Adiós a don Ángel Peralta

Ya saben, el centauro, mitad hombre, mitad caballo. Los dos juntos hacen una misma persona, una leyenda igual. Don Ángel Peralta, el caballero del sur, poeta siempre, atleta del toro, don Quijote de figura, flaco siempre, ya casi centenario, la emoción en la arena. Se nos fue a todos y a mí también. Fuimos muy amigos porque le respeté en su casa y en la calle y le admiré en el ruedo. Por ejemplo, siempre, el rejoneador, artista y valiente, sobre todo, cuando montaba a su yegua Cabriola, mítica, tanto que se hizo una película con ese nombre, y con don Ángel, sobre  los cuatro cascos y con – parece que los estoy viendo, hace ya tanto años-, con una niña que acababa de llegar al cine: Marisol, que muy poco tiempo atrás yo había descubierto. Sí, descubierto. Forma parte de mi memoria y no quiero ni debo olvidarlo en un programa de televisión a medio día,  en aquel estudio de la avenida de la Habana.

¡Lo he contado tantas veces!

Pero se nos ha ido el centauro, aunque queda su rastro, su leyenda, tantos años arriba. Me viene a la memoria aquella noche paseando por la calle Reforma de Mexico,D.F cuando don Álvaro Domecq, padre, el caballero de las espuelas de oro, me descubrió.

-“Que sepas que está ahí, vivo y mandando, Peralta, el viejo al que admiro tanto…”

Tantas veces en su finca del sur del sur. Tantas veces a pie en el callejón de la gloria. Y siempre, siempre un verso suelto. Profesor, maestro, gladiador impecable, el hombre que “susurraba a los caballos”. Hace unos días vi su libro en una esquina de una librería en Sevilla. Lo leeré en mi próximo viaje. Era un señor, ya el pelo lejano, manteniendo con guapura su cabeza del cobre del cortijo de Puebla del Río. Maestro que daba lecciones con su cintura de acero y luna, un filosofo del campo, entre el chumbo y el nardo, caballero enamorado, padre grande y bueno, referencia del arte de lidiar a caballo, como Antonio Cañero el de Córdoba, o Conchita Cintrón, a la que yo entrevisté en su casa de Jalisco hace ya tanto tiempo. Se ha ido el jinete celestial, como también se le ha llamado, a los noventa y tres años. De pronto el corazón le dio un salto y se nos fue a la leyenda. Ángel Amoros, perdón, el maestro Amoros, que pudo escribir el libro de su vida, como el inolvidable de Enrique Ponce, cuenta en el ABC que hace unos días habló con él por teléfono.

-“Que quiero que sepa que me estoy muriendo…”

¡Ay, digo yo, la cornada de la edad, que no sabe de héroes! Aguantó, de todas formas, mucho y a caballo casi hasta ayer mismo como quien dice. Venían sobre todo de América a retratarse con él, a la par que al pie de la Giralda, era un monumento al arte. Se pasaba al toro mortal sin jugarse otra vida que la suya, amaba a sus caballos. Convirtió su cortijo, su ruedo, en un museo  junto a su hermano Rafael, magnífico rejoneador también con el que un mediodía almorcé en Triana, en aquel día memorable en el que hicieron a mi compadre Curro Romero medalla merecida de Bellas Artes.

-“¿Y cómo está don Ángel?”

-“En su cielo, como siempre, y a caballo desde que se levanta, es lo primero que hace cuando se levanta.”

Condición y figura. Historia viva del toreo, del arte más valiente, bajo el ala de su sombrero cordobés. Perfil de moneda romana antigua, gloria del poema. Un tío. Yo le entrevisté no sé cuántas veces. Hablaba profundo, como don Fernando Villalón, el poeta ganadero que quiso hacer un toro que tuviera los ojos azules. Cornadas, claro que sí, cicatrices, todas, del toreo y de la vida. Siempre cerca, maestro.

Tambien le llamaban el centauro de las marismas. Dicen que Ava Gardner, le amó en silencio.  En la Puebla del Río, donde estaba su raíz, su vida, todo, escribía al atardecer o de pronto en una esquina de una servilleta. Tocaba con respeto la guitarra, a veces acariciaba su cintura, como aquel día en Buenos Aires, Borges, pasaba la mano por la enciclopedia británica, ciego y sonriente.

“-Es como si paso la mano por la espalda de una bella mujer.”

A don Ángel un día, una tarde en la Zubia, desde donde se ve Granada a lo lejos estuvo a punto de morir, al caballero se le cayó encima, y en el ruedo, el caballo. Daba conferencias en el mundo entero sobre el arte del rejoneo. Mas de medio siglo ahí abajo, se quedo con las ganas de montar su último caballo al que puso de nombre Sansón. Su última alumna, fue la rejoneadora Léa Vicens, que le ha recordado con amargura y admiración estos días en los periódicos. Y le gustaban mucho los helados de café. Adiós maestro, recojo de alguno de sus libros de poemas, aquel que dice, las recojo del ABC:

Cuando escribe,

La muerte es como una criba,

El cuerpo se queda abajo.

Y el alma vuela hacia arriba.

Así que encima filósofo. El filósofo de Puebla del Río, en el hermoso sur de Europa. Hoy todos los caballos van de luto, son negros y también como los que fuimos sus leales, van de negro los toros de todas las ganaderías del planeta.

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