Anita

Aunque sé que todos ustedes mis leales, mis incondicionales, por cuanto aguantan, esperaban quizá, dada mi ya larga vida, que hoy les hablara del adiós, de Doris Day, a la que nunca besé la mano aunque lo habría hecho con mucho gusto, que se nos acaba de ir a los noventa y tantos años, icono de aquel Hollywood del que ya no queda nada o casi nada, si acaso su resplandor..

Respiro.

Y a la par suspiro.

Que un suspiro es una forma de respirar pero con nostalgia.

Hoy martes día catorce de mayo del dos mil diecinueve les quiero hablar, escribir, según me pide el viejo cuerpo,  no de nadie que se va, sino de alguien que no se había ido y que merece, claro está, un sitio en nuestro recuerdo. De un tiempo a esta parte como ya les he dicho más de una vez, prefiero decir, hola a decir adiós, así que aquí estaba hoy Anita García Obregón, tan nuestra en tantas cosas, tan de nuestra casa, y desde siempre, y que últimamente ha merecido la curiosidad y la atención, y el cariño de la gente por su constante crónica el dolor, del dolor si, en la cercanía de su hijo tan grande, tan guapo, tan fuerte, Alejandro, enfermo de la incurable y que va peleando, hombro con hombro con su madre Anita, en un ejemplo, sonrisas y lágrimas, que está dejando clara huella en aquellos, que la quisimos tanto, que tanto escribimos de ella, y que en los últimos tiempos, hemos visto en el combate contra el cangrejo oscuro, del que va saliendo su único hijo. Viajes de ida y vuelta. A los hospitales de Norteamérica, esa que ella estuvo a punto de conquistar que yo recuerdo bien, por dar una sola pista, aquella comida en Los Ángeles, ¿era en Los Ángeles, Anita? con Julio Iglesias, en su casa, aquella a la que un día visito un coyote escapado y nos hizo poner a todos los pies en rápida unida cuando cenábamos juntos, junto a la piscina iluminada del cantante.

Yo la habré entrevistado no sé cuántas veces. Anita siempre es noticia. Y si no lo es, ella sabe encontrarla. Siempre elegante, al día en verano y en invierno, y que decir cuando ella con la llave de su aún hermoso cuerpo, cuidadísimo siempre, desde que era una niña, abría. No sé si lo hará este año, quizá si, porque aún se mantiene esplendida, y eso que ha cumplido sesenta y cuatro  primaveras, las mejores llevadas del mundo, este año insisto en la playa junto a su casa de Mallorca, bien con bikini, bañador, trikini, y esa sonrisa suya, luminosa, que enciende con solo verla, en este caso, refresca, con solo mirarla.

Bien. Pues Anita García Obregón, después de no sé cuántas películas, digamos que cien, buenas y malas, la verdad sea dicha, amores a veces imposibles, otros más o menos posibles. Anita en tantas series, en serio y en divertido, Anita la bióloga, como a veces se dice con un cierto ninguneo, cuando en realidad se trata  de una profesión difícil, aunque ella no lo ejerza, si bien, la conoce, que no en vano ha sido por lo menos retratada a la vera de los hombres mas bellos del planeta, que es lo que dice mi amigo el andaluz del albaizin, “que le quiten lo bailao”.

Bueno, pues después de múltiples entrevistas en las que siempre echó hacia fuera su optimismo, su aire de guerrillera, asomando por encima de todo su esperanza, Anita, vida nuestra, acaba de empezar a formar parte de esa serie de la tele de cocina, del ‘Máster Chef’, creo, que ahora se lleva tanto. Ella ya ha dicho que no es precisamente una gran experta en ese arte, porque es un arte, lo gastronómico, que es lo que yo digo siempre que el sabor es una manera del amor, pero que va a dar todo como siempre, en función de su enorme profesionalidad en los medios, y ahí la vamos a ver. La estamos viendo, formidable, impactante, con gorro o sin gorro, mandando, queriendo decir, como siempre “aquí estoy”, y sobre todo ayudando, según sus propias palabras, a su manera a que su hijo Alejandro, que continua en la pelea contra el cáncer, recibiendo siempre, el aliento en el cuello, el beso en la mejilla de su madre, en este caso más que luchadora por su estrella, por la suerte de su hijo, que en este momento, parece que va mejorando.

Anita García Obregón, a la que llaman también “Anita la fantástica”, porque sueña mucho, y además lo dice en voz alta, y porque nos gusta mucho verla también cerca de sus padres aunque ya no viva con ellos en su hermosa casa de la Moraleja, tantas veces retratada y con tanto gusto ordenada y compuesta. En fin, niña mía, Anita que aunque últimamente quien te entrevista más, en la casa, es mi hijo Tico, subdirector de hola, que es un formidable preguntador, por cierto, ahí esta su último documento mano a mano, boca a boca con Isabel Pantoja, de enorme actualidad como ustedes saben, aunque este en el inmenso naufragio de esa isla hondureña, que a mi me enseñó desde el aire hace ya mucho tiempo, buscando una playa donde desembarcar, Julio Iglesias.

Que te aproveche, reina, desde aquí te lo escribo, que harás que el mandil blanco se convierta en una pieza de moda, como todo lo que te pones, y no es un cumplido. Ya sabes, según te lo he demostrado muchas veces y en todos los medios, que te tengo ley, y que se que eres de las grandes, grandes, porque a lo largo de toda una vida,  que es el título de un bolero  inolvidable nos ayudaste con tu arte, con tu propia historia, con tu fuerza, a vivir más  alegres, y más vivos, que no es poco. Dale un abrazo, si es que hablas con él, a tu ex Alejandro Lequio, al que veo todos los días en la tele con Ana Rosa, la reina de la mañana, y sobre todo este aplauso en silencio de papel para ti y para tu hijo, nunca mejor dicho, por su estatura, El Grande. Lo que tu haces con él, es su mejor medicina. No tengas duda.

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