Carta a Belén Esteban, señora de Marcos, deseándole toda la felicidad del mundo

Le escribo esta carta, no como una más de las millares de cartas que ha escrito este viejo andaluz desde hace más de medio siglo, cartas con Encarna Sánchez, en la radio de entonces, con Luis del Olmo, con Carlos Herrera, cartas muchas en la noche de España. Y  a veces en esta página de Hola.com para todo el mundo, que me dicen que lee mucha gente en varios idiomas, le escribo, ya le digo, porque he sentido una inmensa alegría, créame que se lo digo de verdad, al ver que en el mismo ‘sí, quiero’ se reúnen para usted.

Siempre habla con el corazón en la boca, y muchas veces a golpes de sangre como ya no habla nadie, porque el mundo en el que vivimos, que quiere que le diga que usted no sepa, es una mentira, dos grandes verdades que la habitan desde hace tiempo. Mucho tiempo. Porque yo la vengo siguiendo desde hace mucho tiempo, aunque solo haya tenido el gusto personal de saludarle con dos besos, uno en cada mejilla, en aquel encuentro en el Ave del sur, porque además yo vengo diciendo mucho que hay no sé cuanto en usted, de la mujer cordobesa, que es en el fondo donde están sus raíces aunque sea usted madrileña y hasta las trancas. ¡Qué guapa que estaba usted vestida de novia, según lo ha contado ¡HOLA! y que alegría la de este viejo cronista al poder comprobar que a su alrededor, el equipo de personas, muchas de ellas excelentes periodistas y de los tiempos difíciles, a parte de Jorge Javier, al que le tengo un gran afecto, una gran admiración, porque debe saber todo el mundo, que es sin género de dudas nuestro Truman Capote, como ya lo he dicho muchas veces, en persona, en la tele, en la radio, en los papeles escritos, y al que te tengo como a usted un respeto especial, porque gracias a Sálvame, mi esposa, mi santa que acaba de cumplir ochenta años, hace de las tardes su paraíso, que ya se lo dice al genio Vasile en directo y en  persona, cuando me entregaron inmerecidamente, la medalla del Trabajo,  firmado el documento que me hace excelentísimo señor por el Rey, quien iba a decirme a mi, y de manos del presidente del gobierno. Cuando, mirando al jefe, hijo de un genio , romano, honesto, incorrupto, brillante, le dije: “Es a usted quien le debían dar la medalla del trabajo, por que entretiene a toda España durante muchas horas y le hace que no piense solo en política”

Pero a lo que voy, princesa, por que así ha sido elegida por las cuatro esquina de la calle, de dos continentes, que hablan el mismo idioma, señora mía, ¿le he dicho ya en esta carta, alguna otra vez, más arriba, que estaba tan guapa, que daba gloria verla? con esa elegancia natural, verdadera, que da el tuétano de los huesos, y que de nadie se aprende, porque nace con uno en lo que es la sangre de la sangre.

Ya lo dije, después de haber sido durante tantos años, veinticinco, creo, y desde el día en que nació ¡HOLA!, la revista más importante del mundo en lo suyo, que ¡HOLA! con la portada esplendida de esta semana ha demostrado una vez más, digan lo que digan como dice la copla, que es la que manda en su mundo, que es el más verdadero de los mundos, porque es donde late el corazón y sobre todo, donde alienta el respiro de la calle, respetando y haciendo posibles los sueños de muchos que sueñan y que gracias a eso sobreviven a las viejas cicatrices del alma, que por  fuera parecen eso solo huellas de lo pasado, pero que debajo están vivas, y nadie las cierra.

Señora de Marcos, lo consiguió. Qué sabe nadie lo que para usted significa casarse con una persona que ayuda a paliar el dolor, en su trabajo, seria, callada, humilde, del que sabemos tan poco, pero que le ha ayudado en ese valle de lágrimas del que siempre sobrevive, allí por donde aparece, raro resoplando el suyo, señora de Marcos, ¡qué palabras más valientes de su hija, y que al fin y al cabo lo que circula por sus venas es la sangre de su madre! ¡que sabe nadie, señora Esteban, de lo que llora usted en silencio, porque lo suyo es llorar que es algo que no se inventa esa voz suya, retunda, esa alegría cuando está alegre y esa pena cuando tiene pena, y que la lleva, consigo, hasta la pasarela con ese raro resplandor del pueblo que usted derrocha, señora ¡ay mi señora!

Quiero que sepa, que un día el rey Juan Carlos, tantas veces juntos, nunca revueltos, aquello que ya conté tantas veces: “Querido Tico, que somos casi de la misma quinta y que me hiciste la primera entrevista de mi vida cuando era Príncipe de España, ¿recuerdas?. Mira lo que te digo. La sangre azul, esa sangre que dicen que tenemos los reyes, no es verdad, mi sangre es tan roja como es la tuya… no es una roja distinta”.

Por eso, lo tuyo es tan grande, dama espontánea, respondona, que pocas veces te tragas, aunque este en el guión hacerlo, la verdad que llevas dentro… o de Princesa del pueblo. Así que, te voy a llamar, aunque sea solo este día de calor, Alteza, que he dicho tantas veces a lo largo de una vida de entrevistas, a reinas, archiduquesas, de protocolos y reverencias,¡si yo te contara niña!

Y gracias por darme la ocasión de que pueda de esta manera darte las gracias por mi, y por mi casa, por mi familia, mi esposa, que comparte contigo y los tuyos el milagro de cada tarde, de cada día, de cada historia como esta vuestra, y que digan lo que quieran. Me gusta, me alegra, me pone cuerpo de jota, el verte así de feliz, de guapa, de grande, de cierta. Este puñado de palabras escritas con el corazón de un viejo cronista, como un regalo de bodas. Margaritas de la cuneta de la vida. Tienes todo el derecho del mundo a ser feliz, y que se note, que se te vea, niña de barrio, elevada a la categoría de las elegidas. Y también decirte, que gracias como viejo luchador de ¡HOLA!, porque ¡HOLA! es un combate, y ha ganado esta batalla,de la calle y de la vida y, hasta si me apuras, de cuando el papel hace historia. Y ¿sabes lo que te digo? pues esto, reina: al que le pese que reviente.

 Y saluda de mi parte también con un fuerte abrazo, a tu “marío”, como decíamos en los pueblos del sur, con acento en la “i”. Y al que a lo mejor cualquier día tengo el gusto de conocer en  persona, dada la salud de este viejo cuerpo mío, que esta más días en el hospital que en su casa. Te quiere, Tico.

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