Viene Roberto Carlos y con él viene su gato

Foto: GTRES

Su gato, ya saben ustedes, aquel famoso felino triste y azul que nos gustó tanto en su tiempo, hace ya tantísimos años, ¡cómo pasa el tiempo! pero lo cierto es que nada más saberse que volvía después de un  tan largo silencio, las entradas se están vendiendo rápidamente, tanto en Lisboa como en Madrid, donde estará en unos meses, ya unas semanas.

A Carlos le conocí personalmente hace tanto tiempo, y en Río, donde triunfaba. Ya tenía una pierna ortopédica, después de aquel accidente de cuando era niño, cuando en su pequeño pueblo le atropelló un tren de vapor. Tenía solo seis años. Pobre chico guapo, que de apellido se llamaba Braga Moreira, hijo de aquella dama llamada Laura, a la que el en su día, en cuanto le fue posible hizo leyenda. ¿Recuerdan su Lady Laura?

Yo, había ya jugado al fútbol con Pele, como les digo en la arena blanca de la playa de Ipanema, había entrevistado a Le Courveiser, el enorme arquitecto quizá el mejor del mundo en su tiempo, en su estudio sobre la Bahía más hermosa del mundo, había entrevistado al autor de Gabriela Clavo y Canela, aquel capitán de barco que se llamo Jorge Amado y que mereció el Premio Nobel, había subido arriba del sagrado corazón de los brazos abiertos, etc.

Me faltaba Roberto Carlos, que ya era entonces uno de los que más discos habían vendido en América y en el mundo, flaco, triste, con la ojera siempre puesta, razón tenia para ellos, que el dolor, la tristeza, la desgracia, le acompañaron a lo largo de su vida. Yo era entonces redactor jefe del programa TRESCIENTOS MILLONES  de tan gran éxito en España y en América. Me pasaba  la mitad de mi tiempo en el avión ida o vuelta a lo que entonces llamábamos Hispanoamérica. Pude hablar con él, no me fue difícil. Fue un día inolvidable, en su pequeño barco marinero, donde recuerdo que aquel día de luz y de sol, me descubrió sonriente. “Soy un pirata de la música, tengo el barco y hasta mi pata de palo”.

La verdad es que ahora en tan larga distancia no sé si se lo dije yo a él o él me lo dijo a mi. Hablamos y poco nos faltó para bailar la Capoeira. Era un gran tipo, y lo sigue siendo a los setenta y siete años, que pronto, en abril ya mismo, serán los setenta y ocho. Siempre tenía razones para estar triste y de luto por fuera y por dentro. Sé que puedo decirlo por que el cáncer forma parte de su vida, de toda su vida. Se casó tres veces y dos de sus esposas, se fueron del maldito mal. Incluso un hijo suyo, enfermo, se quedó ciego por la misma causa. A pesar de todo, continuó cantando, llorando a su manera. Recuerdo un día que aquel cirujano estético famoso, que tenia su propia isla cerca de la bahía interminable, Pitangui, me confesó: “A mis clientas les gusta mucho, Roberto Carlos, les ayuda a cicatrizar su belleza”.

Ahora se asegura, está confirmado que viene con sus viejas, antiguas canciones que no pasan nunca. Por ejemplo, ¿recuerdan “amigos”, Un millón de amigos, se llamaba exactamente.

Su gesto triste y azul, que tanto cantamos en su día, y que aún hoy se escucha con gusto y tristeza al mismo tiempo, se llamaba de vedad Un gato en la oscuridad…

Ahora ya tiene nietos, y muchas ganas de verle. Repaso su vida, su obra su larga lista de éxitos. Nadie cantará como él, su voz es personal, brasileñísima, con un aroma ciertamente melancólico. Está tan cerca y tan lejos de la samba. Ha querido mucho, se ha enamorado tantas veces, y siempre ha cantado como nadie, quizá por eso mismo su alegría y su tristeza. Acabo de asomarme a una foto reciente. Algo queda en él, de aquel al que conocí hace, como poco, medio siglo. Todos hemos cambiado mucho, pero su voz se mantiene en ese trance fascinante de lo sufrido y lo cantado, como si hubiera sido contado. Es un cronista de la melancolía. Cierto. Su voz tiene un cierto aroma a canela. Te estamos esperando, viejo maestro, lo de viejo acéptalo como piropo, conocemos tu nueva creación, pero no te olvides de echar en tu equipaje de gloria y recuerdos, aquellas canciones que te hicieron inolvidable. Te estamos esperando, maestro.

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