Carta al niño Gabriel, que tiene nombre de arcángel

No hay nadie, querido niño Gabriel, que me importe más que tú esta semana. Porque tú eres, sin duda alguna, el ser humano que más me interesa, que más importa, porque más me duele y más me acerca.

Verás, yo no te digo como ahora te dicen por ahí, el ‘pescaíto’ o ‘el chiquillo que tiene nombre de pez’. Nada de nada, pequeño. Tienes un nombre de pila de arcángel: aquel que anunció, ya sabes, y además tu propio apellido es uno de los más hermosos del tiempo porque es la entrega de aquel que lo dio todo por los demás aquel día en el Gólgota, que yo he visto en persona, y cuyo día de dolor se acerca. No, tú eres para mí ese niño de ojos negros con una estrella en el fondo que estos días ha sobrecogido a España, porque todos esperábamos saber de ti en tu resurrección, no en lo que ha sido el final de tu calvario. También es nuestro Gabriel el querido niño del que vamos sabiendo cosas. Quién eras, cómo eras, cómo conseguiste siendo simplemente tú, convertirte en la alegría de ese pequeño sitio que yo conozco de paso. Fíjate si es de paso, pero aún tengo conmigo en mi mano izquierda ni más ni menos que una sortija de oro de las minas de Rodalquilar, donde estuvo durante unos días tu cuerpo, en aquel pozo, bajo las estrellas más encendidas siempre del sur de España, donde te escondieron, ya cuerpo ligero, cuerpo perdido, mi pequeño Gabriel. Conozco esa playa de Agua Negra, me bañé en ella cuando era más joven. Pero ya enviado especial, aquel paisaje de chumberas  y palmeras no del todo crecidas olivos recién puestos entonces, huertos de Getsemaní, donde se había de vivir más tarde tu pasión y muerte, mi niño.

Déjame que te diga, mi niño, y quiero confesarte, que hay incluso un  libro mío, escrito hace cincuenta años, ya después de lo tuyo, cincuenta años y un día, que se llama Almería al sol y cuya portada es una vajilla completa de colores violentos, como son los de la tierra en la que naciste hace ocho años, un festival de luces de esa tierra que se llama Níjar, ese pueblo al que ahora recuerdo como una herida luminosa, mía, nacida en el espanto de tu pérdida.

No quiero entrar en otra historia, Gabriel Cruz, que la justicia tiene la última palabra aunque no hay justicia ni ley, por dura que sea, que de una u otra forma cure la herida de tu pérdida. Niño Gabriel, dicen que las últimas palabras que dijiste en la casa de donde despareciste son estas:

“-Me voy a buscar madera porque quiero hacerme una cabaña.”

Los sueños del que quiere buscar y encontrar la libertad y allí refugiarse, en un sitio alto, a ser posible en una colina de esparto desde donde ver el mundo rodeado de alacranes y gaviotas. Pero no te fue posible, Gabriel, déjame que te diga hijo mio, por que soy abuelo y ademas d e ese sur donde viniste al mundo y te han llevado para siempre. Estás en el lugar de donde no se vuelve, dicen, pero yo me asomo a tu risa, que parece ser que en esa tierra seca de embalses que yo tan bien conozco por que de allí cerca soy, hijo de tu misma geografía, y veo que si hay un cielo para pájaros y para caballos, lo tiene que haber para ti. Al igual que tiene que haber un infierno en la tierra para los que han hecho cierto el dolor inmenso de tu adiós, de pronto, con tu camiseta blanca, niño que conocía el sol y la luna, más hermosos de la tierra.

Niño Gabriel, que tienes el nombre de aquel que anuncio a María, la buena Nueva. Me quedo con esa imagen tuya, en carteles, en todas las esquinas quizá del mundo, la de vivo, moreno y te diré que tienes cara de ángel que cada día anunciaba la buena nueva de su solidaridad, yendo y viniendo a la casa blanca entre terrazas y olivos de tu abuela. Mira, yo estuve por ahí hace poco, haciendo un reportaje con mi hijo Ignacio y casi me bañé con él. En el cercano mar que dicen que sigue siendo atómico, porque cerca cayeron en su día dos bombas atómicas del cielo, que a veces deja caer estas cosas, en ese mismo paisaje en el que yo estuve dos días después de aquel mal rato mundial que aún perdura en el recuerdo de esas buenas gentes de Almería, que ahora contigo han vuelto a ser noticia, cuando no viene del cielo sino al cielo, perdona por la metáfora. Se va tu memoria, aunque nos queda tu herida, que no cicatrizará fácilmente, de tu historia de desamor y de llanto. Tu madre ha dicho esta misma mañana en el programa de radio de Carlos Herrera, en el que yo colaboro los viernes cerrando el pomo de la puerta de toda la semana, que no quiere sembrar odio, sino amor con tu huella.

No es fácil, niño mío, Gabriel. Que en las cuatro esquinas de nuestra vida, que ahora ya son cinco, con permiso del título de una de las últimas novelas de Vargas Llosa, quede para siempre el cartel de tu frente despejada, abierta, tus ojos encendidos de esperanza y desde luego de vida. Gracias por lo que has sembrado, mira por donde. Héroe pequeño y tan grande al mismo tiempo. Ya habrás  levantado la choza de hielo o de fuego en la que querías refugiarte cuando salías de tu casa como todos los días, por el camino seco de cada día, como siempre… ya siempre se va a llamar la vereda de Gabriel.

Lo de ‘pescaíto’ me gusta: las camisetas que ya llevan tu nombre, los dibujos en todas los pupitres y los ordenadores del mundo entero. Vale. Y yo que soy un hombre de mar, llevo un barco tatuado en mi brazo desde hace muchísimos años, te diré una cosa, aquí entre nosotros. Verás: mi barco, que es de vela y no tiene nombre, ya lleva siquiera simbólicamente el tuyo. Y es una gran idea. Porque en esta vida de náufrago que llevo siempre a la deriva, tú tienes el de aquel pez delfín que salta alegremente en el océano, delante del barco, y no detrás como hace el tiburón, recogiendo todo lo que va dejando atrás, y yo, niño, te hablo sin metáforas, sin otro juego de palabras. Que a veces sobran todas. Te recordaré con tu nombre de Anunciación, de buena  nueva,  y a ver si tengo aun tiempo para que en azul sobre blanco, pueda escribir tu nombre y tus apellidos. El de tu padre y el de tu madre. Y luego echaré la botella de ron vacía pero con esta carta dentro al  siempre revuelto mar de mis recuerdos. Te quiere más que ayer, pero menos que mañana, este viejo pirata que se llama ya sabes cómo.

  • Bonita y emotiva carta.
    Que por fin descanse en paz, el niño Gabriel. Que esté feliz y reconfortado en el cielo a donde, seguro, ha llegado nadando. Y que desde allí de mucha fuerza y ánimo a sus padres y abuelos.

  • Es una pena la pronta partida de Gabriel ,mi mas sentido pesame a los padres del niño ,y que Dios y la Virgen les de el consuelo que necesitan en estos momentos .Estoy segura que el pequeño Gabriel velara por sus padres desde el Cielo .

  • Preciosa y emotiva carta Sr.Tico Medina.
    Durísima la pérdida y durísima la historia.
    Es imposible, aunque su madre lo pida,no tener rabia y
    muchos otros sentimientos de repulsa y odio hacia su asesina confesa
    Ojalá no salga nunca de la cárcel .Que sienta en su piel todo el peso de la ley y,como no creo
    que tenga alma para arrepentirse de lo que ha hecho, espero que cada uno de los días de su vida alguien se lo recuerde.
    Es muy difícil sentir de otra manera aunque su pobre madre lo pida.
    🐟🐟🐟Descansa en paz pequeño Gabriel 🌻🌻🌻

    • Preciosa carta con mucho significado gracias a Dios i a ese ombre que Dios se. Usado del que Dios lo tiene en su gloria descansa Gabriel siempre estás en nuestros corazones t veremos Gabriel

  • A ti Gabriel,a tu alma dulce y pura,con esa carita tan bonita,debes estar en un lugar privilegiado como tu te
    mereces,dandole fuerza y paciencia a toda tu familia y amiguitos.
    Aunque no te conocia,desde que supe de tu existencia,y como fue todo,me has llegado muy hondo mi niño.
    Porque lo q te han hecho no se paga jamas,ni con justicia ni con cualquier otra cosa.
    Solo quiero que donde estes
    Dios te colme de dicha y bendiciones y estes en u,n coro inmenso de angeles,disfrutando,que sera tu mejor recompensa y la de tu familia aqui en la tierra.
    Un beso enorme que se va al cielo.

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