MONTSERRAT CABALLÉ, TAN DIVINA,TAN HUMANA

Todos los santos tienen octava. Las leyendas, más tiempo todavía. Ella, perdonen que escriba su nombre con mayúsculas, siempre estaba cuando el  viejo reportero llamaba. Tenía su teléfono, y sobre todo era dueño de su afecto. No me atrevo a decir de su cariño porque ella lo repartía con creces, como quien da pan caliente en una reunión de pobres bajo un puente de la vida.

No quisiera usar más palabras que las justas de mi memoria con ella a lo largo de medio siglo más o menos. En la tele, en la radio, en el diario, en la revista ¡HOLA!, la nuestra, que no hay más que mirar en su archivo. Ahí está muchas veces, y con este servidor, unas pocas.

Le gustaba salir en el ¡HOLA! y me lo decía siempre abriendo su carcajada infantil, sonora, como era su voz única, sin lugar a dudas que parece que estoy viendo aquel New York Times, al día siguiente de haber cantando, sustituyendo a otra, cuyo nombre no recuerdo. Ni siquiera lo que canto, pero sí que aquel periódico, el más grande, casi siempre, que a veces también se equivoca, porque a veces iba yo con algún viejo amigo a la salida del periódico, aún caliente del corazón en la ciudad que era, y es, la capital del planeta.

Y con su acento en la ‘e’, era verdad. Tenía Montserrat sobre las dos leyendas vivas de entonces, triunfadoras del mundo entero, en los mejores teatros y las mejores operas del mundo, algo que la hacía mayor, más eterna, más cercana. Se la podía tocar con la mano, incluso había días, que aquella a la que un día titulé Un galeón de plumas, que por cierto me regaño por que no le gusto mucho la llamada, me dijo como una niña enfadada y coqueta.

-Soy pequeña de estatura y no puedo remediarlo. Por eso, en vez de crecer a lo largo he tenido que hacerlo a lo ancho.

Y soltó su carcajada como un salto de agua fresca, hermosa, era única, cantando lo que cantara. Desde Madame Butterfly, a veces me despidió diciéndome siempre vestida de colores impactantes, fuera y dentro de la escena, la del teatro y de la vida.

-Adiós Tico, sayonara.

Incluso me canto a media voz aquel día en su finca de Cataluña, entre sus vacas, ganadas con su propia voz, no heredada, la Grana de Agustín Lara, y temblaron los cristales de las vitrinas, llenas de pergaminos, de fotos, históricas, de copas, de oros del triunfo, querida Montserrat a la que recuerdo ahora mismo con Placito Domingo, aquel día en Milán, la catedral de la lírica donde parecía reinar tan solo, aquella María Callas, hermosa y distante, silenciosa incluso cuando la conocí personalmente, lo he contado tantas veces, junto a su marido Onassis, en el hall del Hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Callas que sentía por Montserrat una admiración que no quería que se le notara.

Porque es hora de decir que además -cosa que parecía imposible- era humilde, siempre niña, de ojos asombrados, siempre dispuesta a sembrar su optimismo radiante, lo mejor de lo mejor de la Caballé era su cercanía, su familiar compromiso con quien estuviera ya podía ser el Maharajá de Kapurtala, como el último carpintero del oscuro vientre de ese reino de sombras que es siempre el mundo cerrado, misterioso, sublime de lo que hay detrás del escenario donde cantan  los más grandes. Cuerdas, cámaras, muebles, andamios, timbres, y en el foso. Me viene a la memoria, que ya cada día me queda menos, aquel día, o mejor aquella noche, cuando en el teatro de Florencia, cantaba el inmenso Pavarotti, que adoraba a  Montserrat..

O el otro día, en aquel restaurante, el Canario de la Garriga, frente al Hotel Ritz donde me dejaban dormir con descuento, donde iba a entrevistar, a Xavier Cugat -que me regaló un dibujo suyo- o a Salvador Dalí, por dar dos nombres tan solo, y fui y le dije, a la Grande.

-Montse, ya sabes que hay un rumor en la calle que dice que Callas se ha muerto sola porque tenía dentro una tenia, que le habían metido en el cuerpo para que adelgazara, según un nuevo tratamiento revolucionario.

Echo la cabeza atrás, con su peinado de rulos, que la hacia un poquitín más alta, usó pocos tacones de agujas, aunque era presumida como una niña en la primera comunión, con su ropa siempre espectacular, de sedas y pañolones. Querida Montse cuanto te recuerdo, cuantas veces me diste para comer, siempre dispuesta a ayudarme, espectacular en el saludo, aunque veces nos encontrábamos en el aeropuerto, Dios sabe de dónde, como aquella madrugada en el de Manila, que yo venía de entrevistar a Imelda Marcos, la que tenía tantos zapatos, y tu ibas a cantarle Zarzuela que tanto le gustaba a los filipinos, siempre tan cerca de España…

La Caballé, que un día su madre escuchándola cantar en la cocina de su modestísima casa de Barcelona, preguntó dejando de hacer aquel plato para pobres que les mataba el hambre todos los días:

-¿Pero quién es quien canta de esa manera?

-Debe ser la niña Montse, porque no hay nadie más en casa…

Y después ya no ceso el resplandor, el zarzuela, la mejor, en la ópera la única y hasta en la canción popular, como en aquella canción de la Luna, inolvidable, que nadie la canto como ella. O el himno de Barcelona junto a Freddy Mercury, ya enfermo. Aquel himno a la Olimpiada del noventa y dos- yo estaba allí el día que Samaranch, el director olímpico, dijo abriendo el sobre en Suiza.

Era capaz de levantar su voz, flamenca, como una columna romana, como un temblor de pájaros, en Córdoba en la Mezquita, dio un recital increíble, las cabezas de los santos de los retablos, volvieron la cabeza. Y en Granada, en el festival de hace tantos años, yo cerca de Andrés Segovia el guitarrista excepcional, al que el rey Juan Carlos hizo Marqués de Salobreña, me dijo al oído, mientras ella cantaba.

-Fíjate que hasta las golondrinas, que tanto me molestan a mi cuando toco, porque no tienen respeto por nadie, cuando canta la Caballé, hasta dejan de molestar en La Alhambra.

No se ha ido del todo, porque la dama, la gran dama, a veces con un pronto de diosa, aunque no ejercía nunca, sigue más viva que nunca, y no es una metáfora, no. Catalana total, española hasta el fondo, tuvo también sus caprichos, que hubo que respetar. No quiso que la llevaran al Liceo, donde canto tantas veces, no, sino al tanatorio cercano. España le debe un funeral de estado como el que hace unos días se hizo en París, a Charles Aznavur, con soldados de gala, a hombros por los campos elíseos.

Si, fue inimitable, echaba a volar los pájaros de su garganta, como una niña que canta en la cocina de su casa. Tenía resplandor, por la calle, moviendo su cuerpo amplio, echando por delante su risa de chiquilla que ha recibido el regalo de una muñeca de trapo. No tiene sucesora, musical digo, porque es imposible cantar como ella. Estaba casi siempre ‘malita’ pero no te lo decía.

– En casa me enseñaron que si tienes dolor por algo ya sea físico o del alma, que no se te note. Hay que ser positiva, y ese debe ser tu mensaje, y eso es lo que sigo haciendo, ya sea en el escenario o en un restaurante con mi  familia.

Debo tener, como casi todo, perdido en algún sitio, de los restos de mi naufragio, aquellas largas cintas de mis viejos magnetófonos, cuando recogía en las entrevistas, su palabra en tantos sitios, tantas veces, tantos años. Siempre, siempre, en la mitad de sus declaraciones, intimas conversaciones a veces, se escuchaba su risa, nunca sonreía, reía. Esplendorosa, feliz, como si nada le doliera. Cerca su esposo, el hombre único de su vida, Bernabe, aquel que cantaba Caballero del  alto plumero, con ella, y que después terminó por ser su esposo eterno, su compañero, en que a veces ya al final, le acompañaba en un recital con su escaso joyer de mano, o simplemente como su sombra, como su buena sombra, por el mundo entero. Hoy toda España, todo el mundo, la llora, con las lagrimas del editorial, de la noticia, del recuerdo, de aquel día que le dieron la mano o les firmó en un abanico. Adiós, niña Montse. Te vamos a seguir queriendo, incluso más que antes, que ya es decir. Somos casi de la misma quinta. Y si hay vida después de la muerte, nos veremos  antes de que salgas a cantarle, al que sea más arriba, y que desde siempre, desde hace casi ochenta años ya te escuchaba en los escasos minutos de serenidad, que disfruta, en el turbio y ajetreado universo en el que vivimos.

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