosa…

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María Félix, la bella, distinta y distante, con la que hablé un largo fin de semana.

Sí les puedo decir que su actualidad aquí y ahora es porque anoche la vi en una película en blanco y negro, discutible pero interesante, muy interesante, al menos para mí. Camelia se llamaba y era una película de coproducción hispano-azteca, como se decía entonces. Una historia de amor, una tragedia en la que María hacía de dama de las camelias en la escena, y Jorge Mistral, su pareja en el cine, hacia el papel de un torero llamado en los carteles Rafael Torres. En la cinta el drama era grande, como la interpretación de los dos actores. A ella ya la había conocido yo en el festival de cine de Acapulco, al que yo llamé en su día, La noche de las mandarinas. Ahí fui invitado por el entonces hijo del presidente alemán, que llegó a ser gobernador de Veracruz en su tiempo. Cuando bajo aquel cielo estrellado, junto al océano, yo tuve la suerte de que me presentaran a la bella, con aquel collar de esmeraldas que llevaba al cuello, recuerdo que le dije:

– No sabe usted que alegría tengo, señora, al conocer en persona a una leyenda como es usted.

Y ella, me respondió desde su altura abriendo y cerrando las persianas de sus ojos oscuros, inmensos. Eso sí, con su poderosa voz de siempre.

– Le agradezco sus palabras no sabe cuánto, pero le quiero decir que eso de leyenda me huele a muerto.

¡Vaya corte el de la bellísima! Así la conocí aquella noche mexicana, entre mariachis, y luego más tarde, cuando me envió el jefe Eduardo para entrevistarla en su nueva casa de París. Bien es verdad que en alguna otra ocasión tuve la alegría, el privilegio, de hablar con ella en su casa del barrio rosa de la capital federal, y también aquella noche de fiesta, en su medio palacio de Cuernavaca entre buganvilias y trompetas.

Siempre, María, siempre la Félix, cada vez más María Félix, antes y después de sus recuerdos para ¡HOLA! Tenía un piso pequeño para ella, que siempre vivía en lugares de ensueño, y hablaba con pasión, diciendo cosas como esta.

– ¿De Agustín Lara me dice? ¡Pobre Larita! ¡Me quiso tanto!

Superviviente de tantos amores, María, a la que Agustín le escribo una canción mágica llamada María Bonita, María del alma, que se saben de  memoria de tanto cantarla todos los mariachis de la plaza Garibaldi.

Tan cerca de ella estuve que pude comprobar dos cosas.

Una, su olor a nardo y Chanel.

Dos, que sus pestañas enormes, inmensas, no eran falsas.

Tres, que su lunar del lado izquierdo del rostro como de cristal y jazmín, era suyo, si me permiten el palabro, suyísimo. Que se aguantaba valientemente en el espejo. Casi respiraba cerca de él, levantando un vaho como el del canasto a la espalda de aquella indita cargada de flores de pato que pintó Diego Rivera.

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Me contó muchas cosas, muchísimas, incluso salí con ella al París de la plaza Vendôme, en aquel Rolls blanco que conducía un guapo efebo negro vestido a la usanza Chanel, que aumentaba el resplandor de su leyenda.

Hablamos mucho. Si tienen tiempo, acudan a la casa ¡HOLA!, que publicó aquellos capítulos de la dama de México, que ya se fue de entre nosotros. También entrevisté en su día al actor Jorge Mistral, que hizo entre otras cosas aquella película con Carmen Sevilla, que se llamó La Siega. Le entrevisté muchas veces, era guapo, galán, más bien de estatua normal y, por eso, en la película de anoche comprobé que María no llevaba zapato de tacón sino sandalia plana, de esposa de Poncio Pilato. Cónsul de Roma en Palestina.

Debo tener por algún sitio aquella larga grabación, ¡ay si hablaba mi viejo magnetofón de pilas! Pero en su día para él habló aquella mujer valiente, a la que no le importaban los espejos, que ya es decir, en una dama excepcionalmente bella, sobre todo en blanco y negro, en el crepúsculo ya de su vida. Un día, una noche, me llamó por teléfono.

– Soy María, y le llamo desde París. ¿Podrías decirme si es verdad que van a poner ahí en España mi película aquella del Monte de la Ánimas? Si la ponen, no dejes de verla… sé que te va a gustar. Si voy por España te llamo, me debes con cocido madrileño en Lardy, según me has prometido.

No tuvo que decirme el apellido. María, sí, pero además, la Félix, aquella dama inolvidable, para mi colección de leyendas. De perfil, como aquella Nefertiti, la faraona de la historia del antiguo Egipto. Me atrevería a decir que tal vez más bella.

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